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Esos pequeños cambios. Dead Can Dance en el Auditorio Nacional

13 febrero 2014 5:1 Última actualización 27 diciembre 2012 13:3

[Fernando Aceves]  


 
Ricardo Pineda
 
Cuando uno va a conciertos de bandas de culto o un poco más serias y sosegadas, los reseñistas de conciertos solemos incluir palabras como “atmósfera”, “viajar”, o frases como “nos llevaron de la mano”, o adjetivos como “etéreo”, “sublime” y “grandioso”. La verdad, pocos conciertos ameritan ese calificativo.
 
La noche del jueves 30 de noviembre, bajo el frío que anuncia el fin del año, se presentó en el Auditorio Nacional de la Ciudad de México, Dead Can Dance, ahora sí, banda mítica de los ochenta, que despertara un séquito fiel y constante de seguidores en nuestro país, sobre todo en la escena oscura, ahí donde Cocteau Twins y This Mortal Coil tienen también un lugar preponderante.
 
Poco antes de las 21:30 horas salieron al escenario Lisa Gerrard y Brendan Perry y compañía, venían a presentar su más reciente producción en 6 años, Anastasis. Con los dos primeros cortes de ese disco de influencias celtas y sumamente percusivo y atmosférico,“Children of the sun” y “Anabasis”.
 
Y hablar más de la excelsa y cautivante, hipnotizante voz de Lisa Gerrard estaría de más, pero quien guste de los pasajes sonoros de Medio Oriente, del Medievo, de las armonías celtas y de las canciones de largo aliento, sabrá que cuando Gerrard canta en un lugar con buena acústica como en El Plaza Condesa o en el Auditorio Nacional, ese concepto de “llenar el lugar con su voz” tiene más sentido aún. Como en pocos conciertos que sucedieron este año, la gente guardaba tanto silencio para escuchar las canciones en su totalidad, el brillo en los ojos de Lisa y los acompañamientos suaves, percusivos y enormes de Perry y compañía hacían realmente un 'tour de force' por otros paisajes.
 
Brendan Perry configura un crisol de canciones que tienen que ver con la transformación, con cosas y paisajes que existen y son reales, lo que le da un toque muy humano a ese mundo onírico y fabuloso que edifica en una suerte de equilibrio mundial de las tribus del mundo, traduciendo el canto de las sirenas o el alma mágica de un reino, en un lenguaje que nos es más cercano.
 
El concierto de cerca de hora y media de la banda australiana, que a sus poco más de 30 años de carrera artística continúa causando interés y manteniendo la madurez y solidez profesional de otros tiempos, brindó un espectáculo con un juego de luces de primer nivel.
 
Dead Can Dance no escatimó éxitos combinados con sus nuevos temas, para cerrar con la enorme y adecuada “Rising to the Moon”. Una gran noche acompañados de una de las mejores bandas contemporáneas y elegantes fue la que se vivió esa última noche de noviembre. Un concierto emotivo a tope, elocuente, y completamente cautivante. Así de grande y así de sutil, como esas pequeñas transformaciones de las que habla Perry en torno a Dead Can Dance.