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culturas

El rockero apasionado
de Revueltas y Mahler 

Enrique Diemecke recuerda sus años juveniles en los que se aventuró a conquistar Guanajuato y cuyos afectos musicales están puestos en Gustav Mahler, Silvestre Revueltas y Carlos Chávez.
Rosario Reyes
22 agosto 2017 23:39 Última actualización 23 agosto 2017 5:0
director

(Especial)

En su grupo adolescente Los siete magníficos, el joven Enrique Arturo Diemecke tocaba el violín, la trompeta y cantaba. Después, a los veintitantos, la banda se enroló en el campo del rock y sus ídolos.

“Estaban los Beatles, los Rolling Stones, a los que yo escuchaba y de los que aprendí la dinámica del espectáculo que después apliqué en mi relación con el público”, cuenta este director, quien recién terminó su ciclo con la Orquesta Sinfónica del Instituto Politécnico Nacional.

“Incursioné en ese terreno porque tenía que trabajar para ayudar en casa con un poco de dinero”, relata. Entonces Diemecke y su familia vivían en Guanajuato, ciudad en la que nació su madre y a la que arribó su padre procedente de Alemania.

Para este hombre (nacido en 1955 en la Ciudad de México), la música es una forma de enriquecimiento intelectual y espiritual.

El actual director del Teatro Colón formó parte de otro grupo de rock, junto a Pablo, Edna y Carolina. Se llamaba Los hermanos Diemecke y adaptaba a ese género obras de Beethoven, Strauss, Brahms y Revueltas.

Estaban los Beatles, los Rolling Stones,
a los que yo escuchaba y de los que aprendí la dinámica del espectáculo que después apliqué en mi relación con el público”


“Presentábamos la música clásica de una forma distinta; con arreglos que yo hacía para violines, pianos y batería; contrabajo o bajo eléctrico”, recuerda el músico.

Emilio, su padre, fue un sobresaliente violonchelista, y Carmen, su madre, era maestra de piano en la capital del estado. Los hijos, de alguna manera, aprovecharían esas carreras para enriquecer la vida nocturna de una de las ciudades más culturales de la República Mexicana. “El grupo iba muy bien, pero sinceramente no era mi ambiente”, advierte el director.

Todos abandonaron el rock para seguir la vocación que les inculcaron sus padres. “No sabíamos -exclama- que existía otra cosa, creíamos que todos los niños jugaban así, tocando música”. En su casa, los días empezaban y terminaban con música. De las seis a las tres de la mañana. Dormían poco y, con frecuencia, soñaban con notas musicales.

Ha vivido por y para la música. Enrique Arturo es el único director de la familia. Una carrera que demanda estudio y dedicación, a la que se consagró luego de su experiencia como intérprete en una orquesta sinfónica, donde tocaba el violín, el corno francés y las percusiones.
Quiso ser director gracias a Mahler, su compositor favorito. Lo descubrió como instrumentista. En sus notas encontró algo grandioso, asegura.

“Además de la parte cerebral que tiene como un compositor completo, Mahler me ayudó al entendimiento de la música a un alto nivel: técnico y emocional. Era un visionario de lo que es una orquesta, con el punto de vista totalmente del director: toma la orquesta como un instrumento virtuoso y lo va guiando con todas las exigencias técnicas que requiere”.
El compositor austrohúngaro, quien era también director de ópera, entendía perfectamente la lírica y el drama, advierte Diemecke.

“Por eso me atraen sus obras, que si bien no son óperas en el sentido de la ópera escenificada, tienen un sentir operático muy importante, narran sentimientos. Cada compás me hace vibrar, me hace soñar, vivir”.

Los compositores mexicanos Carlos Chávez y Silvestre Revueltas son, en sus afectos musicales, equiparables a Mahler. A pesar de que considera que son casi opuestos porque uno es el cerebro (Chávez) y el otro la emotividad, para él representan el carácter de lo mexicano.

“Chávez es la pulcritud de la composición. Revueltas descubrió el sentir del pueblo, de la gente que gusta manifestarse abierta y apasionadamente. Describe al México de los años 30 y rescató al mexicano del campo”, explica.

Enrique Arturo Diemecke tiene un arraigo por este país, pero la mayor parte del tiempo está fuera. Ya sea como titular o invitado de numerosas agrupaciones internacionales, tiene distintas residencias, por lo que, reconoce, está acostumbrado a vivir en un ambiente sin fronteras.

Su propio origen multicultural tiene algo de la dinámica de las orquestas en el mundo. Como emigrante, su padre contribuyó a la formación de agrupaciones en México con músicos extranjeros. “Era frecuente carecer de los instrumentistas que conforman una orquesta sinfónica. Se requerían músicos que tocaran violín, viola, chelo, contrabajo, flauta, clarinete, oboe, fagot, que eran difíciles de conseguir, incluso los instrumentos. Entonces había que entrenar a la gente y traer desde afuera maestros especializados”.

Tras la caída del muro de Berlín, esa multiculturalidad se incrementó. “Empezaron a salir muchos instrumentistas de ese lado europeo, músicos muy entrenados, con una disciplina férrea. Es algo que sucedió en Estados Unidos por las guerras; muchos músicos europeos conformaban las grandes orquestas estadounidenses y llegaban con la idea de conseguir un lugar donde vivir, seguir desarrollándose como artistas y formar familias”.

Así que él no siente extranjero en ningún lugar. Ha aprendido de la idiosincrasia de cada país en el que ha estado frente a una orquesta. “Según donde está localizada, si es una ciudad grande, el comportamiento de los músicos va a ser de prisa.

En cambio, cuando está uno en provincia –es igual en todos los países- es más calmado. Las dos me gustan, crecí en Guanajuato, pero también viví en Monterrey, una ciudad industrial, progresista, y luego en Jalapa, donde convivían muchas formas de pensar. Pero me siento atraído por la Ciudad de México, de dimensiones impactantes, me fascinan su energía y su vitalidad”, concluye quien estuvo al frente de la Sinfónica Nacional durante 16 años, y aún escucha rock.