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CULTURAS

El ojo huraño de Emmanuel Lubezki

Conoce un poco más acerca de la vida del fotógrafo mexicano que está a punto de hacer historia en Hollywood. Este domingo podría ganar su tercer Oscar consecutivo. En el fondo, Lubezki es un hombre tímido, que trata de alejarse de la vida publica. 
Eduardo Bautista
25 febrero 2016 22:9 Última actualización 26 febrero 2016 5:0
Emmanuel Lubezki, uno de los mejores fotógrafos del mundo. (Archivo)

Emmanuel Lubezki, uno de los mejores fotógrafos del mundo. (Archivo)

El maestro de la luz prefiere caminar entre sombras.

Pese a ser una de las figuras a seguir en esta entrega 88 de los Premios Oscar, Emmanuel Lubezki se mantiene alejado de los reflectores. Es tímido desde pequeño, cuando vivía en un departamento rentado de la colonia Del Carmen, en Coyoacán.

Así lo recuerda su hermano Alejandro.

“Emmanuel es una de esas personas que, si llegan a una mesa y no conocen a nadie, prefiere quedarse callado. Se tarda en arrancar una conversación”, dice el también director de cine. Y es que El Chivo –como lo llaman sus amigos desde la infancia– se comunica mejor con imágenes que con palabras, coincide Mario Luna, su ex profesor de fotografía en el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos (CUEC) de la UNAM. 

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Lubezki CUEC

“Era un gran estudiante, inquieto y entusiasta como muchos de su generación, quizás la primera que llegó al CUEC con una preparación visual respetable. Era muy propositivo y arriesgado. Sabía desde entonces que la verdadera formación del fotógrafo se da afuera, en la vida y en el trabajo”, refiere el maestro.

Alejandro no recuerda exactamente cuándo fue que su hermano se enganchó con el cine.

Quizá sucedió –dice– cuando vieron juntos los dibujos animados o las producciones épicas de Hollywood. O a lo mejor cuando comenzaron
a interesarse por el trabajo de Los Hermanos Marx y Woody Allen, cuyas películas veían en la vieja Cineteca Nacional.

SANGRE DE ARTISTA

La familia Lubezki ha estado ligada al arte desde hace muchos años. Su abuela Pola tenía el sueño de ser actriz y triunfar en Hollywood desde que era una adolescente. Sin embargo, tuvo que escapar de su natal Polonia a causa de la persecución nazi a las comunidades judías. Primero emigró a Rusia y luego a China, pero la vida no le sonrió. Después llegó a México, donde conoció a Max Lubezki, un inmigrante lituano que actuaba en una modesta compañía de teatro idish de la Ciudad de México. Ahí, quizás arriba del escenario, se conocieron los abuelos de Emmanuel.

Casualmente, Lubezki ha participado en cuatro películas que abordan el tema de la migración desde diferentes ángulos: El nuevo mundo (2005), Niños del hombre (2006) y El Renacido (2015), por la cual está nominado a un Oscar por octava ocasión. Si se lo lleva este domingo, se convertirá en el primer fotógrafo en ganar tres estatuillas doradas de manera consecutiva.

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Emmanuel Lubezki
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Emmanuel Lubezki

“La vida fue expulsando a mis abuelos de donde quiera que llegaran. Los sueños de Hollywood de mi abuela eran como los deseos de cualquier niño que va al cine y ve a sus estrellas favoritas”, comenta Alejandro.

Con 51 años, Emmanuel es el más grande de tres hermanos: Alejandro (1966) y Pola (1970). Él se dedica al cine y ella es diseñadora industrial. Sus padres se llaman Muni Lubezki y Raquel Morgenstern. Ninguno de ellos imaginó que su hijo se convertiría en uno de los mejores cinematógrafos del mundo.

“Primero cursó materias de historia y filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Pero de pronto un día llegó y nos dijo que estaba inscrito en el CUEC. Todos lo apoyamos. Éramos una familia de clase media común, con esperanzas”, comparte el también cineasta.

EL ROCKERO AMURALLADO

Obtener información acerca de su vida es una tarea complicada. Ni siquiera hay fechas exactas de su nacimiento. Él mismo se ha encargado de mantener un anonimato impenetrable, del que sólo sale para dar conferencias de prensa o declaraciones escuetas. Hay textos en la web que afirman que dirigió el videoclip de La Negra Tomasa, de Caifanes; su hermano Alejandro confirma esta versión (aunque Alejandro Marcovich, guitarrista de la banda, la niega: “que yo recuerde, él no filmó ningún video del grupo”).


“No es un hombre que disfrute la fama. Dice que él no trabaja para eso. No le gustan las entrevistas. Muchos periodistas me llaman para que les organice una charla. Antes intentaba convencerlo con correos, pero siempre era la misma respuesta: no”, explica Alejandro.

Lo que sí es cierto es que el también productor es un obsesivo del rock, asegura su amigo, el cineasta Juan Carlos Rulfo, quien lo recuerda caminando en los pasillos del Centro Activo Freire cantando canciones de los Beatles y Les Luthiers con una voz muy aguda. El mote de Chivo, por su cabello rizado y su delgadez, ya lo traía desde antes de ingresar a ese colegio, en donde cursó la secundaria y la preparatoria.

“Era una escuela muy particular a la que asistían los hijos de muchos inmigrantes intelectuales. Los padres de familia eran escritores, filósofos, artistas… Y lo que más recuerdo de Emmanuel es que, pese a toda esa solemnidad, él siempre fue irreverente y juguetón. Cuando jugábamos futbol y estábamos a punto de anotar gol, El Chivo volaba el balón a propósito y se echaba a reír. Nunca fue un gran deportista, pero eso sí: le apasionaba el rock”, recuerda el documentalista.

Alejandro cuenta que es imposible enlistar a los músicos favoritos de su hermano, aunque sabe que Led Zeppelin y Frank Zappa tienen un lugar privilegiado. “También le gusta el jazz, Bach y Mozart. Siempre se compra discos de lo mismo, pero en diferentes versiones. Antes, en los 90, los viajes de Emmanuel a Estados Unidos eran cortos. Poco a poco se fue quedando más tiempo. Pero cuando en verdad supimos que se iba a quedar allá, fue cuando nos pidió que le enviáramos todos sus álbumes”.

Tal era la pasión del fotógrafo por el rock que incluso fue bajista de una banda llamada Las Aves de Rapiña, que ofrecía tocadas en el colegio con canciones propias y covers. Rulfo recuerda que a Hey Jude siempre le cambiaban la letra para burlarse de una profesora llamada Sara. “Emmanuel siempre fue lo más alejado a un muchacho aplicado”, asegura.

El domingo puede ser un día histórico del cine de Hollywood para Emmanuel Lubezki, la mirada que ve y no quiere ser mirada. 

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Emmanuel Lubezki