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El libre albedrío existe, pero es un bien escaso: Bartra

10 febrero 2014 5:10 Última actualización 15 agosto 2013 5:2

 [El antropólogo presentará esta tarde, su libro 'Cerebro y libertad' / Cuartoscuro]


 
 
Silvina Espinosa de los Monteros
 
 

Con un profuso análisis en torno a la moral, el juego y el determinismo, Cerebro y libertad (FCE, 2013) es el apasionante título que el antropólogo Roger Bartra presenta hoy, a las 18:30 horas, en la librería Rosario Castellanos del Centro Cultural Bella Época.
 
 
Se trata de la extensión de un ensayo publicado hace siete años, Antropología del cerebro, en el que el autor examinaba el tema de la autoconciencia y señalaba que ésta no era una función que sólo sucedía en el cerebro, sino que se extendía hacia afuera del individuo —a través de una red de símbolos predominantemente culturales.
 
 

—Cerebro y libertad —señala Bartra en entrevista con EL FINANCIERO— fue concebida como la segunda parte de aquel trabajo publicado en 2007. Incluso, ya para la edición en lengua inglesa, ambos volúmenes se publicarán en un solo libro. Es la continuación, porque me di cuenta que había dejado dos huecos que están implícitos en Antropología del cerebro, pero no desarrollados, que son el libre albedrío y la moral.
 
 

—¿Hasta qué punto los seres humanos estamos sometidos, por un lado, a nuestros condicionamientos culturales y, por el otro, a las particularidades biológicas del sistema nervioso central?
 
 
—Aquí nos enfrentamos a dos grandes tradiciones deterministas que chocan entre sí. Primero se encuentra el determinismo extremo de antropólogos y sociólogos, los cuales plantean que, en realidad, los descubrimientos científicos son relativos, ya que constituyen una continuación del comportamiento social; es decir, que no hay tal objetividad en la ciencia. Después está el determinismo extremo de científicos que plantean que el comportamiento social, cultural y político está completamente determinado por las redes neuronales, la biología y, en última instancia, la genética. Entre esos dos extremos se encuentra la postura que yo manifiesto en el libro. Acepto que hay determinaciones sociopolíticas y también neuronales; sin embargo, advierto que sí existe una especie de área en la que se puede ejercer el libre albedrío. Hay una singularidad, una situación extraña, en la cual los humanos podemos escapar de cadenas deterministas de cualquier índole y tomar decisiones.
 
 
—Yo concebiría al libre albedrío como una especie de grieta que florece en medio de todos los factores que nos determinan. ¿De qué tamaño sería para usted ese espacio de singularidad?
 
 
—Es bastante estrecho, en realidad. La mayor parte del comportamiento humano no está sometido al libre albedrío. Yo pienso que es un bien escaso, que es posible desarrollarlo. Dos de los más grandes acontecimientos históricos de nuestra época fueron la Independencia de Estados Unidos y, poco tiempo después, la Revolución Francesa, que son grandes movimientos por la libertad. Son momentos espectaculares que surgen a partir de una acumulación histórica de instituciones, reglas, y leyes, que van afianzando el espacio del libre albedrío.
 
 

—Hablando de reglas, ¿de qué manera su argumento del juego ayuda a explicar la existencia del libre albedrío?
 
 

—El juego, por definición, es un ejercicio libre sometido a reglas; parece una contradicción, pero no lo es. Los seres humanos todo el tiempo estamos jugando. A lo mejor esta entrevista es un juego, la economía es un juego, la guerra es un juego, aunque sangriento y trágico. Pero nos muestra que sí existe la posibilidad de combinar reglas con el libre albedrío. Justamente creo que esa es una de las grandes aportaciones del libro: no se habían dado esta clase de argumentos para discutir el tema del determinismo.
 
 

—Los neurocientíficos, a quienes usted refuta en el libro, sostienen que el libre albedrío es una ilusión, ¿a qué se refieren?
 
 

—Ellos creen que todas las decisiones que tomamos los humanos están sometidas a una cadena causal y que, en realidad, no estamos en realidad decidiendo nada; dicen que estamos convencidos de que somos libres, pero que eso no es cierto. Y no hay ninguna razón para concluir algo así. Además de que, al mismo tiempo, hay una contradicción: si han tomado la decisión de divulgar ese supuesto descubrimiento, ¿están actuando libremente para decir eso o están condicionados? Si están condicionados a lo mejor están determinados a decir lo que están diciendo y, entonces, no tiene sentido su actividad; si no están determinados, están descubriendo algo y se están metiendo en un círculo vicioso.
 
 
—¿Cómo saber si la impresión subjetiva de que estamos eligiendo nuestra vida no es un engaño?
 
 
—De la misma manera que sabemos que no estamos soñando. (Bueno, no es seguro, a lo mejor estamos soñando y al morir despertaremos). Aquí sí hay que basarnos en los descubrimientos científicos y en la creencia de que la gente, de manera intuitiva, sabe que está tomando decisiones. Es posible probar históricamente que, en efecto, los conglomerados humanos deliberan y llegan a tomar decisiones; yo diría a veces irracionales o con consecuencias nefastas, pero al final las toman. Sabemos que existe eso porque podemos hacernos responsables de esos errores, decisiones o méritos. Toda la cultura moderna está erigida sobre la idea de que existe el libre albedrío y que, por ende, somos responsables tanto de lo que sale bien como de lo que sale mal. No estamos sometidos a un destino ya escrito; estamos construyendo la historia y sus alternativas constantemente. El futuro es algo abierto, no algo que está predeterminado.
 
 

—Otra materia de análisis en este libro es esa relación entre libertad y moral...
 
 

—En el tema moral ha habido una actitud similar a la que se puede observar con el libre albedrio. Existe la idea de que las decisiones éticas que tomamos son fruto de determinaciones internas, y de que hay una especie de chip moral en el cerebro que es el que alberga la estructura de decisiones. Esto, desde luego, no se ha demostrado.
 
 

—¿Qué papel juega el libre albedrío en la evolución de las sociedades?
 
 

—Es un proceso que paulatinamente va ampliando el espacio. Esa grieta de la que hablábamos, la va haciendo cada vez más ancha. A final de cuentas, el libre albedrío es algo que nos distingue como especie. Los animales carecen de esa posibilidad, ya que no tienen autoconciencia ni cultura. Las sociedades han ido progresando gracias a los refinamientos de las prótesis culturales: la educación, el arte, la ciencia... De tal modo que eso, a lo que yo llamo singularidad, se va ensanchando cada vez más.