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Envejeció el mundo; Mafalda sigue tan suya

"Mafalda: historia social y política", de Isabella Cosse, es una obra profunda que muchos menospreciarán de entrada porque ya hace rato que dejaron los pantalones cortos de la gracia y ahora se visten con el saco de pana de la intelectualidad.
Mauricio Mejía
29 septiembre 2015 20:54 Última actualización 30 septiembre 2015 5:0
Mafalda fue una estampa precoz para el humor y la crítica social. (Archivo)

Mafalda fue una estampa precoz para el humor y la crítica social. (Archivo)

La maestra dice, mientras dibuja en el pizarrón: “hoy estudiaremos el pentágono”. Una niña del salón se levanta y contradice: “...Y mañana el Kremlin...”. Gesto negativo de la maestra que voltea con el tono autoritario de las dictaduras. La niña se apena y exclama: “Digo, para equilibrar”.

La ocurrencia no diría nada a los niños y jóvenes de hoy. Pero para los que leyeron la tira en los años 70, la ocurrencia de Mafalda (que no de Quino) era genial. El mundo se encontraba en el debate entre el Time’s money y el Objetivo Histórico; entre la CIA y el KGB. En efecto, entre Washington y Moscú.

El Fondo de Cultura Económica recién publica (palabra bien mafaldesca) Mafalda: historia social y política, de Isabella Cosse (Montevideo, 1966). Una obra profunda desde lo sencillo, a la que muchos menospreciarán de entrada porque ya hace rato que dejaron los pantalones cortos de la gracia y ahora se visten con el saco de pana de la intelectualidad.

Pero Cosse ha logrado el sueño de millones de lectores de la tira de Joaquín Salvador Lavado Tejón. Desde las marcas de la clase media, pasando por la política de lo cotidiano y el emblema antiautoritario del Sur, la autora dibuja un estadio del tiempo turbulento en el que Mafalda fue una estampa precoz para el humor y la crítica social.

En la página 169 (y siguientes, como dice la academia) Cosse explica el tiempo nublado en el que la “Mundialmente Célebre Historieta de Quino (mayúsculas en el original)” fue anunciada en la primera plana de Excélsior en el primer día de junio de 1975, cuando el diario era dirigido aún por Julio Scherer García.

En aquellos años de Guerra Sucia, control estricto de la libertad de expresión y una sociedad cerrada, México formaba parte de los países no alineados o del Tercer Mundo, como quería llamarlo el presidente Echeverría. Pero justo en el 75, como bien documenta Cosse, este país fue sede de la Conferencia Internacional de la Mujer, que organizó la UN (las Naciones Unidas, para seguir en el lenguaje de la niña clasemediera y porteña). No es casual que fuera en ese junio.

Mafalda ocupó la última página de la sección infantil de Excélsior, que leyeron dos generaciones de niños (y en la que se incluyó sólo una tira mexicana: Chicarrín y el Sargento Pistolas, de Guerrero Edwards. En el apartado mexicano, muy bien documentado, Casse resalta cómo se cambió el lenguaje de la tira original. Desapareció el vos por el tú y muchos argentinismos fueron mexicanizados. Aun así la tira tuvo un éxito desbordado.

“La elección -escribe la autora- fue más acertada. La historieta colocaba problemas que podían interesar a una franja importante de madres, padres e hijos en México que estaban, como los argentinos y los europeos, conmocionados por las transformaciones en la vida cotidiana y en las relaciones familiares”. No lo dice así, pero se refiere al bajo-mundo de la Lucha de Gigantes.