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Escombros personales: Adiós a La Flor de Valencia

10 febrero 2014 5:19 Última actualización 08 julio 2013 6:13

[Cuartoscuro]


 
 
Eusebio Ruvalcaba
 
Cuántos tragos, cuánta vida, cuántas tardes y noches —y acaso mañanas— no dejé yo ahí, en la Flor de Valencia.
 

Cantina ubicada en la Avenida Revolución, a unos pasos de lo que alguna vez fue la Castañeda, enfrente del Zipandácuri, yo era cliente desde mi más desgastada juventud. Iba con mis amigos de aquel entonces, 3 ó 4 —cuyos nombres están a punto de extraviarse en el pantano de mi memoria: Arturo, Pablo, Ricardo, y otro al que le decíamos Tolín y que usaba los calzones de su hermana. Digo que iba con mis amigos, hasta que me empezaron a aburrir. Y entonces comencé a ir solo.
 
En aquel entonces —digamos 40 años—, la Flor de Valencia era una cantina genuina. Mugrienta por donde se le viera, meseros atentos pero malencarados. Sin valet parking ni maricadas semejantes. Y buenos precios, sobre todo buenos precios. Uno se sentía a gusto porque la concurrencia estaba formada por obreros, básicamente: señores en overol o uniforme de la empresa donde trabajaban. que se sentaban a beber en torno a una mesa de 90x90, para regresar a su centro de trabajo con media estocada adentro.
 

Bajo la iluminación de una luz trémula, la parte posterior de la cantina era una bodega. Cuántas veces no alcancé a ver un ratón más osado que el resto salir sigilosamente de aquel almacén apestoso lleno de cajas y cachivaches.
 
Una que otra persona conocí ahí. Cuando iba solo, parecía atraer a los incautos.
 

Nunca nadie se sentó a mi mesa. De pronto me llegaron a invitar un trago —que inequívocamente yo devolvía—, alguien se aproximaba y me daba su tarjeta —aunque aclaro que jamás llamé a persona alguna, soy desconfiado de la camaradería fugaz.
 

Mujeres sí conocí. Porque hubo una temporada de la Flor de Valencia en que las mujeres eran clientas asiduas. Iban muchas damas —digamos después de las siete de la noche—, féminas decrépitas como una piel de víbora cuando el reptil se ha deshecho de la investidura. Aceptaban el trago, y de inmediato ponían su mano en el muslo. De ahí al hotel —de preferencia al Goya, ubicado a unas cuantas cuadras, ya sobre Patriotismo.
 
Pero el tiempo pasa, los años transcurren y las cosas se vuelven de cabeza.
 
La remodelaron. Quitaron el almacén, pusieron espejos, luces de neón y un olor desesperante a cloro en los miaderos. El lugar se llenó de yupis y parroquianos con cara de intelectuales fofos. Sin embargo, seguía siendo una cantina privilegiada por la botana: carnitas, caracoles, espinazo, mole con arroz. Cada día de la semana un platillo diferente, y siempre exquisito.
 

Pero los peros se sucedían unos a otros.
 
Para empezar, que nunca, jamás en la vida ofrecen las de la casa. Me pasó un millón de veces. Tengo un amigo —Jorge Alberto Montes— que es experto en exigir las de la casa. Se las han dado —yo con él— lo mismo en restaurantes carísimos que en tugurios indescriptibles. Digo que yo fui testigo de aquella vez que pidió una ronda de cortesía. Éramos cuatro personas. También estaban Valentín Almaraz y Alfredo Giles-Díaz. Jorge Alberto Montes hizo un escándalo. Pero no obtuvo nada, ni un hielo. Es increíble que si se pagan 900 pesos de cuenta entre cuatro personas, no pueda obsequiarse una cortesía.
 
Prometimos nunca regresar, y yo fui el primero en romper mi palabra.
 
Porque algo tenía La Flor de Valencia. Quizás la nostalgia de mis años mozos. Quizás.
 
 
Pero ya me despedí para siempre. Por los precios.
 

Esta vez fui con el maestro Víctor Roura; más bien me encontré con él ahí. Yo llegué unos minutos antes de la hora acordada, y tuve la desventura de preguntar el precio del whisky —JB, que es el que bebo, y que como puntada siempre digo: “Me da un Johannes Brahms, por favor”. Cuando el mesero pone cara de estupefacción, le aclaro: es el JB, son las iniciales de un músico: Johannes Brahms. Que haga esa broma significa que estoy de buen humor —mencionar el nombre de Brahms me hace el día.
 
Bueno, pues pregunté el precio y se me informó: 100 pesos.
 

No puede ser, si en el Sanborns vale 82, en la Jalisciense 79, en la Camelia 50, en la Perla de Carrasco 60. ¿100 pesos? ¿Qué les pasa? Todo el mundo trata de ganar más a costa de lo que sea. Se le cayó la máscara a la Flor de Valencia y se me reveló en toda su prepotencia —por algo lo que priva es el consumo de cerveza, que genera propinas magras.
 

Víctor y yo bebimos el vodka más barato. Un par de copas, para que costeara la botana. Y salimos como almas en pena. Con las mismas palabras en la boca: Adiós a la Flor de Valencia. Para siempre.