AFTEROFFICE

El lenguaje hace sobresalir o hundir a las personas: Roura

10 febrero 2014 4:24 Última actualización 09 septiembre 2013 5:2

[Ya circula el último volumen de los Cuadernos de El Financiero / Cuartoscuro] 


 
Juan José Flores Nava
 
 
Pensemos de forma positiva: esto no es más que un revés, un bache, un pasajero hundimiento colectivo. Seamos, pues, optimistas: no vamos en caída libre por un pozo sin fin. Así que, en unos años, lo que hoy vivimos lo recordaremos sólo como un vergonzoso pasado al que —uf— nos hemos sobrepuesto. Entonces, el contemporáneo encanto, la fascinación cotidiana, el gusto actual, el deleite moderno y el extendido ejercicio de la vulgaridad serán, apenas, un oscuro momento de nuestro ayer.
 
 
Si el periodista Víctor Roura ha intitulado a su más reciente libro Los encantos de la vulgaridad es porque ha notado que vivimos —o padecemos— una alegre y alborozada desilustración. Así lo apunta, lo analiza, lo juzga, lo muestra en las casi 200 páginas del que será el último impreso de la colección Cuadernos de El Financiero, volumen que hoy comienza a circular. 
 
 
“La desilustración —apunta Roura en su libro— es lo que está matando a la humanidad, no su dependencia a las ominosas políticas establecidas. Y hoy en día, cómo no, la televisión es el espejo de esta derruida (inconsistente, desmoronada, interrumpida, infeliz, apocada, desangelada) tertulia social, donde la humanidad no se entiende sino a punta de madrazo verbal. Por eso la gente se ríe en el cine cuando oye decir chingaderas, por eso se siente atónitamente enmudecida cuando escucha a un músico decir desde el estrado un alud de majaderías...” Y agrega: “Estamos ya tan cerca uno del otro, pese a estar en medio de una infronterizada multitud, debido a nuestras relevantes coincidencias en los asuntos empáticos de la insoslayable vulgaridad, que por fin podemos sentirnos parte integral de la sociedad.”
 
 
¿No, acaso, para zafios locutores de futbol en la televisión nacional un gol es una oportunidad para gritar una y otra vez “voy que te quedó jabón”, o “toma, chango, tu banana”, o “me paro de pie”…?
 
 
Pero los deportes no son el único ámbito invadido por la vulgaridad. Víctor Roura lo pone así de sencillo: “Se habla como se es. Mientras más conocimientos, mayor será el catálogo verbal. Mientras menos cultura se posea, el lenguaje necesariamente se verá más reducido […] El lenguaje hace sobresalir o hundir a las personas. Dime cómo hablas y te diré cuánta nobleza o sevicia se anida en tu corazón, no de dónde vienes ni de qué clase social procedes.”
 
 
Lo que significa, en efecto, que hasta los más admirados tótems de la cultura nacional pueden ser patéticamente vulgares. Cuenta Víctor Roura en su libro que el admirado editor de suplementos culturales Fernando Benítez no bajaba de “pendejos” a todos aquellos que no eran de su grupo cultural. Y también a aquellos, siendo de su secta, que actuaban en contra de sus disposiciones. Por eso, no le indigestaba de manera alguna decirle, como lo hizo, a un sorprendido y con la cabeza gacha Carlos Monsiváis: “Ya me enteré, pendejo, que tiraste todos los papeles de este cabrón para que tú ocuparas su lugar. ¡Puras pendejadas, cabrón!”
 
 
Al mismo Víctor Roura, el ínclito Héctor Aguilar Camín, entonces subdirector del diario La Jornada, le exigió, cuando ambos trabajaban en ese medio, incluir con urgencia un texto en las páginas culturales del periódico. Al solicitarle una razón para publicarlo ya mismo, la contestación de Aguilar Camín fue inmediata, expedita e implacable: “¡Por mis huevos.”
 
 
¡Pero qué decir de los políticos! En Los encantos de la vulgaridad, sobran ejemplos: el ex gobernador panista de Jalisco, Emilio González Márquez, diciendo: “La gente votó por mí. Me vale madre si a algunos periódicos no les gusta. Digan lo que quieran. ¡Chinguen a su madre!”; o el ex gobernador priista de Puebla, Mario Marín, refiriéndose a la periodista Lidia Cacho: “Ayer le acabé de darle un pinche coscorrón a esta vieja cabrona…”
 
 
Porque, desde luego, lo dice Roura, “con las palabras nos sabemos, con ellas nos entendemos o nos reprobamos, nos aceptamos o nos repelemos. Ellas nos retratan, hablan por nosotros”.
 
 
Y vaya que Víctor Roura sabe de ello: no es un periodista que ande con la urgencia de decir las cosas, o de decirlas primero —aunque muchas veces haya resultado así—, sino que prefiere decirlas bien. En su periodismo, en su labor como editor de estas páginas culturales durante 25 años, en sus ensayos, en fin, en su escritura toda, no hay una premura de informar sino de dejar, en su momento, algo bien escrito.
 
 
Eusebio Ruvalcaba, quien trabajó al lado de Roura —como corrector de estilo— en esta sección cultural durante seis años, habla de él (de Roura) como un hombre porfiado, meticuloso hasta el delirio en cuestiones escriturales. “Me consta —expresó alguna vez Eusebio— que Víctor tenía una testarudez (si se puede llamar así) por darle a la sección el mejor acabado posible. Hasta más allá de los límites propios de una sección de periódico. Cualquier párrafo, cualquier línea, la más deleznable palabra, el más insignificante signo de puntuación (que no lo hay) habría de pasar por la óptica de la obsesión en lo que se refiere al perfeccionamiento, a su mejor destino: que siempre fueron los ojos del lector.”
 
 
Eso se refleja en cada uno de los 38 apuntes semanales que —publicados antes aquí mismo— su autor reúne en Los encantos de la vulgaridad. Varios de los temas abordados en este volumen —en especial los que se refieren al gremio periodístico, al mundo intelectual o al inefable universo de la farándula— ya habían sido diseccionados por él en volúmenes como Cultura, ética y prensa, Codicia e intelectualidad y El apogeo de la mezquindad. Una muestra, en el caso de los momentos en que se refiere a la prensa, de que perro sí puede comer perro.
 
 
El periodismo de Víctor Roura es de largo aliento, que choca con la tendencia actual de los medios impresos a entregar infoentretenimiento. “Cuando a uno le gusta la escritura —nos decía hace poco— es imposible dejar de practicarla a diario. No por vanidad, sino por el afán de contar. Por eso, para mí, es imposible dejar de escribir. Y lo hago cada vez con mayor gozo.”
 
 
Aun ahora que ha dejado de coordinar la edición de estas páginas de cultura, incluso en este momento en que, como lo anota en Los encantos de la vulgaridad, la mayor parte de los espacios públicos y mediáticos “son ocupados por gente palurda, vulgar, insulsa, inculta, nimia, insustancial, vacua, ridícula, fanática”; en una época en donde “poco importa la preparación, la capacidad, el estudio, el juicio, la integridad, la lucidez, la percepción, la dignidad”; incluso, decíamos, en estos tiempos, no cabe duda que Víctor Roura continuará escribiendo (ya sea en la prensa, ya sea en sus libros) atento a la forma, apegado a la ética, observando a sus convicciones, para no mentirse ni mentir a su lector y, con ello, poder hacer el mejor periodismo, así, como siempre lo ha hecho, sin adjetivos.