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Excursos. Extrañamientos

12 febrero 2014 4:37 Última actualización 27 junio 2013 5:42

[Cuartoscuro]


 
 
Carlos Herrera de la Fuente

La actitud ingenua sobre la literatura y el arte en general tiende a reducirlos a una mera representación fidedigna de la realidad; esto es, a una reproducción más o menos fiel de sus aspectos más relevantes. Si bien el arte, como lo aclara Aristóteles en su Poética, no puede, como la filosofía, “elevarse” al ámbito de la verdad, lo mínimo que se puede esperar de ella es que presente con 'verosimilitud' la vida real. Aunque los poetas mientan, como lo afirma Platón, su mentira está justificada por su apego a ciertos fenómenos y valores que dan cuenta de lo real y lo concreto. Así, por ejemplo, se valora una pintura por el grado de apego que tiene al objeto o al sujeto de su atención, por su incomparable parecido al modelo que dice representar, mientras que se desprecia a las obras que resquebrajan el canon tradicional y, en estricto sentido, no representan nada.
 
Lo curioso de esta concepción es que cree estar segura de lo que es la realidad y de cómo debe representarse de manera correcta. Frente a esta actitud ingenua, el filósofo esloveno Slavoj Zizek ha dicho que la única forma de conocer lo real es acercándose a la ficción. Con ello ha pretendido explicar que lo que llamamos realidad está construido por un sinnúmero de apariencias que nos impiden experimentarla como tal. En la realidad cotidiana, por ejemplo, observamos individuos que van y vienen de prisa, personas y objetos que se cruzan, situaciones y acontecimientos que se dan de manera repentina, pero difícilmente vemos o sabemos lo que cada uno de ellos piensa o busca, lo que los ocasiona, o bien lo que los motiva a ser y a actuar. En la vida real, la realidad se oculta a sí misma. Para desenmascararla hace falta la ficción, la cual logra introducirse en la intimidad de los seres que nos rodean, revelando así su verdad.

Este procedimiento de la literatura y del arte fue descrito por Carlo Ginzburg en un pequeño pero sustancioso ensayo de nombre “Extrañamiento: prehistoria de un procedimiento literario” (publicado en su libro Ojazos de madera).

En él, el gran historiador italiano da cuenta de un recurso literario practicado por varios autores, consistente en presentar un acontecimiento o situación desde el punto de vista de un personaje extraño al evento descrito, ya sea éste un ser fantástico o, simplemente, una figura literaria ajena al mundo del que se narra, con la finalidad de hacer patente una realidad que la mirada acostumbrada a dicho evento es incapaz de captar. Se trata de un recurso para explicar mejor la realidad propia a partir de la introducción de una mirada ajena.

En su ensayo, Carlo Ginzburg presenta varios ejemplos de este ejercicio literario, entre los que sobresalen los de La Brùyere, Voltaire y Tolstoi. Mientras el primero, en sus Caractères, hace una descripción de los campesinos como animales feroces para denunciar la explotación de la que son objetos, y, el segundo, en un artículo intitulado 'Sobre los salvajes', hace una crítica del mundo europeo desde el llamado 'mundo salvaje' de los indios americanos, Tolstoi, en un cuento de nombre 'Kholstomer', narra ciertas costumbres y normas del campo ruso desde la perspectiva de un simple caballo. En cada uno de estos ejemplos, lo narrado desde un horizonte de extrañamiento termina revelando más que lo que podría aclararse a partir del mirador de una persona inmersa en la situación que se intenta describir.

No obstante, según lo explica el propio Ginzburg, el recurso del extrañamiento puede ir más allá y ser utilizado con propósitos distintos e, incluso, contrarios al ya comentado.
 
Esto sucede con Proust. De acuerdo con Ginzburg, el autor de En busca del tiempo perdido emplea el recurso del extrañamiento con un objetivo diferente: en vez de interesarse por revelar la verdad del mundo a través de la ficción, el extrañamiento proustiano cuestiona nuestra confianza en la estabilidad del mundo y en su verdad.

Esto es, en lugar de sacudir nuestras creencias a través de un mirador ajeno para develar, posteriormente, un núcleo permanente de verdad, la técnica de Proust sacude nuestra fe en una verdad inmutable y fácilmente comprensible. En lugar de explicar la realidad más allá de las apariencias, el extrañamiento proustiano se casa con las apariencias y con la frescura de su percepción.

Todo arte implica un extrañamiento. No hay, como lo llegó a sostener Borges, un arte plenamente realista. La cuestión parece más bien radicar en aferrarse a una verdad etérea o dejarse atrapar por el sueño de las apariencias.