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"El ayer es el tiempo del novelista y del cuentista"

10 febrero 2014 4:58 Última actualización 13 agosto 2013 5:2

[Bloomberg]


 
 
Viridiana Villegas Hernández
 
 
Sin proponérselo, el escritor Héctor Manjarrez encontró en su haber un cúmulo de cuentos en los que la voz femenina aparece como narradora, o bien, como protagonista; con sorpresa, a este festín de 12 tiempos llamado Anoche dormí en la montaña (Ediciones Era) se unieron algunos de sus personajes más entrañables antes aparecidos en otras de sus obras.
 
 

“La literatura está hecha del pasado; el ayer cercano o remoto es el tiempo del novelista y del cuentista”, nos aclara al inicio de la charla Héctor Manjarrez (Ciudad de México, 1945) a propósito de su nuevo libro de narraciones breves, en el que si bien aportó un tanto de sus experiencias, también en él se mezclan las realidades de otras personas.
 
 
—La forma en que se aborda una realidad para convertirla en ficción es secreta —continúa Manjarrez—.
 
 
Aquellos detalles de índole personal son transformados con la intervención de la literatura, la cual mezcla materiales y acciones de los personajes, quienes una vez creados y educados por el autor, después deben dictarle al mismo qué sendero quieren seguir; de otra manera el resultado literario no estaría vivo.
 

Anoche dormí en la montaña retomó, entre otras, la voz de Concha, quien apareciera por primera ocasión en la novela El otro amor de su vida. Al respecto nos habla Manjarrez:
 
 
—En principio, ella estuvo inspirada en algunas mujeres y ligada a la profesión de antropóloga.
 
 
Fue un personaje que decidió su camino y, cuando mis recuerdos de la Sierra Madre Occidental comenzaron a tentarme para escribirlos, no me interesó contarlo en primera persona ni desde la postura de un narrador que se pareciera a mí. Corrían los años noventa cuando pensé que la protagonista de esas memorias debía ser Concha, que me era simpática y a quien ya conocía más o menos bien como para adentrarla en el contexto de lo que viví en dicha región junto a otras personas que me contaron un sinfín de anécdotas acerca del lugar.
 
 

No obstante, en este volumen también reaparecen sujetos creados en antaño, como Gregorio y Juan Pingüino. Cuando contribuyo con un recuerdo mío a la escritura, éste deja de pertenecerme y, acaso, al final sobreviva de manera disminuida.
 
 
—¿Le causa alguna fascinación particular la voz femenina?
 
 
—No; es una voz tan individual, misteriosa y encantadora como la masculina. Lo cierto es que en una cultura matriarcal y machista, como lo es la mexicana, el poder lo detentan los hijos de las madres que profieren mimos y consienten todo; si bien en este país las que mandan son las mujeres, los hombres las controlan.
 
 

Estos son juegos muy hipócritas. No fue a propósito disponerme a publicar un libro de cuentos en los que intervinieran mujeres, sólo es parte del trabajo que he realizado desde los años ochenta y noventa hasta tiempos actuales; en este sentido eran cuentos independientes que no estaban conectados para ser recopilados, pero al organizarlos fue notable su naturaleza.
 
 

—Este tomo no sólo habla de algunas regiones de la República Mexicana, sino que traspasa fronteras y se sitúa también en ciudades como La Habana, Londres y Managua. ¿Cómo es el escribir de un punto que los ojos no han mirado y únicamente guiarse por otras referencias?
 
 

—De dichas ciudades no conozco La Habana. En diferentes momentos, dos amigas me habían contado sobre la capital cubana; además México y Cuba se piensan mucho entre sí debido a su cercanía geográfica, caso que no aplica en relación con otras naciones vecinas; por ejemplo, mientras el guatemalteco está obsesionado con el mexicano, nosotros nos encontramos fascinados con el estadounidense.
 
 
El lugar de exilio por antonomasia de los cubanos era México (¡ahora es Miami!); el Distrito Federal fue por mucho tiempo su lugar de trabajo e incluso si un músico pretendía convertirse en un artista de talla internacional —como Pérez Prado o Celia Cruz— y dejar de ser considerado provinciano, tenía que pasar por aquí, presentarse, grabar en la RCA Víctor y, en algunos casos, hasta hacer (malas) películas.
 
 
Estoy convencido que un fuerte vaso comunicante entre ambos territorios es la música; un triángulo extraordinario conformado por Veracruz, La Habana y Yucatán gracias al son y al bolero. Esto me hace sentir que conozco Cuba, que puedo escribir literatura sobre ciertos acontecimientos ocurridos en aquella isla hermosa, aunque deteriorada por la Revolución y aún hoy golpeada por el turismo de prostitución. Si para los latinoamericanos la Revolución Cubana fue un movimiento abstracto, para los mexicanos siempre ha sido concreta por su cercanía con los exiliados.
 
 

—En ese tejer historias, ¿es válido considerar [como lo hacen algunos] que el cuento es una antesala para escribir novela?
 
 
—Es muy ofensivo pensarlo así, pero esa idea es vigente dentro de ciertos círculos: “Voy a escribir una novela, pero comenzaré abordando el cuento porque es más fácil”.
 
 

Mentira.
 
 

Se trata de dos tácticas y estrategias diferentes por completo. La novela puede cometer errores y no es grave; los yerros son tan típicos que Madame Bovary comienza con los ojos azules y termina con pupilas cafés porque se le olvidó a Flaubert, y no pasa nada. La novela puede aburrir y desperdigarse, mientras que el cuento requiere de una mayor exigencia en cuanto a ritmo, pues si se equivoca o pierde la atención del lector, se fastidia.
 
 
El cuentista debe decir mucho en muy poco espacio. Una novela puede decir muy poco en cientos de páginas. En definitiva, escribir bien cuentos no ayuda a escribir novelas buenas.
 
 
—Existe cierta tendencia en las editoriales por preferir la publicación de novelas por encima de los cuentos.
 
 
 
¿Usted qué opina, ahora que tiene un volumen de cuentos recién impreso?
 
 
 
—Puede que no esté bien enterado, pero es verdad lo que dice. ¡Aunque en mi caso, y a estas alturas de la vida, estaría difícil que no me publicaran un libro como este! ¡Ja-ja! Pienso que en México, en las todavía buenas casas editoras, son recibidos volúmenes de cuentos que valen la pena ser dictaminados.