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Gabriel Orozco: el empleado del mes

La crítica a la obra de Gabriel Orozco sostiene que el artista no se burla de las condiciones del mercado; es dócil, afirma el crítico de arte Sergio R. Blanco. "No podemos soslayar que esta reflexión sobre el mercado del arte proviene del artista más mainstream, en la galería más mainstream".
María Eugenia Sevilla
20 febrero 2017 22:14 Última actualización 22 febrero 2017 13:59
Casi todos los que entran en el Oxxo que Gabriel Orozco montó en la galería Kurimanzutto entran en el juego de la obra. (Braulio Tenorio)

Casi todos los que entran en el Oxxo que Gabriel Orozco montó en la galería Kurimanzutto entran en el juego de la obra. (Braulio Tenorio)

¿Y puedo llevar éste?, pregunta un hombre al dependiente de la tienda, frente a un galón de agua Ciel. “Lo que guste, menos cigarros, alcohol, electrónicos y los artículos que tengan calcomanía”. El hombre camina a la caja e intercambia su oroxxo, un billete diseñado por Gabriel Orozco, que porta en el centro la “marca” del artista: un diseño de líneas y círculos (en azul, dorado, rojo y blanco) que montó en diversos porductos de la tienda. El hombre, botellón en brazos, sale sonriente del lugar.

Casi todos los que entran en el Oxxo que Gabriel Orozco (Xalapa, 1962) montó en la galería Kurimanzutto entran en el juego de la obra. El “papel moneda” (mitad peso, mitad dólar) elaborado por el artista mexicano vivo más cotizado del mundo no tiene, para nadie, mayor valor que una Coca-Cola, unos chicles, un chocolate.

Una mujer de unos 30 años, con la mano en la barbilla observa unos Pingüinos Marinela, con la postura de instrospección, de análisis estético que suelen adoptar los visitantes a los grandes museos del mundo; se pensaría que está ante un Pollock o un Clemente Orozco en Bellas Artes o el Munal. El logo de Gabriel Orozco aparece únicamente en uno de los Pingüinos de la serie. Y así con el resto de las mercancías. Ella busca el twist sutil de la instalación. Femsa compartió con Kurimanzutto el Protocolo de las 14 mil tiendas que despachan en México.

La visión del artista y el espacio de la galería elevan la chuchería al estatuto de arte. ¿O será al revés? Si el arte es sólo mercancía, como plantea esta instalación, estas obras son “chácharas” para los privilegiados que pueden pagar un precio de salida de 15 mil dólares por pieza.

¿IRONÍA O CINISMO?
Al presentar su instalación en Kurimanzutto, Orozco dijo que se trata de un comentario “irónico” sobre el funcionamiento del mercado del arte, a cuya hegemonía él mismo y su galería pertenecen.

Un mecanismo comercial en cuya opacidad se dan las pautas que rigen al arte actual: la especulación y un coleccionismo que, como observa el historiador de la cultura francés Marc Fumaroli (en entrevista con Daniel Gascón, Letras Libres de mayo de 2013), proviene en buena medida de una nueva y creciente clase de millonarios y multimillonarios, la mayoría poco cultivados, que viven en lo inmediato y representan una cultura de la avaricia. Incluso del lavado de dinero. Un universo donde el arte depende cada vez menos del Estado que de patrocinios privados que buscan impulsar la inversión económica más que la propuesta del artista por su discurso.

Para el crítico de arte Sergio Rodríguez Blanco esta obra -que ha tenido un fuerte impacto mediático-, lejos de criticar el mercado es dócil con él. “No es transgresora, no arriesga; es una pieza más bien viral”.

El autor de Palimpsestos mexicanos se pregunta por la pertinencia de un comentario condescendiente con el establishment, cuando su autor, una luminaria en la cúspide de la hegemonía institucional del arte en México, tiene en sus manos la posibilidad de cuestionar las dinámicas del mercado que han minado buena parte de la escena, al alimentar el establecimiento de fórmulas que los artistas repiten en pos del éxito.

“Hay en cambio artistas como Santiago Sierra, que han trabajado con ironía sobre estas problemáticas del mercado, pero con una reflexión social”, observa el profesor de la Universidad Iberoamericana.

ARTE DE CONVENIENCIA
Gabriel Orozco se monta en Andy Warhol. Ya lo dijo Fumaroli al referirse a la irrupción en los años 60 del pop art, que dio el tiro de gracia a la destrucción creativa anunciada medio siglo antes por Marcel Duchamp, cuando presentó, hace 100 años, aquel mingitorio que partió la historia del arte en dos: “Como por ‘encanto’, las galerías se transformaron en gigantes supermercados, los bienes vendidos en supermercados se volvieron costosas obras de arte y el ‘Arte’ se convirtió en un departamento para los muy ricos en el democrático arte de ir de compras”.

Un mercado que, según cifras de 2014 de The European Fine Art Foundation, mueve transacciones por un valor de 47.4 billones de euros al año, y que atraviesa por una burbuja especulativa que nunca antes había registrado precios tan elevados como en el último lustro. Las mayores ventas involucran a creadores del siglo XX.

Después de la crisis de Lehman-Brothers en 2008, el arte se ha fortalecido como un bien de inversión porque, ente otras cosas, no depende de los vaivenes bursátiles, explica Carmen Reviriego en su libro sobre el mercado, El laberinto del arte.

También el gusto se ha modificado en virtud de las dinámicas de los circuitos hegemónicos del arte y ha sido sustituido por las recomendaciones de intermediarios y el interés por la ganancia llana. “El precio de la obra se transforma en su función”, sentencia Robert Hughes, el crítico de arte de la revista Time,en el documental La maldición de la Monalisa.

LA PREGUNTA INCÓMODA
“No podemos soslayar que (en el caso del Oxxo), esta reflexión sobre mercado del arte proviene del artista más mainsteam, en la galería más mainstream, cuando la embestida del mercado ha puesto en riesgo a artistas y proyectos que habían sido autónomos. Y además pagada por la marca más mainstream, una empresa que extiende su mercado sacrificando tiendas (de la esquina)”, advierte Rodríguez Blanco. “¿Cómo se atreven a criticar el mercado desde ahí? Esa es una pregunta incómoda que hay que hacerle a la pieza. ¿Cómo criticar al mercado desde Oxxo, desde Maco, desde Kurimanzutto, desde Gabriel Orozco?”.

El artista Javier Pulido (administador de la página satírica de Facebook Kurizambutto, que ha sido censurada en diversas ocasiones por los abogados de la Kurimanzutto), considera que Orozco muestra, con esta pieza, un agotamiento de su obra. “Me parece que la planeó como una campaña publicitaria para el contorno comercial de Zona Maco”.

“El arte contemporáneo son los Nuevos Viejos Maestros. Eso es porque ya no hay más Viejos Maestros que los marchantes y las casas de subastas puedan vender. Todos están en los museos”, dice Simon de Pury en El subastador.

La instalación que Gabriel Orozco eligió para retornar a México en el contexto de una feria de arte, es el arte de un tiempo, una civilización que, diría Karl Kraus, “después de haber alumbrado los más altos valores humanos, los ha sacrificado en el altar de la técnica y la ganancia”.

Dice Orozco en sus Cuadernos de trabajo que el arte verdaderamente nuevo decepciona, porque no puede haber público para un arte que antes no existía.