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cultura

El Oxford English Dictionary se renueva

En los primeros días del diccionario, la mayoría de las citas provenían de textos literarios. Sin embargo, el contenido actual es muchísimo más incluyente, ya que registra publicaciones hasta de blogs y tuits.
New York Times News Service
31 enero 2014 21:20 Última actualización 02 febrero 2014 11:25
Michael Proffitt

'Mi idea sobre estos textos es que ya les llegó su hora, en cierto sentido', considera Michael Proffitt, responsable del Diccionario Oxford de la Lengua Inglesa. (NYT)

OXFORD, Inglaterra – Compilar un diccionario de casi cada palabra en el idioma inglés fue una labor de la época victoriana, con todo y caballeros de barba blanca, máxima confianza, y un ritmo lento y pesado de forma encantadora. Después de un cuarto de siglo, surgió la primera entrega en 1884. ¿Su contenido? “De la A a Ant.”.

En nuestra propia era de impaciencia, el Diccionario Oxford de la Lengua Inglesa (OED, por sus siglas en inglés) va hacia su tercera edición en mecanografía al tacto, con 619 mil palabras definidas hasta la fecha, actualizaciones en línea cada tres meses y un torrente permanente de datos digitales para revisar.

Hoy las barbas encanecidas son escasas en su oficina sin paredes interiores, solo editores serios con el entrecejo fruncido frente a pantallas planas, que susurran ocasionalmente a sus vecinos. Son muchas las palabras que hay, pero pocas las que se dicen en voz alta.

El silencio aparte, el cambio está en marcha en el OED. Por primera vez en 20 años, el venerable diccionario tiene un nuevo editor en jefe, Michael Proffitt, quien asume la responsabilidad de retener las cacareadas tradiciones, mientras asegura la relevancia en una era de definiciones que se buscan en Google y de nuevas formas de escribir textos para chatear.

En su primera entrevista desde que tomó posesión del cargo en noviembre, Proffitt – un hombre pulcro, con 48 años, de traje y corbata, quien ha definido, investigado y administrado en el OED desde 1989 – fue respetuoso de las viejas costumbres, pero estuvo igualmente preparado para reconsiderar al diccionario, caracterizándolo menos como pesados volúmenes de tiempos antiguos y más como un tesoro de datos invaluables.

Mi idea sobre los diccionarios es que ya les llegó su hora, en cierto sentido”, dijo. “La gente necesita filtros mucho más que en el pasado”.

“Por más que me adhiero a la reputación pública del OED”, comentó, “quiero prueba de que es valioso para las personas en términos de uso práctico”.

Proffitt defiende los enlaces a entradas del OED en la literatura digitalizadas; quiere que los estudiantes, cuya distinción entre “diccionario” y “búsqueda en la red” está cada vez más borrosa, lo usen más; también está dispuesto a licenciar datos del OED a otras compañías.

El OED se ha destacado, en parte, por las definiciones acreditadas, pero, principalmente, por sus citas históricas inigualables, que rastrean el uso a lo largo del tiempo. La primera edición, propuesta en 1858 cuya terminación se esperaba en 10 años, se concluyó solo 70 años después, en 1928. La segunda edición salió en 1989, con una extensión de 21 mil 730 páginas. El trabajo para la tercera comenzó en 1994, con la esperanza de concluirla en 2005. Eso estuvo ligeramente equivocado, por unos 32 años, según la actual especulación para 2037.

Sin embargo, a pesar de todo el admirable rigor en el OED, es probable que hoy se lo venere más de lo que se usa. Parte del problema es el precio. Un ejemplar de la segunda edición en 20 volúmenes cuesta 995 dólares, y una suscripción digital por un año está en 295 dólares, una venta difícil cuando hay tantas herramientas gratuitas para la investigación en línea.

(La editorial Oxford University Press sí ofrece gratis un primo del OED menos extenso en línea, bajo el confusamente similar título de Diccionarios Oxford.)

Si bien el OED sobrevivió a la turbulencia de Internet que devastó a otras obras de referencia, todavía tiene que capitalizar por completo el potencial del público en línea. Proffitt está ansioso por hacerlo, quizá con precios más bajos, desde luego que con modificaciones al sitio web y menos definiciones sosas.

“Muchos de los principios iniciales del OED siguen firmes, pero el cómo se manifiestan tiene que cambiar, y la forma en la que llega a la gente tiene que cambiar”, señaló Proffitt, quien habla con un ligero acento escocés y el hábito del lexicógrafo de cualificar su discurso con subtítulos, referencias históricas o significados alternos. No obstante, no es precisamente el erudito de antaño, vestido de “tweed”, que hace referencia, con satisfacción, a haber redactado la entrada para “phat” (“a. De una persona, esp. una mujer: sexi, atractiva. b. Esp. de la música: excelente, admirable; de moda, 'genial’”).

Criado en Edimburgo, Escocia, Proffitt se mudó al sur para asistir a la Universidad de Oxford, donde estudió lengua y literatura inglesa. Después de graduarse, pasó de un empleo a otro durante un rato, luego detectó un anuncio en un periódico: había contrataciones en el OED. Los editores que lo cuestionaron en la entrevista de trabajo confesaron después que no esperaban que se quedara mucho tiempo.

A pesar de todo lo que se habla de la tecnología, persisten algunas formas analógicas en el diccionario, notablemente en la sala de citas, un almacén de menciones de palaras en papelitos, muchos que voluntarios de todo el mundo enviaron por correo décadas atrás, los más prolíferos de los cuales están identificados por su caligrafía distintiva y a los que los editores se refieren afectuosamente así: “Ese es un Laski” o “Este es de Collier en Australia”.

En el siglo XIX, el principal obstáculo para redactar este diccionario, como se tenía pensado, de “cada palabra que se encuentra en la literatura del lenguaje que profesa ilustrar” era rastrear las citas adecuadas, ocultas, como estaban, en una miríada de volúmenes polvosos. Hoy, el personal editorial de unas 70 personas – con acceso a extensos archivos digitales – lidian con el problema opuesto: demasiada información.

“Podemos escuchar todo lo ha estado sucediendo en el mundo del inglés en los últimos 500 años, y es ensordecedor”, comentó el editor adjunto Peter Gilliver, quien alguna vez pasó nueve meses revisando definiciones para la palabra “correr”, actualmente la única entrada más larga en el OED.

La mayoría de las citas provenían de textos literarios en los primeros días del diccionario. Sin embargo, el texto actual es muchísimo más incluyente, con publicaciones de blogs y tuits, citas de lápidas, una inscripción en un anuario de bachillerato. El objetivo es encontrar los usos más antiguos y más ilustrativos de una palabra y no el de darle la bendición por ser “inglés correcto”.

Cada vez que comentaristas reprochan al OED que admita los modismos de los adolescentes o la jerga del márquetin, entienden mal al diccionario, que se orienta no a definir cómo se debería usar el idioma, sino cómo se usa.

Simon Winchester, el autor de dos libros sobre el OED, incluido el de grandes ventas, de 1998, “The Professor and the Madman”, expresó sentimientos encontrados sobre el diccionario que se digitaliza rápidamente. Espera, por ejemplo, que la tercera edición salga impresa algún día, aunque admitió que actualmente solo consulta la versión en línea.

“Para mí, no quiero la alegría del OED y la autoridad que tiene para que, de alguna forma, lo rebasen las capacidades de búsqueda, los motores de búsqueda y así sucesivamente”, notó.

Es probable que Proffitt, al encargarse del registro más apreciado del idioma más mundial, se enfrente a las críticas de cualquier forma que actúe. Algunos se quejarán si hace cambios, otros si se resiste a ellos. Sin embargo, años de trabajar con palabras – cambios en los significados, mayor extensión en ellos, desaparición total de palabras, nuevas acuñaciones – ofrecieron una perspectiva particular.

“Hace que seas, hablando en general, más tolerante o más calmado o más plácido”, dijo y se apresuró a agregar: “No sé si esas palabras son apropiadas. Pero es frecuente que ver el contexto histórico te persuada de que lo que parecía ser una regla inflexible, no lo es. Y, parecido a la forma en la que cambia el idioma, cambian sus usos. Entre más flexible sea la gente en cuanto al uso del idioma, entonces, probablemente, prosperen más”.