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El payaso y la risa, maquillaje de un nuevo barroco

El payaso, "ese transgresor que triunfa siempre", le ha salvado la vida a Rolando Villazón. Lleva en la entraña a ese héroe enrevesado que, en medio de la tragedia, burla al destino, porque su lógica es sólo suya y no la del mundo.
María Eugenia Sevilla
10 abril 2017 21:13 Última actualización 11 abril 2017 5:0
Tras aquella crisis vocal que hace ocho años partió su carrera operística en dos, rió. Y se reinventó. (Especial)

Tras aquella crisis vocal que hace ocho años partió su carrera operística en dos, rió. Y se reinventó. (Especial)

Más de una vez, el payaso, “ese transgresor que triunfa siempre”, le ha salvado la vida a Rolando Villazón. Lleva en la entraña a ese héroe enrevesado que, en medio de la tragedia, burla al destino, porque su lógica es sólo suya y no la del mundo, al que desafía con su naturaleza absurda.

“Cuando a un payaso se le desarma una silla o un piano y se le empieza a destruir, nos reímos y nos maravilla pensar que este ser continúe a perseguir su objetivo en una situación que, en nuestra lógica, nos hubiera hecho ya salir corriendo de ahí o dejarlo que se destruya él solo. Pero el payaso continúa buscando cómo resolver su situación… Y casi siempre triunfa, ¿no?”, dijo en una ocasión.

Se refería a sí mismo. Tras aquella crisis vocal que hace ocho años partió su carrera operística en dos, rió. Y se reinventó.

El animal escénico que surgió con él y que en cosa de cinco años conquistó las cimas del mundo operístico volvió a la cueva. Se refugió en los libros, acudió –como siempre- a la filosofía (Richard Dawkins), a la que de joven pensó dedicarse, antes de decantarse por el canto. El artista se sobrepuso a su obra.

Como pocos de su tiempo y de su gremio, Villazón habita el espíritu del barroco. Cambió de sitio: ocupó la silla de director en las entrepiernas del teatro, desenfundó la pluma, dosificó su pasos sobre las tablas y su presencia ante las cámaras que tanto impulsaron su meteórico ascenso; también se alejó de Verdi y de Puccini, y se calzó zapatillas ligeras para andar por los andamios de Mozart, el belcanto y, otra vez, el barroco.