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CULTURAS

El ojo de un reportero muerto

Un testimonio habla sobre una cara que pocos conocen del fotoperiodista Rubén Espinosa, quien fue asesinado en un departamento de la Narvarte. Al joven le gustaba tomar fotografías de lugares y personas cotidianas; era un hombre sencillo. 
Redacción
06 agosto 2015 22:7 Última actualización 07 agosto 2015 5:0
Rubén Espinosa

Rubén Espinosa

Cuentan que Rubén Espinosa era curioso, observador e inquieto; no le gustaba estar encerrado, prefería estar en la calle, caminar y encontrar historias hasta en los detalles más íntimos de la ciudad, una mancha en el suelo, una grieta en la pared, las sombras. Su mirada permanece en las mil 410 fotos capturadas con su celular, publicadas en su cuenta de Instagram espinosafoto.

La cuenta abierta hace poco más de dos años fue inaugurada con una foto en la que dos clips, uno rojo y otro morado, yacen colgados en un tendedero, da la impresión de que se abrazan. Todo a su alrededor tenía algo que decirle.

El fotoperiodista plasmó su mirada y andar por las calles de Xalapa, donde radicó durante siete años, y la Ciudad de México, donde nació y pasó los últimos dos meses de su vida, hasta morir asesinado con otras cuatro mujeres en un departamento de la Narvarte. Un multihomicidio que ha conmocionado a la ciudad.

“Le gustaba retratar a la gente en un ambiente cotidiano, él decía que se sentía encerrado trabajando en algún lugar en el que tuviera que cumplir un horario, él prefería estar al 100 por ciento en la calle, era donde pertenecía y donde podía tomar más elementos para fotografiar”, platica uno de sus amigos de Xalapa, quien ha pedido no revelar su nombre.

Agrega que Rubén se vinculaba con los actores de las fotografías. Platicaba con el vendedor, algún vagabundo, para tener el sentido humano antes de robarle una fotografía. Las expresiones al momento de retratar eran muy importantes para él.

De los colores saturados, en las últimas semanas captó la Ciudad de México y sus claroscuros, predomina el blanco y negro, jugó con la luz, la oscuridad y las sombras ambulantes que lo rodeaban.

Otro de sus colegas fotoreporteros recuerda que cuando Rubén regresó hace dos meses estaba maravillado con su ciudad, su urbanidad y sus personajes; escenas que encontraba en Xalapa.

“Le gustaba disparar en blanco y negro, hacer contrastes; se fijaba en los cambios de luz, siempre buscaba la imagen precisa , sentía que la sensibilidad del fotógrafo era reconocer esos estados de luz”, cuenta.

Lo mismo podía capturar la plancha del Zócalo durante una manifestación que durante un día cotidiano. La bandera ondeando entre burbujas de jabón o a una familia paseando felizmente por la plancha.
La permanencia de sus imágenes en Instagram permite acercarse un poco más a él, a su gata Alicia y, sobre todo, a su perro Cosmos, un cocker spaniel color miel con el que le gustaba jugar a la pelota. En una de las fotos decía que a Cosmos le encantaba la lente de su papá; ser fotografiado por él.

A “Rubencillo”, como él se nombraba en algunas fotos, le gustaba fotografiar su sombra y su reflejo en los aparadores, puertas de vidrio o en el agua estancada en el suelo. En uno de sus reflejos bajo la lluvia escribió: “Después de la tormenta siempre quedan espejos, recuerdos... la calma tarda muchos más”.

Su sombra es una constante. Hace 10 semanas, antes de regresar al DF, volvió a jugar con ella. En la imagen mezcla su sombra con unas manchas en el suelo, parece que tiene alas. El fotógrafo la tituló “San Rubencillo arcángel”.