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El elogio de Carlos Monsiváis: "Iztapalapa, otra vez"

Te dejamos un fragmento del texto original de Jaime Avilés incluido en 'A ustedes les consta. Antología de la crónica en México' (Era), de Carlos Monsiváis, donde narra el Viacrucis en Iztapalapa.
Especial
08 agosto 2017 23:7 Última actualización 09 agosto 2017 5:0
viacrucis

(Cuartoscuro)

En verdad, en verdad os digo que ayer, ante millones de ojos peregrinos que buscaban consuelo y amparo del polvo enceguecedor, el Hijo del carpintero y de María, por Pilatos llamado de los Judíos el Rey, recibió en el madero la más afrentosa de las muertes –la lenta agonía del clavo que desangra y desazona-, pero aquesta vez agobiado por el peso de su carga (99 kilos de roble) y sofocado por la tierra que le emporquecía los pulmonares alveolos, desmayó, de roja anilina cubierto, en las faldas del cerro de Iztapalapa, a las 17:23 del Viernes Santo, y hubo de ser bajado de la cruz, para caer al poco tiempo en manos de otra, la Cruz Roja, que lo condujo en ambulancia, con presteza y celeridad, al año 1979 de la Era en curso.

Abajo, en el tranquilo poblado que su nombre asemeja (hasta el colmo de la exactitud) con el cerro arriba no descrito, la gente se había conglomerado desde la noche anterior, para presenciar el desarrollo de la Última Cena, en la que el nefando Tomás Alvarado Cedillo, como Judas, traiciona y vende, por treinta monedas de cinco pesos de plata, la vida de Roberto González (en el papel de Jesús), quien al mediodía de ayer, en pos de los soldados del ejército romano, fue paseado por los barrios de Iztapalapa, horas antes del momento crucial en que sería juzgado por los siervos de Tiberio y condenado a fenecer, en actitud ejemplificadora, entre los ladrones Dimas y Gestas, que cara, bien cara, pagaron su bajeza.

Y fue así como a las 15:11 en punto, custodiado por la intangible presencia de un ángel guardián que tenía las etéreas alas confeccionadas con plumas de pollo y los gráciles pies bañados en lodo de los caminos, el Redentor, escoltado por una treintena de gladiadores que llevaban los penachos de sus cascos guerreros imitados con cerdas de escoba y en compañía de María del Pilar Corona –quien actuó simplemente como María- empezó su penosa ascensión al monte.

Fragmento del texto original de Jaime Avilés incluido en 'A ustedes les consta. Antología de la crónica en México' (Era), de Carlos Monsiváis.