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El día en el que la ciudad salió a la calle con su celular

Desde la salida de las cenizas del hangar presidencial hasta su llegada (dos horas después) al Palacio de Bellas Artes, decenas de miles salieron de sus casas, oficinas y autos para registrar, a través de sus celulares, el adiós del último ídolo de grandes masas.
Mauricio Mejía
05 septiembre 2016 21:56 Última actualización 06 septiembre 2016 5:0
Los mexicanos del año 2016 respondieron al llamado último del sincrético baluarte de más de cuatro décadas artísticas. (Eladio Ortiz)

Los mexicanos del año 2016 respondieron al llamado último del sincrético baluarte de más de cuatro décadas artísticas. (Eladio Ortiz)

La memoria se ha encargado de colocar a Juan Gabriel en el lugar que merece en cultura mexicana. El homenaje al cantautor se ha traducido en un hecho histórico de grandes proporciones. Nunca antes la gran Ciudad de México se entregó a un sentimiento con tanta pasión y tanto respeto.

Lo de ayer será recordado durante muchas generaciones. El 5 de septiembre de 2016 la capital fue un dolor unánime que congregaba al festejo, a la veneración y, sobre todo, a la gratitud. Desde la salida de las cenizas del hangar presidencial hasta su llegada (dos horas después) al Palacio de Bellas Artes, decenas de miles salieron de sus casas, oficinas y autos para registrar, a través de sus celulares, el adiós del último ídolo de grandes masas.

Nunca antes el teléfono jugó tan sobresaliente papel: testimonio personal e imperecedero del gran acontecimiento mexicano del siglo XXI. Hasta ayer, el 15 de abril de 1957 figuraba como el máximo gesto de la unanimidad emocional. La muerte de Pedro Infante, el ídolo supremo, palidece ante la gran ceremonia de la hipermodernidad, en la que todo está conectado, hasta la cofradía del desamor.

Un ídolo no se explica, se siente, se lleva por vocación, como fuerza, como impulso; los mexicanos del año 2016 respondieron al llamado último del sincrético baluarte de más de cuatro décadas artísticas. México, en su gran urbe, debía ventilar el llanto por la gran pérdida, por el desgarramiento último de la entraña, materia prima del canto de Juan Gabriel, el hombre que partió en dos la historia de esta ciudad.