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¿El diablo ha muerto?

El mal, durante milenios representado por el demonio, ha dejado de encarnarse en personajes específicos para formar parte de sistemas enteros y, lo peor, de la normalidad.
Eduardo Bautista
04 diciembre 2016 21:25 Última actualización 05 diciembre 2016 5:0
La construcción del mal en las sociedades capitalistas tiene un elemento fundamental: la demonización del otro. (Ismael Ángeles)

La construcción del mal en las sociedades capitalistas tiene un elemento fundamental: la demonización del otro. (Ismael Ángeles)

En la Edad Media, cuando se sentía el Juicio Final más cerca que nunca, la gente creía ver a Satán en las calles, con patas de cabra y senos de mujer. En el Renacimiento, Francisco de Quevedo convirtió al Maligno en un personaje bufonesco. Dos siglos después, Goethe lo representó a través de Mefistófeles, un hombre elegante que prometía sabiduría eterna y el amor femenino. En el siglo XX aterrizó en la vida cotidiana: más de 11 millones de personas murieron en los campos de concentración nazis. Poco antes de morir, Norman Mailer dijo: “Hitler era una marioneta satánica, histérica, vanidosa y muy débil. ¡Fue elegido y reclutado por el diablo!”.

Hoy, coinciden los expertos, el demonio ha dejado de encarnarse en personajes específicos; el mal -reflexiona el antropólogo y presidente de la Sociedad para el Estudio de las Religiones, Elio Masferrer Kan-, se encuentra en la cotidianidad: en los empresarios ambiciosos que pagan sueldos miserables o en la indiferencia hacia el sufrimiento ajeno. También en las mentiras de los políticos, en los funcionarios que encubren crímenes, en los sicarios que descuartizan cuerpos o en los terroristas que se explotan en plazas públicas, complementa el poeta Javier Sicilia.

El mal hoy funciona de manera sistemática. Donald Trump no es la maldad como tal: es la expresión de un sistema de odio que ya llevaba ahí muchos años: el del racismo en Estados Unidos”, sostiene el ex líder del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad.

En La trágica historia del doctor Fausto (1604), Christopher Marlowe se refiere al Infierno como un lugar sin límites que está en la Tierra.
Como Hannah Arendt, Masferrer considera que el mal hoy es tan normal que ha caído en banalidad. La individualización y el egoísmo por el dinero, señala, son una de las mayores manifestaciones contemporáneas de la maldad, una idea que Sicilia resume en el capitalismo neoliberal. Por algo León Bloy decía que el dinero es la sangre del pobre, y Giovanni Papini lo definía como el excremento del Diablo.

Hay, sin embargo, corrientes religiosas que exaltan la riqueza. “La Teología de la Prosperidad asume que los ricos son elegidos por Dios. El predicador Joel Osteen cree que la abundancia financiera es una bendición de Dios”, explica Angélica Patiño, especialista en antropología de las religiones.

También el individualismo -desde la perspectiva evangélica- es un mal de la civilización, observa la experta, quien advierte que en los textos bíblicos se establece que, cuando hay un mal gobernante, el pueblo perece.

Tras la muerte de Dios en el corazón de los hombres –como lo proclamó Nietzsche en el siglo XIX– la noción del mal se ha desdibujado del entendimiento colectivo, asegura Sicilia. Por eso cada vez resulta más complicado distinguir la frontera entre el bien y su opuesto. “Lo que hoy vivimos es la muerte del hombre en la consciencia el hombre. Lo podemos ver en las formas en las que se asesina y se tortura”.

Decía Charles Baudelaire que la mayor astucia del demonio es hacernos creer que no existe. “Dostoievski tuvo razón cuando dijo que, si Dios muere, todo está permitido. El Diablo no tiene un rostro, es un acto que nos sobrepasa, y que tiene sus metáforas: no es casualidad que en una sociedad sin Dios tengamos tanta fascinación por el cine de horror y los zombies”.

ENTRE DEMONIOS Y MESÍAS
La construcción del mal en las sociedades capitalistas tiene un elemento fundamental: la demonización del otro, afirma Masferrer. “Trump gana porque consigue convencer a un sector del electorado –a la Franja Bíblica, es decir, a todos los habitantes del centro de Estados Unidos– de que Hillary Clinton es el demonio por apoyar a los homosexuales”.

Además, asegura, las religiones de origen abrahámico –judaísmo, islam y cristianismo– tienden a idolatrar a figuras mesiánicas que prometen el paraíso terrenal, como José Stalin en la Unión Soviética, Ruhollah Jomeinien en Irán (quien aseguraba que Satán era Estados Unidos); Fidel Castro en Cuba o Donald Trump, quien, dice Masferrer, muestra una estructura mesiánica: “se presenta como el salvador de un pueblo elegido por Dios y como el redentor de los americanos que quieren volver a ser grandes. Ha construido un enemigo en México y asegura que va a rescatar a los WASP del desempleo y la pobreza”.

En ese sentido, dice, el magnate republicano tiene semejanzas con el demócrata Bernie Sanders: ambos parten de un discurso bíblico. Trump asegura que el Gran Faraón son las transnacionales que no velan por los trabajadores norteamericanos, mientras que Sanders sostiene que se trata de los banqueros de Wall Street. “Ambos utilizan la demonización del contrincante”.

“Las Iglesias han levantado hogueras e inquisiciones. Después el hombre asesinó en nombre de la raza, el proletariado y la democracia. Son otros nombres de las abstracciones de Dios”, concluye Sicilia.