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¿Es justo traer hijos al mundo cuando no se puede respirar?

"Podría volar a Nueva York y regresar cada día durante siete años y aún así no dejaría una huella de carbono tan grande como si hubiera tenido un hijo". Esta frase de la puesta "Pulmones" engloba el cuestionamiento de una pareja actual: tener un hijo o no en un planeta en el que cada vez es más difícil respirar.
Myrna I. Martínez
10 mayo 2015 21:26 Última actualización 11 mayo 2015 5:0
La obra va avanzando en el tiempo, está escrita a partir del presente y se proyecta hacia el futuro. (Cortesía)

La obra va avanzando en el tiempo, está escrita a partir del presente y se proyecta hacia el futuro. (Cortesía)

“Podría volar a Nueva York y regresar cada día durante siete años y aún así no dejaría una huella de carbono tan grande como si hubiera tenido un hijo”. Esta frase de la puesta Pulmones engloba el cuestionamiento de una pareja actual: tener un hijo o no en un planeta en el que cada vez es más difícil respirar.

La obra del dramaturgo inglés Duncan Macmillan se estrena por primera vez en el país esta noche en el Foro Lucerna, bajo la dirección de Alberto Lomnitz, para quien es un texto brillante, ingenioso y tan contemporáneo que no parece haber sido escrito hace 15 años.

“Es la vida de una pareja y sus cuestionamientos a partir de si tener un hijo o no, en términos del impacto que están teniendo ellos sobre el planeta, están muy preocupados por las emisiones de carbono y por el aire que respiran”, explica el director. “La obra va avanzando en el tiempo, está escrita a partir del presente y se proyecta hacia el futuro; hay una cierta insinuación de que el mundo va decayendo, al final hay una sensación de que están viviendo en un mundo que apunta a ser un desastre ecológico”.

Alberto Lomnitz fue invitado por los actores Roberto Cavazos y Ana González Bello para dirigir este montaje, con el que estrenan su compañía productora Chinchilla. La puesta resulta interesante desde el texto, advierte el director, ya que el autor pide que se monte sin escenografía ni cambios de vestuario: sólo un hombre y una mujer.

“Está escrita en lo que en términos cinematográficos sería un plano secuencia. En 90 minutos transcurren muchos años en la vida de esta pareja y se presentan de manera continua; no es claro en qué momento termina una escena y empieza la siguiente. Obliga al espectador a estar atento todo el tiempo, tiene una dinámica fascinante”, considera.

Si bien decidió respetar las acotaciones del dramaturgo, Lomnitz llevó su propuesta a formato de arena –un foro circular en el que los espectadores pueden mirarse unos a otros- porque, asegura, esta conformación espacial genera mayor intimidad tanto entre el público como entre los dos actores.

“Todo esto se da a través de un diálogo brillante, con el uso de la palabra para encontrar el detalle cotidiano que a la vez revela intensiones ocultas profundas; es ingenioso, divertido y conmovedor, le sacará una lágrima a más de uno”.