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libreta de apuntes

Entre el doctor Jekyll y Mr. Hyde, Messi

Lionel Messi, eterno y precioso, confirma que la felicidad no es un asunto científico ni metódico: dos desplantes suyos definieron un encuentro en el que dominaron el frenesí y el miedo.
Mauricio Mejía
06 mayo 2015 16:32 Última actualización 06 mayo 2015 16:34
Lionel Messi

Messi, sublime, saluda a Berlín con el romanticismo más genuino de las últimas décadas. (Reuters)

Los debates entre la razón y el conocimiento, entre la técnica y la táctica, suelen ser resueltos, dentro y fuera del campo, por la genialidad artística. Messi, eterno y precioso, confirma que la felicidad no es un asunto científico ni metódico: dos desplantes suyos definieron un encuentro en el que dominaron el frenesí y el miedo. A lo suyo, primero montado en el papel de líder colectivo de un equipo que siempre es más que un club, aguantó, paciente, el momento de saltar a la escena para dominar el telón verde de un campo nuevo en el que se asomaba la angustia. Es ahí, cuando Epicuro habla, cuando todos transitan por el pasmo. Un remate al imposible ángulo de Neuer abrió el testarudo 0-0 en el que reinó la equidad. Tres minutos después, haciendo de Boateng un maniquí autodidacta, sin pericia ni elegancia, hizo del área chica un gesto del universo y flotó la pelota por encima del mejor arquero de los cielos. Todo en un suspiro. Messi, sublime, saluda a Berlín con el romanticismo más genuino de las últimas décadas. Cuando Neymar anotó, en el postre de la desgracia bávara, todo quedó consumado. Mefistófeles era ya una sombra al borde del área de la eliminación. Mucho Messi, el resto… silencio.

Cuando se esperaba que Guardiola debatiera ante sus dos creaciones, Mr. Hyde jugando con las blancas ante Dr. Jekyll, la realidad le tiró una libreta blanca sobre la cara: Stevenson no pudo con la realidad. Al genial estratega (tanto como Messi) le faltaron presencias y le sobraron ausencias. No pudo establecer un sistema de juego digno de su percha: toque, toque, toque. No más no. El misterio jugaba en su contra. La metáfora del juego hay que buscarla en la cara de Lewandowski: una máscara inútil contra el espejo. Desatinado, inestable y con taquicardia el Munich nomás no tuvo modo de sujetar la sartén. Pocas veces un cuadro de Guardiola pareció tan ajeno al balón. Si el empeño del míster es la conjunción (que obliga al acercamiento, casi aburrido, de los jugadores) en esta ocasión la distancia entre volantes y delanteros fue un llano, un enorme llano lleno de lejanías. Sí, lejanías.

Aun así, la batalla por las semifinales parecía definirse en la vuelta. El Bayern jugó a no recibir gol y terminó goleado. Apabullado, debe poner en marcha, con urgencia, la leyenda que dice que los alemanes no se cansan hasta que están en el camión. El bus hace la ruta a Baviera en donde, quizá Goethe tenga algo de poético en la que parece ser una tragedia de sentido contrario. Cuando el Barsa fue eliminado por goleada por el Bayern, esta pluma avizoró el final del barroquismo en la cancha; hoy escribe que los genios pueden hacer que las vanguardias duren hasta que su pincel lo estime. Messi utiliza al Barcelona para darle sentido a su idea del mundo y, hay que decirlo, ésta es lindísima. ¡Eterno Messi!