AFTEROFFICE
culturas

Escuela, esa mala palabra

Jorge Ibargüengoitia retrató la actitud de los mexicanos ante la educación. En estos días de SEP-CNTE vale la pena rescatar un poco de humor y sarcasmo sobre el tema.
Mauricio Mejía
14 julio 2016 21:17 Última actualización 15 julio 2016 5:0
El turno es de Jorge Ibargüengoitia, esa aguja en el pizarrón. (Erick Retana)

El turno es de Jorge Ibargüengoitia, esa aguja en el pizarrón. (Erick Retana)

Sobre la antología compilada por Guillermo Sheridan, editada por Joaquín Mortiz (1990), Instrucciones para vivir en México, se pone la lupa en los textos de Jorge Ibargüengoitia sobre el tema de la educación en México, publicados en su columna de Excélsior. Asombra la premonición, la actualidad de la pluma de uno de los escritores más agudos de la literatura mexicana del siglo XX. El turno es de Jorge, esa aguja en el pizarrón.

***
Cuando trato de recordar el proceso de mi aprendizaje escolar, uno de los puntos más misteriosos es por qué aquellos personajes que se subían en el estrado habían elegido la carrera de profesores. ¿Habrán estado muertos de hambre? ¿Encontrarían algún placer en pasar parte del día frente a cincuenta muchachos aburridos, en el mejor de los casos, o amotinados, en el peor?

Uno de los profesores que recuerdo con mayor precisión era La Coqueta. Daba clase de Historia Universal. Era un tirano. Se sentaba en el borde del escritorio y apuntaba con el dedo al alumno que había elegido para víctima.

-Háblame de la Guerra de los Treinta Años –el otro empezaba a tartamudear-. Espera. Aguilar, fuera del salón. Sigue…Falso. Sigue…Falso. Sigue… Tiene cero. Siguiente.

Cuando se enfadaba decía: “¡Ay, qué fastidio!”

A pesar de que estudié su materia con gran cuidado y saqué diez al final del año, todo lo que recordaba de la Guerra de los Treinta años al recibir la boleta, es que había durado treinta años.
Lo mucho que no supimos, 16 de junio de 1971.

***
Es menos frecuente que se den a conocer estadísticas referentes a los aspectos del problema educativo: el déficit del número de maestros, el grado de preparación de los mismos, las faltas de asistencia de maestros y alumnos, la utilidad de los textos, el aprovechamiento en clase, la exactitud de las calificaciones, etcétera.

La razón de que esto suceda es, creo yo, que vivimos en un medio esencialmente monumentalista. La educación es la escuela… el edificio de la escuela. Aprender es ir todos los días a ese edificio, que tiene en la entrada un letrero que dice, por ejemplo: “Josefa Ortiz de Domínguez”, y sentarse en esa banca a que dé la hora de la salida. Para los gobernantes, en cambio, “dar educación al pueblo” consiste en recorrer construcciones recién terminadas, cortar listones y descubrir leyendas que digan: “este plantel fue construido siendo Presidente de la República…” etcétera.
(…)
Entrar en clase quiere decir entrar en el aula, no necesariamente a tomar clase, porque hay veces –yo lo he visto desde un balcón vecino- que el maestro llega tarde, o no llega, o llega nomás a corregir trabajos. En otros casos el maestro es puntual y explica su materia, pero los alumnos no hacen caso porque están ocupados en hacerles jeuxd’esprit a las criadas de la casa vecina.

Y después de ver esto me entero, gracias a lo revelado, que de una población en edad escolar de veinte millones de individuos, sólo diez van a clase. Es decir, que a pesar de que una parte considerable –casi desproporcionada- del presupuesto oficial está aplicada a la educación, hay diez millones de mexicanos que están recibiendo una educación deficiente, mientras que el resto no está recibiendo educación de ninguna especie.

Yo, francamente, creo, que no va a ser suficiente. Creo que por este camino lo más que se puede lograr es que el país se llene de edificios, por lo general horribles, en cuyo interior no sucede casi nada de provecho. Tengo la impresión de que el problema es de tal índole que no tiene solución dentro de los medios tradicionales, aunque éstos se multipliquen.
Déficit educativo, 19 de julio de 1971.

***
La gente que nunca ha ido a la escuela vive convencida que esa es la única razón de su fracaso. La que ha ido a la escuela, en cambio, cree que fracasó porque no aprovechó la enseñanza. El caso es que la escuela es un elemento fundamental de frustraciones de cada gente.
(…)
Para mí, todo esto es inexplicable. ¿Por qué quiere la gente ir a la escuela? ¿Por qué cree que va aprender algo en esos antros?
(…)
Pero creo que lo que pasa es que el sistema escolar es una confabulación diabólica, de la que los alumnos son las principales víctimas, y los contribuyentes las segundas.

Los padres de familia tienen necesidad urgente de deshacerse de sus hijos un determinado número de horas cada día, mientras éstos tienen edades que varían entre los cuatro y los quince años. Los maestros, por su parte, que tienen que ganarse la vida, se ven obligados a hacer algo en esa enorme cantidad de horas. Se hacen cosas tremendas.

Se explica, por ejemplo, el Quijote. De tal manera, que después de la explicación pocos son los valientes que se atreven a leerlo.
(…)
Pero a los doce años de estudio, no se puede soltar el arpa. Hay que terminar la carrera. Por eso está el mundo rebosante de profesionistas inútiles. Son los que creyeron que con ir a la escuela bastaba.
Confabulación diabólica, 9 de diciembre de 1969.

***
La situación está peor cada día. En eso, según parece, estamos casi todos de acuerdo. Para algunos, el problema consiste en que la demandada de educación ha crecido de una manera que es imposible satisfacer; para otros, lo que ha pasado es que los estudiantes han perdido la fe en sus maestros y se han vuelto revoltosos; para otros más, la crisis ha sido causada porque la gente ha llegado a convencerse de que el que no tiene un título colgado en la pared está corriendo el riesgo de acabar en empleado del servicio de Limpia.
(…)
En primero de secundaria, también, me daba clase un señor chaparro, que tenía un traje negro, portafolios y los pelos en forma de aureola. La influencia que este hombre ejerció en mi vida es tan leve que no recuerdo ni siquiera qué materia enseñaba. Se apellidaba Moreno.
(…)
El profesor de Botánica nos producía un terror completamente irracional, porque era muy buena persona. No logró, en su exposición, conectar lo que estaba enseñando con la realidad. Prueba de esto es que nunca en mi vida he tomado algo entre mis manos y dicho:
-Es un dicotiledóneo.
Memorial de un alumno, 30 de marzo de 1971.

Instrucciones para vivir en México
Autor: Jorge Ibargüengoitia
Editorial: Joaquín Mortiz