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El adiós de Plural

Tras el Golpe a Excélsior, que marcó el fin de la revista Plural, la intelectualidad dio un giro definitivo hacia la crítica gubernamental en México.
Eduardo Bautista | Mauricio Mejía
07 julio 2016 21:45 Última actualización 08 julio 2016 5:0
Octavio Paz. (Especial)

Octavio Paz. (Especial)

Revista Siempre! Edición del 28 de julio de 1976. Director: José Pagés Llergo. Carta dirigida a él: “El Caso Excélsior”. Párrafo segundo:

Plural nació hace cinco años con un propósito claro: ser un sitio de reunión de la imaginación creadora y del pensamiento crítico. En nuestra revista se han expresado las distintas tendencias artísticas y literarias de nuestro tiempo y se han debatido las ideas que hoy apasionan a los hombres. En sus páginas han sido escrito y denunciadas las realidades de nuestra época terrible, del Gulag a Chile. La realidad mexicana ha sido nuestra constante preocupación: apenas si es necesario recordar que, hasta su muerte, fue colaborador nuestro uno de los críticos más lúcidos de nuestro pasado y nuestro presente: Daniel Cosío Villegas”.

Don Daniel había publicado serias críticas contra la administración del presidente Luis Echeverría en las páginas del diario de la vida nacional. Sigue la carta, las últimas cenizas de una de las más grandes revistas culturales de la historia mexicana. Sobre el Golpe a Excélsior.



Párrafo cuarto:

“Es imposible no interpretar lo sucedido como un signo de que avanza hacia México el crepúsculo autoritario que ya cubre casi toda nuestra América”. Firman: Octavio Paz, Gabriel Zaid, Juan García Ponce, Alejandro Rossi, Salvador Elizondo, Kazuya Sakai, José de la Colina y Tomas Segovia. Adheridos: Ramón Xirau, Rafael Segovia, Jaime García Terrés, Esther Seligson, Luis Villoro, José Emilio Pacheco, Gastón García Cantú, Enrique Krauze y Manuel Felguérez.

Plural desapareció para siempre.

Veinte días antes de esa carta había sucedido el Golpe a Excélsior. Una cosa estaba clara: al echeverrismo no le gustaba la crítica. Y menos la de los intelectuales. Plural terminaba su ciclo, pero otro más estaba por venir. Ninguno de los arriba firmantes se entregó a aquel priismo acostumbrado a la pleitesía. “Esa generación es irrepetible”, sostiene el periodista Humberto Musacchio.

“Después de 1976 –precisa– hubo una proliferación de publicaciones culturales muy interesante. Scherer convirtió la sección B del Excélsior, que originalmente era de sociales, en un espacio en el que se abordaban asuntos de carácter cultural”.

Sin embargo, dice Musacchio, lo realmente loable fue la gran apertura que mostró el diario hacia la comunidad intelectual. Las plumas que ahí escribían no sólo se caracterizaron por su agudeza crítica, sino por su prestigio literario. Escribe Vicente Leñero en Los periodistas que Julio Scherer tenía un especial interés por invitar a los grandes pensadores del país a escribir en las páginas editoriales.

Juan Villoro –que entonces tenía apenas 20 años– recuerda en un artículo para la Revista de la Universidad que aquel Excélsior era “un milagro”, “una obra maestra”. Le parecía increíble que sociólogos y filósofos escribieran en un periódico.

“Había una necesidad absoluta por comprender lo que pasaba en el país. Lo que se buscaba eran opiniones frescas, no juicios sobados”, recuerda el escritor y dramaturgo Hugo Hiriart, quien formó parte de aquella plana de articulistas intelectuales. Tenía sólo 25 años y acababa de egresar de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Scherer lo había llamado porque necesitaba la opinión de una persona joven. En ese momento, su vida cambió para siempre. Había rechazado estudiar en Inglaterra para ejercer el periodismo. Hasta el día de hoy no ha dejado de escribir artículos.

En La Cultura en México, ese irrecuperable espacio de Siempre!, Pagés Llergo escribió:

“Si algo puede verse como definitivo en esta desaparición de Excélsior es el carácter histórico que tienen ya sus logros dentro del periodismo mexicano (…) El Excélsior del equipo de Scherer quedará en los anales como la aventura más rica y fértil de la última década; un momento culminante de la capacidad profesional de un gremio y el intento de practicar las exigencias de una conciencia pública conocedora, desinhibida y libre…”. Al texto le siguieron las firmas de la alta cultura nacional. Entre decenas: Ricardo Garibay, Raquel Tibol, Rogelio Naranjo, Adolfo Castañón, Gunther Gerzso, Héctor Aguilar Camín, Vicente Rojo, Rius, Carlos Monsiváis, Julio Frenk, María Luisa Mendoza, Ángeles Mastretta y Lorenzo Meyer.

“Desde esta revista, y en particular desde ese suplemento, se tendieron puentes hacia el futuro y hacia otros puntos del horizonte cultural”, recuerda Adolfo Castañón, quien asegura que Letras Libres y Nexos provienen de ese árbol genealógico que comenzó con el Excélsior de Scherer, un diario que también ofrecía suplementos de alta temperatura intelectual como Diorama de la cultura, dirigido por Ignacio Solares, y Revista de Revistas, por Vicente Leñero.

“La crisis de 1976 produjo un deshielo en los usos y costumbres practicados por el gremio periodístico”, explica Castañón. La transformación, dice, fue gradual, hasta que hubo un momento en el que se descubrió que era posible ejercer una crítica contra el gobierno sin que se acabara el mundo.

Tampoco hay que olvidar que el periódico Unomásuno –resultado directo del golpe a Excélsior– le brindó ocho páginas a la sección cultural, algo impensable en la actualidad, pues la mayoría de los medios de comunicación observa a la cultura como una pérdida de tiempo y de dinero, asegura Musacchio.

Esta efervescencia cultural-intelectual, dice el columnista de la República de las Letras, dio pie a un cambio político fundamental: la apertura del gobierno hacia las voces disidentes. Como ejemplo señala la reforma política del ex presidente José López Portillo en 1977: “el gobierno entendió muy bien que la sociedad mexicana necesitaba espacios para la rebeldía. Por eso se le dio registro al Partido Comunista y a los sinarquistas”. Una nueva cultura política había nacido en México.

“En ese Excélsior se practicaba el juego libre de las ideas. Era, en efecto, una publicación plural y liberal, jamás entregada a la izquierda estalinista y horrenda. Yo no estoy seguro de que esa generación sea irrepetible. Como dice en La Ilíada: las generaciones de los hombres se suceden como las hojas de los árboles”, dibuja Hiriart.

Adolfo Castañón, contrapone:”no siempre el periodismo está a la altura de lo que se espera de él”.

En diciembre de 1976 nació Vuelta, gracias a una donación de una obra de Rufino Tamayo.

En aquella editorial del estreno, Octavio Paz escribió:

Hemos decidido salir solos, confiados en la ayuda del público y en su amistad. Una amistad que se ha manifestado desde el principio; los primeros números de la revista saldrán gracias a amigos que hicieron donativos: más de setecientos. Les pedimos que perseveren y que nos sigan ayudando. ¿Qué podemos ofrecerles en cambio? Ser fieles a nosotros mismos: escribir. No nos avergüenza decir que la literatura es nuestro oficio y nuestra pasión. Cierto, la literatura no salva al mundo; al menos lo hace visible: lo representa o, mejor dicho, lo presenta. A veces, también, lo transfigura; y otras, lo trasciende”.

Vuelta, fiel compañera del poeta, dejó de circular en el mismo 1998 en que éste murió.

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