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culturas

El caballero del teatro

José Solé fue un hombre de teatro de los pies a la cabeza, el último representante de la tradición que le dio al teatro en México una misión cultural. Señor de otros tiempos, caballero de la escena y de la vida.
Fernando de Ita
16 febrero 2017 20:21 Última actualización 16 febrero 2017 20:43
José Solé. (Cuartoscuro/Archivo)

José Solé. (Cuartoscuro/Archivo)

Cuando llegué al Restaurante del Lago del Bosque de Chapultepec, que en los años 80 era el lugar de moda de la clase política y empresarial, el maestro José Solé ya estaba a la mitad de un güisqui en las rocas. Me saludo con la cortesía proverbial que le ganó el mote de “El Caballero del Teatro”, aunque enseguida percibí en su semblante un gesto de abatimiento. Era tan evidente su estado de ánimo que abrí la conversación preguntándole si se sentía cansado. Recuerdo perfectamente su respuesta:

-No, Fernando, me siento desconsolado.

Yo había tratado al responsable de la actividad teatral del INBA como reportero y me lo había topado muchas veces en los estrenos de la Compañía Nacional de Teatro que también estaba a su cargo, era un trato profesional el nuestro, de manera que su confesión me tomó por sorpresa.

__Llevo un tiempo con un grave problema en las cuerdas vocales y lo cité tan tarde para esta entrevista porque tenía consulta con el médico, quien me acaba de informar que el cáncer que tengo en las cuerdas vocales no se ha curado con el tratamiento, así que tendrán que quitármelas. Me quedaré mudo, Fernando, yo, que disfruto tanto la plática.

Esa noche el maestro Solé se tomó una buena cantidad de güisquis y habló de su amor al teatro con la intensidad de un condenado a muerte, sin perder por ello el sentido del humor con el que me compartió sus infidencias de Casanova, que eran muchas y muy variadas porque su buen porte, su bonhomía y el dominio del verbo lo llevaron a muchos lechos, por decirle así a la multitud de lugares donde obtuvo el favor de las damas, algunos tan inverosímiles como el Paso de Gato de algún teatro.

Aquel desahogo circunstancial no volvió a repetirse pero le dio a nuestra relación un sesgo de complicidad en el terreno de los amoríos que me llevó a ser testigo personal de algunos de sus romances, no siempre con actrices pero invariablemente con mujeres bellas. Ahora que lo evoco me viene a la cabeza una de sus sentencias:

__Mire, Fernando, llevo muchos años buscando a la mujer ideal y he caído en la cuenta que la mujer ideal, es la próxima.

También hablamos de teatro, claro está. Mejor dicho, lo escuché varias veces contar su larga y rica trayectoria como actor, director y funcionario de un teatro de leyenda porque él fue primero alumno y luego camarada de los fundadores del teatro digamos nacional. No sólo de los autores, actores y directores de renombre sino de los escenógrafos, coreógrafos, realizadores y técnicos de aquellos teatros de bolsillo de los 40, de la red de escenarios del Seguro Social de los 60 y los teatros institucionales de los 70.

Como actor recibió en sus inicios el premio de la crítica y participó en montajes que hicieron época, como, El cuadrante de la soledad, de Revueltas, dirigida por Ignacio Retes, y, Las cosas simples, de Héctor Mendoza, montada por Celestino Gorostiza. Como director la época la hizo él con sus celebrados montajes no sólo del teatro griego sino del teatro europeo de diversos tiempos. Al ser uno de los primeros directores mexicanos formados en Francia, montó con conocimiento de causa a Chéjov, Anouilh, Cocteau, Ibsen, Calderón de la Barca. A mediados de los años 60 pasó al repertorio mexicano: Los argonautas, de Magaña; Medusa, de Carballido; Compañero, de Leñero, todo dentro de un formalismo que hacía falta en un teatro más bien emocional y sin una estética definida.

Con Solé fenece, de muerte natural, la breve tradición mexicana del teatro culto, civilizador, que no desburró a nuestra burguesía pero formó un público sensible a la poética de los grandes autores, los conflictos psicológicos y sociales, los grandes montajes, las jerarquías culturales. Pepe debutó en los años 40 cuando el teatro era del dominio de los productores privados, fue uno de los directores más sólidos del primer teatro público y un funcionario probo en la consolidación del teatro institucional. Él heredó la CNT fundada por Héctor Azar y si bien le quitó el caudillismo del dramaturgo atlisqueño a su función directiva, conservó el sentido elitista de pertenecer a la imitación criolla de la Comedia Francesa.

El maestro Solé fue el gran impulsor del teatro regional. Primero con el paternalismo de los años 70 y más tarde con la apertura de los 90. Gracias a su apoyo, a veces dado a regañadientes, Ramiro Osorio pudo convertir las muestras nacionales de teatro en auténticas orgías de aprendizaje y en la soñada reunión anual de la gente de teatro del país separada por la geografía, el centralismo y el desinterés de las autoridades estatales. En esa década trabajé a su lado como coordinador del Programa Nacional de Apoyo al Teatro y aun teniendo dos visiones muy distintas del hecho dramático y escénico, logramos darle sentido a las muestras estatales y regionales que ahora está retomando, por cierto, la Secretaría de Cultura.

Como crítico me ensañé algunas veces con las producciones del INBA y nunca recibí un reclamo del funcionario, pero sí lecciones de cómo y por qué se hacen las cosas en el teatro. El Maestro siempre fue caballeroso en sus discrepancias con mis juicios y aquellas instrucciones disfrazadas de comidas o cenas amistosas, terminaban, felizmente, con el tema femenino, donde se movía como pez en el agua. Ya con el vibrador de garganta que le daba a su voz un tono metálico, Pepe se burlaba de sí mismo comentando que cada vez tenía menos éxito con las mujeres porque pensaban que aquel infortunio también le había afectado la lengua.

Amé a Pepe Solé la noche en que le dieron uno de los reconocimientos del Cabaret del Auditorio Nacional, y dijo, en televisión abierta, que le ofrecía ese homenaje a sus esposas, a sus amantes y a las novias que pasaron por su larga y fructífera vida. Lo admiré cuando a sus 85 años seguía dirigiendo comedias pícaras para productores privados; me dio mucha ternura en Puebla cuando me invitó a ver alguna de las comedias clásicas del Siglo de Oro que había montado repetidas veces, y en lugar de hacer su montaje aprovechando el esplendor del recinto barroco del museo de San Pedro, utilizó una escenografía de cartón para enmarcar la actuación de Edgar Vivar, el Señor Barriga, de Shakespirito.

José Solé fue un hombre de teatro de los pies a la cabeza, el último representante de la tradición que le dio al teatro en México una misión cultural. Señor de otros tiempos, caballero de la escena y de la vida, Pepe logró algo casi imposible de conseguir en esta hoguera de las vanidades que es el teatro: ser querido por todos. Salvo por algunas de las mujeres que enamoró y dejó colgadas. Pero así de imperfecta es la la vida.

(Fernando de Ita es crítico de teatro, ensayista, investigador y autor de Telón de fondo y El arte en persona.)