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Excélsior sin Julio Scherer

El 8 de julio de 1976, el régimen echeverrista dio el golpe a Excélsior, el ataque más grande a la libertad de prensa en México, que marcó el inicio de una nueva era en el periodismo nacional.
Eduardo Bautista / Mauricio Mejía
06 julio 2016 20:56 Última actualización 07 julio 2016 12:9
Excélsior sin Julio Scherer (Especial)

Excélsior sin Julio Scherer (Especial)

9 de junio, 1976. Versión de los hechos de Vicente Leñero.

Miguel Ángel (Granados Chapa) se extendió en el relato de las varias agresiones sufridas hasta el momento pero sin referirse a la crisis interna. Y luego de contestar unas doce preguntas de los colaboradores aclaró que las autoridades del periódico no deseaban hacer una denuncia pública antes de las elecciones presidenciales”.

Entonces, sostiene Leñero, Ricardo Garibay hizo gala de sus años de boxeador: “Hasta ahora –dijo– sólo he escuchado vaguedades, sabemos con certeza que es el gobierno el que nos ataca y ni siquiera aquí entre nosotros nos atrevemos a acusarlo abiertamente”.

Habló de un lacayo incógnito perdido entre la veintena de los presentes en la casa de Granados Chapa. Acusó Garibay al gobierno de Luis Echeverría Álvarez de aquella campaña “infame” contra el diario de la vida nacional. Jorge Ibargüengoitia no midió el temporal. Venía una tormenta. Dijo a Leñero: “Creí que la cosa era más grave”. Todo fue vértigo.

En otra reunión en casa de Granados Chapa los colaboradores decidieron publicar una carta, de 49 firmantes, en apoyo a la dirección de Julio Scherer García, quien creyó que la cabeza “Libertad de expresión” era algo exagerada. La misiva nunca salió a la luz, por lo que pasó después.

La cosa sí fue grave. Lo que se fraguaba entonces –y muy pocos lo intuían– era el mayor ataque del siglo XX contra la libertad de expresión en México. “Lo que quería el gobierno era aplastar al medio más crítico de la época”, asegura Juan Pablo Becerra-Acosta, subdirector editorial de Milenio e hijo de Manuel Becerra Acosta, quien también fue subdirector de aquel mítico Excélsior que hacía temblar los cimientos de la administración echeverrista. “Fue un atropello brutal del Estado mexicano. Lo mejor es que las cosas cambiaron para bien”.

Antes. 1969. Versión de los hechos de Julio Scherer García. Enfrente, el ex presidente (1934-1940) Lázaro Cárdenas del Río.

“Me sentí libre, sin frenos. Díaz Ordaz agredía a Excélsior; Díaz Ordaz se entrometía en la cooperativa; Díaz Ordaz vivía atormentado por la matanza de Tlatelolco; los muertos lo perseguían y perdía los escrúpulos; Díaz Ordaz era un hijo de la chingada”.

“No entiendes”, le dijo el general, duro como el gancho al hígado. “Injuriaste al presidente de México y no te detuve”. Había sido Cárdenas del Río el que pidió un reportero y un fotógrafo para dar testimonio a la reunión. Manuel Becerra Acosta, subdirector del diario, seleccionó el espacio para la primera plana del diario. Tres columnas. Un cuarto de perfil del general. De perfil el director del diario. Escribió Scherer en Los periodistas: “la imagen hablaría por sí sola”.

El periodismo mexicano no es el mismo que el de hace 49 años. Lo sostiene Gerardo Galarza, reportero educado a la vieja escuela y amigo de Scherer. “Actualmente hay prensa libre para quien la quiere”, dice el ahora director editorial adjunto de Excélsior.

“Desde antes de los 60 hubo gente que luchó por un periodismo crítico y fue a la cárcel por ello. A José Pagés Llergo –fundador de la revista Siempre!– le cerraron muchas publicaciones”.

“La libertad de expresión no es algo que surge de manera espontánea ni se da para siempre: es una conquista de todos los días. Hay que picar piedra a todas horas. Ésa fue la labor del Excélsior de Scherer”, asegura el periodista Humberto Musacchio.

Era 1969 y, en efecto, reporteros, editorialistas, redactores, correctores y decenas de trabajadores más picaban piedra para cambiar la historia del país.

8 de julio, 1976. Agrega Leñero, sobre aquella extraña asamblea de corporativistas. José López Portillo ya es presidente electo de la República, después de una candidatura única.

“-No nos vamos, Julio, que nos saquen a la fuerza –decían las periodistas de la sección B: Bambi, María Idalia, Maruxa Vilalta”.

Luego el jefe de linotipos, Carlos Gavidia: “El periódico tiene que salir. Necesito material”. Otros dijeron que nos saquen a la fuerza o pide (Scherer) protección policiaca. “Yo quiero salir de tu brazo, Julio”, externó Abel Quezada. Scherer respondió: “Del brazo tuyo y del brazo de Gastón (García Cantú), que luego volvería al Excélsior de Regino Díaz Redondo, el colaborador de Echeverría) y del brazo del licenciado Granados (Chapa) y del brazo de Hero (Rodríguez Toro), gerente de la cooperativa) y de todos. Salgamos juntos”.

La foto de Juan Miranda lo confirma todo. Scherer, aún hoy, de la mano de García Cantú y Quezada, el dibujante del negro editorial “¿Por qué?” del 3 de octubre del 68. Ese día Excélsior dejó de ser uno de los diez grandes del mundo.


Y ese día fue el parteaguas del periodismo mexicano. El Día D de la batalla por criticar lo que se tenía que criticar y decir lo que se tenía que decir. Y lo mejor de todo, dice Galarza, fue el sentido comunitario que reinó en aquella redacción que olía a tinta y papel viejo: “Scherer y sus directivos salieron acompañados de colaboradores como Octavio Paz o Jorge Ibargüengoitia, pero sobre todo de un gran equipo de reporteros, que son los que realmente hicieron historia”.

Plumas como Francisco Ortiz Pinchetti, Carlos Ferreyra, Rodolfo 'El Negro' Guzmán, Francisco Ponce, José Reveles y Rosamaría Roffiel renunciaron a Excélsior en solidaridad con Scherer. Todos ellos –y muchos más– formaban parte de una nueva estirpe reporteril que perseguía la verdad y combatía el oficialismo, ese sarro que parecía imposible de quitar.

Aquel 8 de julio derivaría en el surgimiento de la revista Proceso (1976) y el periódico Unomásuno (1977). El primero, dirigido por Scherer; el segundo, por Becerra Acosta. Nacieron también Vuelta (1976), Nexos (1978), El Financiero (1981) y La Jornada (1984).

El gobierno nunca se imaginó, dice Becerra-Acosta hijo, que con ese golpe se gestaría un periodismo menos complaciente. Les salió el tiro por la culata.

“Proceso adquirió un estilo contestatario en cualquier situación. Unomásuno fue determinante en las formas de hacer periodismo, pues se privilegiaron los grandes reportajes, las crónicas y el fotoperiodismo. Antes de Unomásuno era inimaginable que un fotógrafo firmara sus imágenes. Los caricaturistas y cartonistas, además, eran sumamente irreverentes”, agrega.

9 de julio, 1976. La terca memoria de Scherer en Los presidentes, página 219.

“Dice también el editorial que en la asamblea del día histórico hablaron todos los que quisieron. Ayer se escucharon todas las opiniones, todas las ansias contenidas de expresión afloraron”. Luego sostiene: “Del texto pudo desprender el presidente Echeverría que los siete en fila hablamos ante el tumulto que nos condenaba. ¿Qué reo no habla una palabra ante el vacío?”.

Según Scherer, el candidato al premio Nobel de la Paz, Echeverría, dijo el 14 de julio: “es sintomático que las críticas al gobierno mexicano no se hayan manifestado en la prensa mexicana, en radiodifusión o en televisión, sino sintomáticamente en algunos periódicos –periódicos muy ricos– de la ciudad de Nueva York, periódicos a los que no satisface nuestra política nacionalista”.


Los entrevistados coinciden en que la construcción democrática de México obedece, en gran medida, a la libertad de expresión conseguida después del Golpe a Excélsior. Hechos como el fin del régimen priista en 2000 se deben, en parte, a que muchos medios debieron cambiar su línea aunque no quisieran.

“En 1988, Unomásuno –después La Jornada– dio a conocer el surgimiento de esta nueva corriente democrática dentro del PRI que derivó en la candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas. Se abrieron canales de participación política y temas que preocupaban a la ciudadanía, como el hecho de poder votar en el DF”, cuenta Becerra Acosta.

“Los lectores comenzaron a comprar más las publicaciones que informaban correctamente”, comparte Galarza. Según él, “sin prensa libre no puede haber democracia”.