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Federico Silva: múltiple e inagotable

10 febrero 2014 4:12 Última actualización 20 septiembre 2013 5:2

[El escultor y pintor ha celebrado, hace unos días, sus 90 años / Sentado a la izquierda / Cuartoscuro / Archivo]


Viridiana Villegas Hernández
A lo lejos, en un jardín con esculturas de gran formato, un hombre camina hacia nosotros. Es alto, bien incorporado y avanza con paso firme; al tenerlo frente a frente, lo saludamos y nos regala el gesto afable de una persona que ha vivido plenamente, que ha vivido, también, en busca del arte. Se trata del maestro Federico Silva, quien hace unos días cumplió 90 años de edad y nos recibe para conversar en su casa-estudio, en el estado de Tlaxcala.
 
El pintor y escultor Federico Silva (Ciudad de México, 16 de septiembre, 1923) nos invita a tomar asiento en la sala de su inmenso estudio: un espacio donde los óleos y las esculturas conviven bajo techos de altura considerable. Al preguntarle cómo se siente en este momento de su vida, el maestro, con voz pausada, nos confiesa que se encuentra bien, “con un pasado lleno de distintas actividades, contento y deseoso de emprender nuevas tareas”.
 
Una de las actividades en la que ahora está muy involucrado es en la gráfica digital, la cual le ha abierto un abanico infinito de posibilidades:
 
“He hallado un universo inagotable de invención y de transformación de las imágenes a través de herramientas como la cámara fotográfica y la computadora, las cuales ofrecen nuevos sistemas gracias a su nivel tecnológico –dice–. Incursionar en la gráfica digital habla de mi preocupación constante por la búsqueda, la cual es rasgo fundamental del artista, tal como lo es encontrar, inventar, imaginar y concretar.”
 
-Contrario a su preocupación por esa constante búsqueda, ¿qué opina acerca de seguir el camino de las fórmulas únicas o ya probadas?
 
-Esta práctica en ocasiones obedece a requerimientos del mercado, el cual interviene de forma contraria al impulso natural del creador. Hoy vivimos la época del poder de los galeristas, de los manejadores, quienes le imponen al artista repetir mercancía que funciona con fines pecuniarios. Esto limita las características innovadoras en pos de convertirse en un ente productivo.
 
-¿En algún momento de su trayectoria tuvo cerca a alguien que le dictara el sendero a seguir?
 
-Eso ocurrió sólo cuando me inicié y llevé a cabo mi primera exposición. En aquella ocasión, del conjunto de obras que había presentado, sólo una pieza motivó interés y alguien la quiso comprar; tras dicha experiencia, la galerista me señaló que si tenía más obras iguales o parecidas a ésa entonces sí se las podía dejar para que las vendiera. Es decir, ella me intentó sugerir trazar una línea que muchos artistas fingen. Por eso, muchas veces terminan haciendo del galerista su manager. Es evidente que, llegado a ese punto, la libertad creativa termina...
 
-¿Qué ha habido en medio de esos tiempos cuando apenas era ayudante de David Alfaro Siqueiros a su paso como precursor en México del arte cinético, y ahora que explora las posibilidades virtuales?
 
-¡Uf! Han transcurrido muchísimos años. Mi acercamiento al arte, mi escuela seria, fue, en efecto, mi cercanía con Siqueiros: él proyectaba su gran talento, su manera de pintar, su pasión y un ejercicio pleno de libertad. Sin embargo, aquella experiencia también me dio una gran lección, la cual me ha servido toda la vida: cuando dejé de trabajar con él, me pidió que lo asistiera en la realización de otros murales. Ahí me di cuenta de algo: tenía que buscar un camino propio y no convertirme en su eterno discípulo.
 
De ser un pintor figurativo, Federico Silva se trasladó hace casi medio siglo al arte abstracto; fue durante un viaje que realizó a París cuando tuvo contacto con las corrientes más avanzadas de la época, entre las cuales había mucha inquietud por darle movimiento a las piezas escultóricas. Ahí conoció a diversos artistas cinéticos latinoamericanos, quienes practicaban el arte virtual. A diferencia de ellos, Silva decidió buscar la movilidad real –que fuera mecánica– e incorporó en su propuesta la idea de ocupar el tiempo, “un fenómeno ligado a la música y que lo convierte en algo muy alucinante”, como él mismo lo describe durante la charla.
“El cinetismo –prosigue el maestro– es el arte de la curiosidad y ofrece un acercamiento a la técnica y a razonamientos también de orden científico. Ésta es una práctica muy cara que requeriría apoyo institucional; yo siempre la llevé a cabo con mis propios medios (como todo lo que he realizado), pero creo que es una experiencia que sólo debe durar un ciclo y no toda la vida.”
 
Es cierto: como el propio Silva lo acepta: él le debe al cinetismo su acercamiento definitivo a la escultura, una disciplina en la que ha sido prolífico: “La escultura tiene muchas virtudes; una de ellas es que pertenece al espacio físico porque tiene que ver con la luz, con el sol. Es un arte hacia afuera, contrario a la pintura, que es un arte hacia adentro. Se toca, se mueve, existe como objeto: como una piedra o un árbol; o, también, como un ser vivo: por ejemplo, un perro.”
 
Antes de dedicar su vida al arte, Silva cursó estudios en dos campos científicos: la medicina y la veterinaria, así como en dos ramos sociales: el derecho y la antropología. Debido a ello, él concibe que “el arte no está desconectado del resto del mundo, sino que enriquece la experiencia del hombre, del artista, y esto se proyecta en su propuesta. Todo sirve, todo crea apertura y una visión mucho más horizontal de las cosas. Un artista no es un personaje excepcional”.
 
-¿Alguna vez ha pensado en el retiro?
 
-Quien se retira no es artista. Nadie puede renunciar a la pasión creadora porque es un proceso de cambios, de descubrimientos; usted no sabe mañana qué va a hacer. ¡Lo único que sé es que no le puedo vaticinar cuántos años voy a vivir! ¡Ja-ja!