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El ejército simbólico del FC Barcelona

Frente a los vientos separatistas, el Barsa confirma por qué es "más que un club" y cuenta con un papel de construcción y deconstrucción del agravio catalán.
Mauricio Mejía
12 octubre 2017 0:0 Última actualización 12 octubre 2017 5:0
Barcelona

El club fundado en 1899 por el suizo Hans Gamper tuvo desde su origen un perfil de apertura social. (Especial)

La pelota en los pies de Manuel Vázquez Montalbán:

“Todos los equipos normales y corrientes utilizan a su equipo como un médium en el juego espiritista de trabar relación con la victoria o la derrota. Es un juego sadomasoquista que está en la entraña misma de toda competencia, en la que hay un vencedor y un vencido. Y este deporte-espectáculo exige vencedores y vencidos. La prueba es que ante el recurso coexistente del empate se inventaron los puntos positivos. Para que hubiera un vencedor moral. El equipo del Club de Futbol Barcelona, del Barsa, también actúa como médium….”

Sí, pero cómo. Quiebre de cintura. Túnel. Regate de Vázquez Montalbán:

“Pero me atrevería a decir que, después del contacto espiritista con la victoria o la derrota, queda un ulterior contacto, tan sutil que permanece al nivel del pensamiento, pero sin duda evidente para cualquiera que haya estado en Cataluña no sólo de paso. El médium establece contacto nada más y nada menos que con la propia historia del pueblo catalán”.

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Dice el catalán que para explicarle a un extranjero por qué el “Barsa es más que un club” hay remontarse a Adán y Eva. Sostiene que no es un vicio historicista sino por la significación que el cuadro tiene en las desgracias de Cataluña desde el siglo XVII, en perpetua guerra civil armada o metafórica con el Estado español. “Mientras España tiene la sensación de que Cataluña quiere separarse del Estado, los catalanes se consideran incomprendidos y oprimidos o rechazados por el resto de España, al mismo tiempo que explotados como una de las comunidades que más contribuyen en las recaudaciones de los tesoros nacionales”.

Subraya: lo peor que le puede ocurrir a un paranoico es que le persigan de verdad, así que, ante este frente anticatalán, los catalanes reaccionaron con antiguos agravios, es decir, se remontaron a Adán y Eva. El FC Barcelona, que hoy se mueve en las aguas del empate entre la jefatura del gobierno de Mariano Rajoy y la postura independentista de Carles Puigdemont, tiene un papel de construcción y deconstrucción del agravio catalán.

Hay bases para la edificación del ejército simbólico. Durante los años de la dictadura de Primo de Rivera –cuenta Jimmy Burns en Barsa: La pasión de un pueblo- el campo de Les Corts fue clausurado porque el público abucheó (al medio tiempo del partido frente al Júpiter) las notas del himno nacional de España, que tocaban los cadetes de la infantería británica. Los muchachos dejaron de tocar. Aquello fue tomado como una agresión insoportable por Rivera. El club fue suspendido seis años.
También hay nombres en la desconstrucción de la historia, hay víctimas, estandartes. La Guerra Civil se inició el 17 de julio de 1936, con el pronunciamiento militar de los generales Franco, Mola y Queipo.

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Sostiene Burns que ese día fatídico el club estaba de vacaciones estivales a la espera de los amistosos de pretemporada. Sin saberlo, ese día se cantó el final de un hombre vital en la historia política y deportiva de Cataluña: Josep Sunyol, nacido en 1898 en el seno de una familia acomodada y con raíces intelectuales. Sunyol, dice Burns, clamó por un nuevo orden social en el que la política y el futbol fueran ingredientes esenciales de una sociedad verdaderamente democrática. Aún son célebres sus textos en La Rambla, la revista en la que publicaba de ambos temas con ardua pasión.

Cita Burns un texto de Sunyol: “Cuando decimos deporte, queremos decir: raza, entusiasmo, optimismo, noble lucha de juventud. Y cuando decimos ciudadanía, queremos decir: civilidad catalana, liberalismo, democracia, generosidad y amplios afanes espirituales”. Fue elegido diputado a Cortes un año antes (1931) que Madrid concediera a Cataluña estatuto de autonomía, que confería amplios poderes al gobierno regional y garantizaba la libertad cultural. En 1935, precisa Burns, fue elegido como sexto presidente del Barsa. La pelota de la historia lo arrastraría hasta el final del juego: el 6 de agosto de 1936 fue detenido y fusilado, en caliente, en Guadarrama.

El FC Barcelona, que hoy se mueve en las aguas del empate entre la jefatura del gobierno de Mariano Rajoy y la postura independentista de Carles Puigdemont, tiene un papel de construcción
y destrucción del agravio catalán


El certificado de muerte anunciaba: “Sunyol (…) Miembro destacado de la izquierda, diputado de Cortes, en representación de dicho partido, a principios del mes de agosto del año treinta y seis fue a Madrid, sabiéndose que le hicieron prisionero las Tropas Nacionales en Guadarrama y que las autoridades le condenaron a la última pena, siendo juzgado inmediatamente”.

Durante el franquismo el Barsa fue una convulsión entre derechas e izquierdas, entre miembros del régimen y liberales. Prohibido el catalán, prohibidos sus emblemas, se convirtió en el ejército desarmado de una lastimada Cataluña, que, al tiempo, fomentaba sus propios gestos nacionales. En 1967, cuenta Carles Santacana Torres en El Barsa y el franquismo, que Casildo Osés fue contratado como técnico del “nuevo club”, que no le recibió con unanimidad. Y entonces soltó una sentencia que no se ha ido del todo:

“Mi gran pecado, mi pecado mortal, parece ser que es no ser catalán. Tanto, que casi pienso que antes de ir a Cataluña tendré que pasar por el Santo Padre para que me excomulgue por no ser catalán. Tal parece que en Cataluña existe la discriminación. Así como hay negros y blancos, locos y cuerdos, la catalanes y no catalanes”.

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Santacana afirma que todavía en 1960 el “problema catalán” no se había solucionado, que algunos miembros del alto franquismo intentaron integrar fenómenos de la catalanidad al régimen sin mucho coste político. El Barsa fue atractivo para ello. Entre la marea, el club se convertiría en un puntal, en una pieza de amplio y difuso proyecto de catalanización. Jordi Pujol sería una pieza clave para que esa misión se cumpliera.

Dice Santacana que el hecho que lo hizo referente fue su encarcelamiento por haber organizado un concierto de música catalana (Serrat se negaría a cantar en español en el festival de Eurovisión en 1968) en 1960. Tras recuperar su libertad, el futuro presidente de la Generalitat se convirtió en un gran activista de la nacionalidad catalana y utilizó al club (pero más a sus espectadores) para mantener el símbolo de Cataluña unida.

La pelota regresa al centro creativo, Vázquez Motalbán:

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“Cuando, tras la extinción progresiva del franquismo, Cataluña recuperó parte de sus derechos civiles como pueblo, el pleno uso de la lengua por ejemplo, se acentuó el recelo español, y más todavía cuando los nacionalistas catalanes, personalizados en la figura del presidente de la comunidad autónoma, el señor Pujol prestaba su apoyo al gobierno de España, primero a los socialistas y luego a los populares”.

Otra vez en la cancha de Adán y Eva:

Con ironía de tres dedos, Vázquez Montalbán afirma que el Barsa sólo ha conseguido emparentar simbólicamente con la monarquía española mediante la boda de uno de sus mejores jugadores de balonmano, Iñaki Urdangarin (acusado de corrupción y sobornos y causante en gran medida de la abdicación del rey Juan Carlos), y Cristina de Borbón. Se juntaron –dice- el símbolo de la rosa y la pelota.

Hoy, en medio de los aires de independencia, retrasada o activa, el Barsa confirma su lema: es más que un club.