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El Evangelio según San Fernando... Valenzuela

Crece la oportunidad de que los Yanquis y los Dodgers jueguen el Clásico de Otoño; hace 36 años, 'El Toro' hizo que Los Ángeles volvieran en la Serie Mundial y la ganaran.
Mauricio Mejía
19 octubre 2017 23:11 Última actualización 20 octubre 2017 5:0
Fernando Valenzuela

(Especial)

Aquella primavera no fue ligera. Tan fabulosa que no se ha ido. Todavía se escuchan sus rumores por el parque.

En aquel abril nació una identidad: una nación en el tiempo. La Fernandomanía es un lugar en el espacio colectivo, un idioma, un territorio del espíritu, un gesto poderosísimo de la hispanidad. En resumidas cuentas: un puente de las épocas.

Lo que César Chávez había intentado durante décadas desde la lucha civil, Fernando Valenzuela lo logró en una temporada de las Mayores: los mexicanos que habitan en Estados Unidos nunca olvidarán el dulce encanto (diría Darío) de aquella primavera del 81 porque lograron unidad, respeto y admiración del distante vecino. Un héroe es un credo y una festividad. Una razón de ser. La segunda ciudad con más mexicanos, Los Ángeles, California, no volvió a ser la misma desde aquel día.

Valenzuela se convirtió en el primer novato del Dodgers en abrir una temporada regular. Tenía 20 años, mucha responsabilidad en la loma de los grandes para un jovencito nacido en pequeño poblado de Sonora llamado Etchohuaquila, tan raro que los estadunidenses no sabían siquiera pronunciar.

En el béisbol todo es mágica ecuación o esotérica trigonometría. El muchacho (que daría forma a una historia de la Historia) se enfrentó a los Astros de Houston, que entonces jugaban en la Liga Nacional (y ahora caen en la serie por el gallardete de la Liga Americana ante el Yanquis de Nueva York, que volverán en este relato). Ganó 2-0 con pelota de cinco imparables.

Fue el alba de un sueño.

Valenzuela, apenas letrado, fue un huracán sobre el baldío de los días. Ganó otro. Y otro. Y otro más. Ocho en total. Empató la marca de más triunfos para un novato en comienzo de temporada. El maravilloso Sandy Koufax (inmortal pícher del Dodgers) dijo, cuando se rompió la racha: “Es el jugador más natural que he visto; es alguien notable”.

De pronto, todo era El Toro. Alegoría fresca de la narrativa latina en la Unión Americana. El estadio, las calles, las ciudades ovacionaban al nuevo idolazo que derribaba los muros y las fronteras; los usos y costumbres de la diplomacia y el racismo. César Chávez en franela y guante.

Valenzuela terminó la campaña con marca de 13-7. Fue elegido como el Novato del Año y ganó el premio Cy Young al mejor lanzador de la Nacional, cosa nunca vista. Las multitudes tuvieron una razón para el júbilo. La Fernandomanía era una religión laica; Los Ángeles, un lugar sagrado para el nuevo evangelista del beisbol, el más religioso, el más bíblico de los deportes. El rey.

El Dodgers ganó el gallardete del viejo circuito y enfrentó en aquel octubre (hoy hace justo 36 años) al Yanquis, campeón de la Americana, en la Serie Mundial. Los duelos entre ambos fueron memorables desde que compartían la Gran Manzana: el Brooklyn contra el Bronx.

En el Clásico de Otoño, de aquel otoño, Nueva York se fue al frente con dos victorias en Yankee Stadium. Valenzuela, el jovecito Valenzuela fue designado como abridor del tercero en Los Ángeles. Los mexicanos a ambos lados del Bravo dejaron los pendientes para otra fecha, para otra hora. Fue la noche de El Gordo. No ha amanecido aquel sueño de la vida. Valenzuela enfrentó a Dave Righetti, el Novato del Año, de la Liga Americana y dueño de un asombroso control de lanzamientos.

Valenzuela fue esa noche inolvidable el más joven en abrir un partido de Serie Mundial. Lanzó toda la ruta y ganó el partido 5-4. Todo se desbordó, el corazón latino era un diamante de cuatro esquinas.

Con el triunfo de El Toro, la Fernandomanía ya era una épica, un jolgorio. El Dodgers ganó los siguientes tres partidos. El 28 de octubre, día de san Judas Tadeo, dos jonrones de Pedro Guerrero en Yankee Stadium dieron el título mundial a Los Ángeles en el sexto juego de la serie. Nueva York cenó con tortillas el amargo banquete de la derrota.

En aquel otoño de 1981, que tampoco se ha ido, aquel muchacho de 20 años, nacido el 1 de noviembre de 1960 en una zona rural cercana a Hermosillo, se convirtió en el significante de una batalla por la igualdad latina en Estados Unidos. Cantinflas, constructor de identidades, exclamó entonces: “Es el deportista más notable que he visto en mi vida. Tiene todo. Y, precisamente ahí está el detalle. Ojalá lo cuiden mucho, fuera y dentro del besibol, porque es algo de una vez en la vida”.

Yanquis y Dodgers tejen para que aquella primavera, nada ligera, vuelva con el fabuloso canto de la historia del más grandioso de los deportes, el beisbol.

El parque es un murmullo.