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CULTURAS

'El último encuentro' de Márai llega a la UNAM

El director Raúl Quintanilla ha llevado a escena una de las novelas más importantes del escritor húngaro Sándor Márai. En entrevista revela algunos detalles de la puesta en escena y opina sobre el valor de la palabra, tanto en el teatro como en la vida misma. 
Eduardo Bautista
25 marzo 2015 20:47 Última actualización 26 marzo 2015 8:13
Sergio Klainer interpreta a Henrik en 'El último encuentro'. (FOTO: Cortesía)

Sergio Klainer interpreta a Henrik en 'El último encuentro'. (FOTO: Cortesía)

La sustancia del teatro es la palabra; sin ella, la puesta en escena pierde sentido. Lo mismo pasa con la realidad del país. Cuando éste desestima el valor del lenguaje, su sociedad cae en una espiral absurda. Así lo considera el director escénico Raúl Quintanilla, quien adaptó al teatro la novela El último encuentro, del escritor húngaro Sándor Márai (1900-1989).

El resultado fue un melodrama en el que los actores mexicanos Sergio Klainer (Henrik) y Julián Pastor (Konrad) dan vida a dos ancianos que, en una noche de tragos de ajenjo, reflexionan sobre la pasión, la traición, el amor, la soledad, la venganza y la amistad.

Quintanilla asegura que no hay método más sensato para entender la condición humana que el lenguaje. Los conflictos del hombre –advierte– sólo pueden ser entendidos si se tienen las palabras correctas para describirlos. Es entonces cuando el teatro, concebido como estimulador del lenguaje, cumple una de sus funciones.

___¿Es la literatura la esencia del teatro?

___La palabra es la sustancia del teatro y de la literatura. En la narrativa, la palabra es un fenómeno reflexivo; en el teatro, un fenómeno de conflicto. La pieza escénica no debe dar tregua al espíritu: siempre tiene que conmover y resolver situaciones. El teatro no está para descripciones literarias, sino para la acción constante del actor a través de objetivos. La literatura aporta atmósferas; el teatro, estados de ánimo.

___¿El teatro está obligado a sensibilizar?

___Vivimos tiempos cínicos en los que estamos obligados a reflexionar en exceso. Más allá de la función social, al teatro hay que darle la importancia de la conmoción de la individualidad. La civilización es una metáfora de individualidades fortalecidas. Si uno como creador logra conmover una individualidad, estará tocando la parte más importante del sujeto. En el teatro, los actores dan su intimidad para que el espectador sienta placer. Si uno provoca que el espectador cambie su percepción del mundo, que no sea la del país ordinario, vulgar y cínico en que estamos viviendo, ya habremos logrado muchas cosas.

___¿Cuál fue el mayor reto de adaptar esta novela?

___Hallar el momento de tensión. Cuando uno se enfrenta a una narración absolutamente literaria, el problema es que se va postergando el conflicto. Con esta adaptación basada en la versión de Christopher Hampton, lo que hicimos fue cuidar el tiempo, el tono y el ritmo de la historia para no perder de vista el clímax.

___Entre los muchos temas que trata Márai en esta novela tan respetada, ¿a cuál le dio prioridad y por qué?

___A la amistad. Considero que ésta es el gran concepto de civilización que tenemos. La amistad fue inventada para vivir en sociedad. Sin ella, ninguna convivencia sería posible. La amistad es afecto voluntario, devoción intencional, generosidad desmedida. Al amigo no se le conflictúa, se le apoya, se le entiende. Eso lo reflejan muy bien los personajes de Márai. Ninguna amistad se consolida de manera espontánea: se cultivan poco a poco, aunque sean frágiles en sus inicios, sólidas en sus desarrollos y nostálgicas en sus trascendencias.

___¿En dónde reside la grandeza de este autor húngaro?

___En convertir un acto mediocre, como lo es la traición, en un hecho sublime. La buena literatura abreva de las contradicciones que viven los hombres. Y eso es algo que logra El último encuentro, donde se juega mucho con el concepto de felicidad.

Márai decía que la felicidad en exceso es también una forma de angustia...

___El bienestar es muy bello si es temporal. Uno de los grandes defectos de Europa central, particularmente de la sociedad austriaca, es que el bienestar prolongado genera indolencia y aburrimiento. Cualquier felicidad en estado de perpetuidad es aterradora.

___¿Qué tipo de bienestar vive el pueblo mexicano?

___Las estadísticas indican que el pueblo mexicano es muy feliz. Mentira. ¿Por qué nos engañamos? Porque en este país todavía no existe la conciencia de la palabra felicidad. Nos hemos conformado con la idea de que ser feliz es ganar tres pesos más que nuestro vecino. Conformamos una sociedad de envidias tremendas, donde la felicidad ajena nos molesta. Todo esto cambiará si encontramos mecanismos de reconciliación más humanísticos y menos políticos. Debemos tener una cultura que permita el sueño, la fantasía, la palabra, el teatro.

___¿Para qué nos sirve la palabra oral o escrita?

___Para todo. La palabra es el único lugar donde se tocan las ideas y se estructuran los valores; da dimensión a los sentimientos y es el vaso comunicante entre la esperanza y la desdicha. Somos lo que nuestras palabras han construido imaginativamente. Y mientras no imaginemos a este país con otras palabras, en otro sentido totalmente humanista, no vamos a poder tener conceptos de vida diferentes. Hemos caído en el error de querer cambiar el país a golpe de leyes. Hemos infravalorado el diálogo, la palabra, que es siempre fundamental para determinar la manera en que vamos a conceptualizar nuestro existir. El lenguaje es la intimidad de una nación. Y el teatro, la intimidad del hombre.


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¿QUIÉN ES RAÚL QUINTANILLA?

    

Raúl Quintanilla

Raúl Quintanilla es director escénico y director del Centro de Formación de Actores para la Televisión de TV Azteca. Estudió dirección escénica en el Centro Universitario de Teatro y ha sido docente en diversas escuelas de actuación en México. En 1988 recibió el Premio Teatro de Búsqueda Xavier Villaurrutia de la Asociación Mexicana de Críticos de Teatro. Ha sido jurado del Concurso Nacional de Dramaturgia del INBA.