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El maestro del averno

Jorge Correa ha pasado los últimos 38 años entre prisiones. Su misión, enseñar la esencia del teatro a los reclusos. "Ellos tienen vivencias que William Shakespeare y todos los trágicos del mundo se quedan pequeñitos", sostiene.
Rosario Reyes
29 febrero 2016 0:21 Última actualización 29 febrero 2016 5:0
La primera vez que estuvo encerrado fue a los 17 años. Lo detuvieron por repartir propaganda estudiantil en 1968. (Braulio Tenorio)

La primera vez que estuvo encerrado fue a los 17 años. Lo detuvieron por repartir propaganda estudiantil en 1968. (Braulio Tenorio)

Jorge Correa ha descendido al infierno. Así llama él al lugar del que entra y sale por gusto: la cárcel. Es un actor que dejó la carrera cuando apenas comenzaba, en 1975. Los estragos de una parranda le impidieron dar una función y -cuenta- Héctor Azar, el productor, lo vetó. Lo llamó “criminal teatral”. De alguna forma, sus palabras fueron proféticas.

La primera vez que estuvo encerrado fue a los 17 años. Lo detuvieron por repartir propaganda estudiantil en 1968. Pero nunca más ha sido detenido. Tampoco abandonó la escena; por el contrario, se convirtió en un maestro dedicado a enseñar la esencia del teatro.

Sus alumnos son, desde hace 38 años, algunos de los delincuentes más peligrosos del país. Reclusos de los Centros Federales de Readaptación Social. Él prefiere describirlos como “elementos connotados de maldad”.

Para ellos creó un sistema de actuación en el que nunca tendrán más auditorio que sus compañeros. Ocasionalmente trabajarán con sus enemigos. Y volverán a humanizarse a través del teatro.

“Se supone que en la prisión está lo peor, lo separado de la sociedad para que no haga daño; pero no todos son culpables, estoy segurísimo”. Así como está convencido de que el teatro es una manera única de reinserción. Él es la prueba. Ha purgado durante todos estos años su culpa por aquella afrenta al “zar del teatro en México”, como llama al fallecido Héctor Azar, quien fundó el Centro de Arte Dramático, Cadac, en 1975.

“No es que tenga grandes culpas o vicios, pero sí siento que estoy reivindicándome de mis errores de juventud”, reconoce. “Todos estamos en riesgo de tener una situación adversa”.

Así le gusta vivir su vida. Un bajo sueldo, carreteras y hoteles de todo el país y un encierro voluntario para lograr, entre criminales, la sublimación del teatro.

Cuenta Jorge Correa que por su amistad con el criminalista Juan Pablo de Tavira, fue bibliotecario del Instituto de Formación Profesional de la Procuraduría del Distrito Federal. Fascinado por los misterios de la mente criminal, comenzó a darle forma al Sistema Teatral de Adaptación y Asistencia Preventiva, que aplica en los Ceferesos del país desde 1978, y cuyo manual, junto con una biografía, se publicarán próximamente bajo el sello Plataforma Contemporánea.

Ahora tiene el proyecto de crear una Compañía Nacional de Teatro Penitenciario con exreos que trabajen en la prevención del delito, y realiza montajes de escenas sacadas de las historias reales de los convictos, con quienes previamente estudia a los clásicos.

“Ellos tienen vivencias que William Shakespeare y todos los trágicos del mundo se quedan pequeñitos. Han destazado gente, han envenenado un país, o son gente de cuello blanco que ha abusado del poder”.
Uno de sus alumnos fue Joaquín El Chapo Guzmán, a quien hace 12 años le dio el siguiente parlamento: “Venimos y os aseguro que se efectuará la apuesta. Entremos, pues”. Un fragmento de Don Juan Tenorio que el narcotraficante memorizó, aunque, a pesar del empeño de mentor y discípulo, éste no pudo decirlo con un tono “españolizado”, sino en un recio norteño.

AMOR LIBRE
La de Jorge Correa es una mirada que no empaña el prejuicio. Tan es así que encontró el amor allá adentro. Una mujer que a su vez era maestra en la prisión, pero también fue convicta.

En febrero de 2004, recuerda Rosita, Jorge Correa llegó a su vida. Ella participó en un taller de teatro en el Reclusorio Oriente, donde había purgado 11 años de sentencia por narcotráfico. Estaba a punto de salir, convertida en una mujer distinta a la joven que ingresó, procedente de Guerrero, sin saber leer ni escribir y apenas hablando un poco de español. En la cárcel cursó hasta la preparatoria y tiempo después de estar en libertad, fue contratada como profesora de literatura de un proyecto de los reclusorios.

Desde 2014 ambos están al frente del programa Liberarte, que tuvo su presentación en el cierre del Festival Cervantino de aquel año, con la proyección de Hamlet, de William Shakespeare. La grabación de la puesta marcó un hito en las prisiones de alta seguridad, pues por primera vez entró al Cefereso número 12, de Ocampo, Guanajuato, un equipo de filmación.

Jorge y Rosita, quienes actualmente trabajan en el Cefereso 16, de Morelos, confían en que Liberarte se instituya en todas las cárceles. Sabiamente, ella dice que hace falta anclarse al arte, alimentar el espíritu. “En cualquier lugar, no sólo en la cárcel”, pues para ella, “vivir en prisión no tiene que ver con el encierro, afuera hay mucha gente presa”. Y el arte, como dice el nombre de su programa, libera.

Paradoja, el director se siente seguro en la prisión. Afuera tiene miedo, está harto de la inseguridad. Y, aunque no es posible hacer amistades dentro, sí se establece una comunicación muy recia. “Cuando salgan, quizá los vuelva a ver. El mundo es tan pequeño que los puedo encontrar en el restaurante del aeropuerto o en una cantina de Sinaloa. De repente puedo estar al lado de aquel que me diga: ‘quihubo profe, ¿se acuerda de mí?’”.

LIBERTAD DESDE LA SOMBRA
El 3 de marzo a las 15:00 horas se exhibirá en la Comisión Nacional de Derechos Humanos el documental Libertad desde la sombra, ganador de la VI Convocatoria para Productores Independientes, de Los Cuates Films, sobre el programa Liberarte.