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El sedán se avería en el garage

Bayern Munich perdió en casa. Está fuera de la Champions League. Las claves del partido no fueron los delanteros, sino los guardametas. Neuer y Ter Stegen demuestran, como antes Cannavaro, y mucho más allá Baresi, que la zaga también existe.
Mauricio Mejía
12 mayo 2015 16:38 Última actualización 12 mayo 2015 16:40
Bayern Munich. (AP)

Bayern Munich. (AP)

Contra lo que se piensa, el duelo máximo del futbol actual entre el Barcelona y el Bayern no ha sido determinado en el campo abierto, en el que fue muy superior la escuadra culé. No. No han sido los nómadas los que dieron marcador a una serie de pasajes entretenidos. Fueron los sedentarios, esos que tienen domicilio fijo y código postal en la cancha: Neuer y Ter Stegen lograron que ninguna de sus porterías terminaran en un devastador sitio.

En la ida, el alemán del Munich mantuvo el asedio catalán en tres goles en contra. La ocupación pudo finalizar, sin duda, en un cinco o seis de saldo en contra. Y en el juego de esta noche, el alemán del Barsa, con tres atajadas de emblema histórico, impidió que la respuesta bávara no llegara a los niveles máximos de estrés en la segunda parte. Cuando dos equipos tan similares se tantean, hay que encontrar las diferencias en las zonas más sutiles de la geometría.

La cultura marchosa suele atribuir a los delanteros, y en menor medida a los volantes, el único valor de gracia dentro de las formaciones técnicas. Neuer y Ter Stegen demuestran, como antes Cannavaro, y mucho más allá Baresi, que la zaga también existe. La retórica simplona se empecina en la triada Messi, Suárez y Neymar que goza de cabal salud en el vestuario de Luis Enrique. Si se lo mira con más detalle, los desplantes del golero catalán fueron claves en el ritmo del ímpetu de un encuentro cargado de suspicacias. Cuando cayó el segundo tanto visitante, el Munich ventiló la profunda depresión en la que se encuentra desde que el desgaste físico mermó su plantilla. Aun así, con Schopenhauer como volante, la voluntad hacía lo necesario para solventar el pasmo. Los aciertos del guardameta, un cargado de suspenso con la pelota sobre la imaginaria, impidieron que el sedán tuviera la chispa exigida para saldar una deuda de cinco en contra. Cuando terminó la primera mitad, el Barcelona se dio cuenta que el resto era pura administración, pura burocracia.

Ajeno a su estilo, el visitante surfeó sobre las olas del descuento. De pronto, dejó al Munich a su suerte. Se salió del cuento. A Guardiola le faltó mecánica. Los amarillos le dieron la oportunidad de afinar el monoblock del sistema y levantar el arranque. Le faltaron piezas. Le sobró desgaste. Lewandowski y Müller dieron al ensayo cierta importancia, pero entre más avanzaba el Munich más se alejaba de Berlín. Absurdo, pero cierto. La voluntad individual no se convirtió nunca en espíritu de partido. La acción discurría en intentos personales de escapar del abismo.

El Barsa arriba a Berlín con la zanahoria del triplete, como cuando Guardiola. El Bayern se queda con una liga que desde hace mucho le parece poco.