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El jolgorio entre el caos y la veneración casual

La gente se conglomera, forma filas y soporta el bochorno igual que en los andenes subterráneos del Metro para ver las exposiciones "Leonardo da Vinci y la idea de la belleza" y "Miguel Ángel Buonarroti. Un artista entre dos mundos", que han atraído a más de 70 mil personas en sólo 15 días.
Eduardo Bautista
12 julio 2015 21:14 Última actualización 13 julio 2015 5:0
Se pueden ver las obras sin prisa. Algunas personas realizan el recorrido en 40 minutos. (Cuartoscuro)

Se pueden ver las obras sin prisa. Algunas personas realizan el recorrido en 40 minutos. (Cuartoscuro)

Miguel Ángel y Leonardo da Vinci han convertido al Palacio de Bellas Artes en una estación del metro. La gente se conglomera, forma filas y soporta el bochorno igual que en los andenes subterráneos para ver las exposiciones Leonardo da Vinci y la idea de la belleza y Miguel Ángel Buonarroti. Un artista entre dos mundos, que han atraído a más de 70 mil personas en sólo 15 días, según las autoridades del Palacio de Bellas Artes.

El primer problema es el ingreso. Hay que esperar hasta seis horas para entrar al recinto. El sábado el Palacio cierra hasta las 10 de la noche, pero los boletos de ese día se agotaron desde las tres y media de la tarde. Los empleados informan que, para evitar aglomeraciones, en fines de semana sólo se vende un tiraje diario de 5 mil 200 entradas. Cada media hora entran hasta 210 personas.

Iseida, de 36 años, acepta que no conoce mucho sobre los renacentistas. A Miguel Ángel le llama “el señor que pinta bonito”. El sábado no pudo entrar a la muestra. La taquillera le recomendó que fuera el domingo antes de las siete de la mañana para entrar en la primera tanda. Iseida le dice que no está dispuesta a madrugar tan temprano y se va.

En las salas del recinto no falta persona que se toma una selfie. El preferido por la gente es el David-Apolo (1532-1534), de Miguel Ángel. A Fermín, historiador del arte, le da gusto que esta escultura de 1.47 metros sea vista por primera vez en México, pero lamenta que el acervo presentado sea tan pobre.

“Se valora el hecho de que el gobierno traiga a los dos artistas más importantes del Renacimiento, pero creo que la curaduría deja mucho que desear. Definitivamente no son sus mejores piezas”, asegura.
Un empleado del recinto sostiene que en el módulo de información en que trabaja ha recibido varias quejas sobre el contenido de las exposiciones. Dice que la gente a veces se forma expectativas muy altas y salen decepcionados. Asegura que la mayoría de los reclamos están orientados a la organización.

Jackson es venezolano. Es la primera vez que visita el Palacio de Bellas Artes. Se formó a la una de la tarde. Consiguió boleto, pero nadie le aviso que entraría hasta las nueve y media de la noche. Tendrá que esperar aquí seis horas más.

Juan también ingresará en la noche. Su esposa Luz le aconseja pasar un rato en el restaurante del Palacio. Ven la carta y mejor se van. Una hamburguesa cuesta 130 pesos. Dice Juan que mejor beberá unas cervezas en alguno de los bares de Madero.

Las salas de las exposiciones son amplias. Se pueden ver las obras sin prisa. Algunas personas realizan el recorrido en 40 minutos. Otras, como Sergio, agente de ventas, lo hacen en dos horas. “Siempre he sido fan de Miguel Ángel. Todo está perfecto. Lo único malo es la iluminación. No se alcanzan a leer las explicaciones”, comenta.

Afuera, las filas rodean el recinto. El personal anuncia que los boletos se han acabado. Héctor, empleado de un banco, recibe la noticia con indiferencia. Acepta que sólo fue por curiosidad. Regresará en un mes. Hay Miguel Ángel y Leonardo para rato.