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Feliz 'puente', pero… ¿qué se festeja?

A 100 años de su promulgación, la Carta Magna es uno de los libros más incomprendidos y menos respetados en la historia del país. Ya lo dijo Jorge Ibargüengoitia hace 40 años: México sabe ensalzarse en la inutilidad de los festejos cívicos.
Eduardo Bautista
31 enero 2017 21:28 Última actualización 01 febrero 2017 5:0
(Especial)

La conmemoración llega en un momento en el que Donald Trump aparece como el telonero de la tragicomedia mexicana. (Óscar Castro)

Todos los presidentes de México se han tomado una fotografía al lado de la Constitución.

El perfil es prácticamente el mismo: traje negro, mirada parca y banda presidencial impecable. No importa si se es mal encarado como Díaz Ordaz o sonriente como Miguel Alemán. Eso sí: el libro, mientras más antiguo, mejor; con bordes dorados si es posible.

Luego vienen los discursos en Los Pinos o en el Congreso. Los homenajes. Las ceremonias escolares. Las biografías de Venustiano Carranza vendiéndose como pan caliente en la papelería. El primer gran puente del año no puede pasar desapercibido. Ya lo dijo Jorge Ibargüengoitia hace 40 años: México sabe ensalzarse en la inutilidad de los festejos cívicos.

Pero este 5 de febrero no será como cualquier otro: es el Centenario de la Constitución, uno de los libros más incomprendidos y violados en la historia del país, aseguran expertos consultados por El Financiero.

La conmemoración llega en un momento en el que Donald Trump aparece como el telonero de la tragicomedia mexicana que tiene como números especiales a los gasolinazos, a los 150 mil muertos a causa de la guerra contra el narcotráfico –según cifras del gobierno estadounidense– y a un crecimiento económico de apenas 2 por ciento en el último trimestre de 2016.

Dicen que todas las buenas historias tienen sus contradicciones; la de México no es la excepción. Mientras el exgobernador de Veracruz, Javier Duarte, sigue prófugo, en las escuelas se sigue enseñando a los alumnos que la rendición de cuentas es una obligación del Estado mexicano. El artículo 108 lo dice clarísimo: “los Gobernadores de los Estados serán responsables por las violaciones a esta Constitución y a las leyes federales, así como por el manejo y aplicación indebidos de fondos y recursos federales”.

El escritor Juan Villoro define a la Constitución como “un catálogo de buenas intenciones”, el historiador Lorenzo Meyer prefiere describirla como “una promesa incumplida”, y el analista político Jesús Silva-Herzog Márquez considera que se trata de “un monumento que sirve para el retrato de los presidentes”.

Escribe Gabriel Zaid que el gran problema de la Carta Magna es que de magna ya no tiene nada, pues fuera de ella rigen leyes no escritas que, en la práctica, han pesado más que las declaraciones constitucionales. Villoro cree algo similar: “con 699 enmiendas, este libro se ha convertido en un palimpsesto alejado del lector común”. Y eso que la versión web es gratuita y la impresa cuesta 84 pesos.

Por desgracia, coinciden los entrevistados, la Ley Suprema se ha convertido en un pretexto para que litiguen políticos y abogados a partir de artículos que son contradictorios. Quizás la causa de ello sea la complicada relación entre el mexicano y la autoridad de la que habló Zaid: “Desde la Independencia hasta hoy, quienes han llegado al poder se han sentido constituyentes: dueños de hacer y rehacer la Constitución. No la ven hacia arriba, como algo superior a lo que deben someterse, sino hacia abajo: sometiéndola a cambios interminables desde afuera”.

CARTA FUNDACIONAL
Sin embargo, acota Meyer, algo cambió en la cultura mexicana después de 1917. Tras un pasado colonial de 300 años, el mexicano por fin dejó de ser súbdito para convertirse en ciudadano. Si bien en la Constitución de Cádiz de 1812 se introdujo el concepto de “ciudadanía”, explica, fue hasta que se emitió el texto constitucional que nació el pueblo mexicano como figura legítima.

“El país se reconoce por fin como una unidad multicultural. Hasta antes de la Revolución, el pasado indígena no era visto como parte del Estado, sino como una categoría de la pobreza”, asegura Villoro. “La Revolución permitió un relato de diversidad cultural en el que los campesinos integraron una parte decisiva de la historia. Con el tiempo, ese relato se convirtió en una ideología y, posteriormente, en una demagogia hueca”.

Según Meyer, el PRI nunca ha estado a la altura de los valores de libertad y justicia social que promete la Constitución. “Durante mucho tiempo la presidencia se otorgó poderes metaconstitucionales y anti- constitucionales. La cultura política de la simulación continuará mientras exista el ejercicio irresponsable del poder”.

MUY POCO QUE FESTEJAR
Dice Ibargüengoitia en Instrucciones para vivir en México que los buenos festejos cívicos son la cosa más difícil de inventar, sobre todo si se pretende que sean originales. Para él, los caminos más trillados siempre son los más equivocados. Y eso es justamente lo que, afirma, ha hecho la clase política mexicana a lo largo de su historia: vanagloriarse con celebraciones patrioteras e inútiles para justificar su presente.

A los héroes nacionales –prosigue Ibargüengoitia– se les ha deshumanizado y solemnizado tanto, que de Venustiano Carranza sólo destacan sus anteojos, de Miguel Hidalgo su calvicie y de Morelos su paliacate.

Eso sí. Que no se diga que el gobierno mexicano no se preparó para esta ocasión. Desde 2013 existe un organismo llamado Comité para la Conmemoración del Centenario de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, creado por Enrique Peña Nieto y los Poderes de la Unión. Hasta hay una cuenta regresiva en la página www.constitucion1917.gob.mx/. El calendario de actividades, por cierto, fue subido de último momento, ayer.

“Los festejos cívicos son la forma más costosa del ridículo, y creo que estos no serán la excepción”, considera Villoro. “No olvidemos que la celebración del Bicentenario acabó como un festejo a la corrupción”, añade Meyer.

“El dispendio que hemos visto en algunas actividades oficiales es impertinente para el contexto político que vivimos”, dice Silva-Herzog. “Sin embargo, creo que es un buen momento para replantear la utilidad de una de las Constituciones vigentes más viejas del mundo”.
Villoro tiene muy claro que la Constitución de 1917 es “un texto político inviable”. Es tan obsoleta, dice, que necesita ser sustituida o reescrita. De lo contrario, apunta Meyer, el libro quedará como una prosa de promesas no cumplidas.

“Siempre es bueno festejar las ilusiones y las esperanzas que mantienen su vigencia en la medida en la que no se han cumplido. Esa es una de las grandes lecciones de la Historia: tiene más vigencia lo que no se cumple que aquello que ya se satisfizo”, reflexiona Villoro.