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culturas

El siglo del faraón

México festeja los 100 años de una de sus máximas figuras del toreo, Silverio Pérez, quien cortó el primer rabo de la México a "Barba Azul", de orrecillas, el 16 de febrero de 1946. Hoy, a las 20:00 horas, la plaza celebra con 6 de garfias y los matadores Juan José Padilla, José Mauricio y Juan Pablo Sánchez.
Rafael Cué
19 noviembre 2015 21:34 Última actualización 20 noviembre 2015 5:0
Hoy, a 100 años de su nacimiento, se siguen escribiendo casas buenas de su paso por este mundo. (Cortesía fotos: Pancho Flores)

Hoy, a 100 años de su nacimiento, se siguen escribiendo casas buenas de su paso por este mundo. (Cortesía fotos: Pancho Flores)

México a lo largo de su historia ha tenido personajes con madera de ídolos. La pasión y el gran corazón del pueblo mexicano han sido capaces de identificar a los hombres y mujeres cuya autenticidad representa los valores e idiosincrasia de este maravilloso país; gente que no ha necesitado de poses ni físicas ni sociales; personajes de éxito basadas en el trabajo, en el sacrificio y en el honor de vivir bajo los valores universales que en la humanidad hoy parecen ya pasados de moda.

Silverio Pérez es uno de ellos, su vida y su trayectoria fueron tomadas por un país, sin importar clases sociales, políticas o culturales; en un México de esplendor, donde la educación y los principios morales eran la base de una sociedad con empuje, con un rumbo trazado y sin prisa por alcanzar objetivos que no fueran por la vía del trabajo y del orgullo de una esencia como pueblo y nación.

Nacido en Pentecostés, municipio de Texcoco, en 1915, al año emigró la familia al Distrito Federal; corrían buenos años hasta que en trágico accidente carretero, cuando Silverio tenía sólo siete años, murió su padre. Comenzó un periodo difícil para los Pérez. Doña Asunción, la madre, murió en 1929, cuando Silverio tenía 14 años.

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Silverio Pérez

Armando, el hermano mayor cuyo nombre artístico era Carmelo, ya era torero y causaba furor en las plazas por el tremendo valor que tenía y los terrenos que pisaba; era constantemente cogido y herido por los toros. Fueron años difíciles con Carmelo regando su sangre para sacar a su familia adelante y abrirse camino en el complejo mundo del toro. Ya como matador sufrió un grave percance al recibir cinco cornadas por el toro “Michín”, de la ganadería de San Diego de los Padres. Corría el año de 1930, la convalecencia fue larga y dolorosa, Silverio la vivió y sufrió muy de cerca. Nunca por su cabeza pasó la idea de ser torero, al ver a su hermano sufrir de esa forma por buscar convertirse en figura del toreo. En 1931 tuvo Carmelo la oportunidad de viajar a España a buscar fortuna; sin estar del todo recuperado de aquel terrible percance fue operado en España sin éxito y murió con sólo 22 años, en Madrid. Un golpe durísimo para los hermanos, que sin recursos esperaban el cuerpo en México, hecho que aconteció gracias a la grandeza, bondad y torería de la familia Bienvenida, que corrió con todos los gastos para traer el cuerpo de a México.

FIGURA
NACIMIENTO: 20 de noviembre de 1915, Texcoco, Estado de México.
​MUERTE: 2 de septiembre de 2006, Texcoco, Estado de México
DEBUT: 6 de noviembre de 1938, en la Plaza de Toreo de Puebla
PRIMER TORO: "Estudiante"
​PRIMERA CORRIDA EN EL DF: 11 de diciembre de 1938 en "El Toreo" de México
CORNADA MÁS FUERTE: 13 de febrero de 1944, en la plaza México por "Zapatero"
RETIRO DEL TOREO: 1 de marzo de 1953


Narró la trágica muerte de Carmelo porque es fundamental en la vida de Silverio, quien se trasladó a Veracruz a recibir los restos, y, tras darles sepultura, su corazón sintió el enorme e irreprochable impulso de convertirse en torero. Luis Che Peláez, novillero destacado de la época y amigo de los Pérez, fue el primero en escuchar la noticia y se convirtió en el primer maestro de aquel joven que con tan sólo 16 años decidió hacerse torero.

Los inicios como torero los combinaba Silverio con el trabajo. Vendió un coche que era de Carmelo para hacerse de un camión y transportar toros de lidia, lo que le permitió estar enterado de festejos y ferias para empezar a torear. Haber sido hermano de Carmelo, cuya muerte fue un acontecimiento nacional, le abrió puertas tanto para trabajar como para torear. Alternaba Silverio grandes triunfos con tardes muy discretas, su forma de interpretar el toreo era tan natural y con tanto sentimiento que no con todos los toros podía acoplarse y expresarse, contaba con una base técnica, pero el estandarte de su toreo era el sentimiento.

Dicho por el mismo Silverio en una de las dos entrevistas que tuve la oportunidad de hacerle (ésta en 1998), fue fundamental para el despegue de su carrera como torero la paciencia que le tuvieron los empresarios; buenos taurinos aquellos hombres que al ver cómo Silverio era capaz de enloquecer a la multitud en un toro y al siguiente pasar totalmente desapercibido, lo apoyaron y programaron las veces que hiciera falta.

El miedo fue el compañero fiel de Silverio en todas sus actuaciones, sobreponerse a esta sensación fue siempre la clave para torear con sentimiento. Su toreo fue un grito de dolor, la incertidumbre de no estar seguro de poder expresar lo que su corazón dictaba con capote y muleta en mano; la fragilidad asentada en la rotundidad de anclar las zapatillas en el ruedo; quebrar la cintura para que el dorso acompañase la embestida del toro y que sea lo que Dios quiera; la naturalidad de la entrega al miedo; ceder el cuerpo al destino para actuar con el alma; enamorar la pujanza de los toros con la verdad de poner la vida en la línea de la embestida y lograr el milagro del toreo; esa emoción, la unión de dos voluntades, la de poder brutal de un animal cuya nobleza permite a la inteligencia y al valor del hombre crear el arte efímero en el tiempo pero eterno en los corazones del toreo.

Silverio fungió como padrino en la confirmación de alternativa ni más ni menos que de Manuel Rodríguez Manolete, el 9 de diciembre de 1945, época en la que la fiesta de los toros se apoderó de la vida social y cultural del país. Manolete llegó a revolucionar la fiesta; comentaba el mismo Silverio: “Manolete nos vino a poner a todos quietos, esa es la verdad; estábamos adormilados y nos sacó la casta, pues él era un torero que a todos los toros les hacía faena. Dentro del ruedo él era muy serio, fuera de él, era una castañuela”.

Había verdadera pasión por ver alternar a Manolete con los toreros mexicanos. Los nuestros supieron aprovechar el momento y se pusieron a la altura, brindando tardes históricas escritas con letras de oro en la fiesta brava mexicana.

Contaba el mismo Silverio que en aquella época al saber la gente que sería él el padrino de Manolete. Le decían: “No te rajes compadre, tú puedes”, lo que le acumuló gran presión por estar a la altura de esa memorable tarde, tan es así que días antes de la corrida visitó al notario para hacer su testamento. El día de la corrida se fue a la Villa de Guadalupe. Silverio fue un hombre muy creyente, se confesó, comulgó y se encomendó a la Virgen porque estaba dispuesto a triunfar o morir.

Se han escrito libros, la estadística es contundente, Silverio fue un grande como torero, admirado y querido por los grandes maestros como Fermín Espinosa Armillita, quien lo apoyó siempre, desde sus inicios, y que fue tan importante para Silverio, que fue el hombre que le cortó la coleta en su última tarde como matador de toros en 1953. Lorenzo Garza, Manolete, El Soldado, Balderas y tantos otros grandes toreros fueron sus amigos y rivales en el ruedo; pero la palabra “rival” no cabía en la cabeza de este gran genio, su bondad y dulzura al hablar eran sinónimos de su temple y poder con la muleta. Ver la vida como lo hacía Silverio tuvo que haber sido un privilegio.

En cada semejante un amigo, en cada toro una posibilidad de contar una historia. Su gran personalidad, basada en la bondad y en el ejercicio de los valores, le abrió todas las puertas, se las abrió el toro al entregarse en aquellos eternos trincherazos que le otorgaron el título de Monarca del Trincherazo en el popular pasodoble de Agustín Lara.

¡Qué México el de aquellos años! Glorioso, majestuoso. El cine en su esplendor, la música, la pintura, las artes en general y todas en un punto inspirándose en el toreo. Son muchas las anécdotas con Silverio, cómo no recordar la que protagonizó con Mario Moreno Cantinflas, otro gran taurino, ganadero y torero.

Durante su última incursión, ya como matador de toros en España, Silverio se vio anunciado para confirmar su alternativa en la Plaza de las Ventas de Madrid. Ya era figura en México y no estaba dispuesto a ser mangoneado por el medio taurino español, que si bien son profesionales muy serios, tampoco han puesto fácil el camino a nadie, ni lo pondrán. El caso es que al no cumplir las exigencias de Silverio con respecto al ganado, el texcocano presentó un justificante médico para no torear, argumentando un problema de doble visión.

A su regreso a México, en alguna reunión y estando departiendo con Cantinflas, se acercó un mesero con una charola y sólo una quesadilla. Al intentar los dos agarrarla, Cantinflas ganó y dijo: “Cómase usté’ la otra, total que ve doble”.

Una vez retirado de los ruedos, siguió alimentando el alma torera actuando en festivales benéficos y seguía siendo el mismo gran torero, un verdadero ídolo. Esta fama lo llevó a convertirse en servidor público, querido por la gente y respetado por todos; sirvió a su pueblo trabajando a favor de su querido Texcoco, ocupó la presidencia municipal en tres ocasiones, además de desempeñarse en distintos puestos, todos con intachable trayectoria de honradez y trabajo a favor de la gente.

Un mexicano honorable, un gran artista y un digno representante de nuestro país en la época de oro de la cultura y las artes.

Hoy, a 100 años de su nacimiento, se siguen escribiendo casas buenas de su paso por este mundo.

"SILVERIO" DE AGUSTÍN LARA