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culturas

Eitingon: la pieza clave
de José Stalin en México

Juan Alberto Cedillo publica "Eitingon, las operaciones secretas de Stalin en México", obra periodística que genera, como los buenos ejercicios, preguntas sobre el papel que jugaron varios personajes de la alta política y el arte mexicanos en el final del “gran enemigo de la Revolución”: León Trotsky.
Mauricio MejÍa
21 julio 2014 23:29 Última actualización 22 julio 2014 5:0
En la novela, los nombres de Frida Kahlo, Diego Rivera y Siqueiros adquieren un aderezo distinto al que los libros de texto han adjudicado. (Cortesía)

En la novela, los nombres de Frida Kahlo, Diego Rivera y Siqueiros adquieren un aderezo distinto al que los libros de texto han adjudicado. (Cortesía)

Todo homicidio tiene un costo. El de León Trotsky fue de 300 mil dólares. Toda muerte sobre pedido tiene un motivo. En la de Trotsky fue el empecinado rencor del Tío José, Koba.

Juan Alberto Cedillo publica Eitingon, las operaciones secretas de Stalin en México, obra periodística que genera, como los buenos ejercicios, preguntas sobre el papel que jugaron varios personajes de la alta política y el arte mexicanos en el final del “gran enemigo de la Revolución”. Con estilo fresco, Cedillo recupera el lenguaje, casi olvidado, de las formas políticas de aquel mundo de ideologías, purgas y utopía.

Nacido en 1954, ferviente militante de la izquierda hasta que llegaron los años de los “nuevos filósofos” y el desencanto, el también autor de La Cosa Nostra en México construye una historia que parece desencadenar toda la Historia de la segunda mitad del siglo XX. México es el escenario de uno de los procesos más fascinantes del objetivo histórico.

En efecto, en aquella tarde del 20 de agosto de 1940, Ramón Mercader, español y ferviente creyente del estalinismo, dio un golpe letal sobre la cabeza de Lev Davidovich Bronstein, creador del Ejército Rojo y promotor de la “Revolución permanente”. Las causas, el móvil, la ejecución y el postre de aquel atentado implicaron mucho más que un piolet y un pasaporte falso. Las intrigas, los trabajos de espionaje y “los amarres” son contados con sumo detalle por Cedillo, quien trata de alejarse lo más posible de los acontecimientos para narrarlos, dice, sin prejuicios ni simplezas.

Los nombres de Lázaro Cárdenas, Gustavo Baz, Alfonso Quiroz Cuarón, Narciso Bassols, Vicente Lombardo Toledano, Frida Kahlo, Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros adquieren, al paso de los años, un aderezo distinto al que la costumbre de los libros de texto han adjudicado. Cuenta el autor que un historiador estadounidense le sugirió la idea de que la historia mexicana de los años 40 “para acá” no ha sido suficientemente contada. Por esa razón se dispuso a abrir este signo de interrogación al que alimentó con los archivos que han sido desclasificados en Washington y son ya de acceso público. Este instructivo para asimilar una época, de la que, según Cedillo, las actuales generaciones se sienten desconectadas, demuestra las discrepancias entre las corrientes de izquierda sobre el exilio de Trotsky en México, al que llegó en 1937, después de un penoso peregrinar.

“La mayoritaria de las fuerzas comunistas creía que la URSS representaba el triunfo del proletariado. Se plegó a las direcciones de Moscú. El mismo Diego en un principio estaba con Stalin. Claro, se despegó incluso antes de la llegada de Trotsky a nuestro país”. Rivera, como bien detalla el escritor, incluso hizo pública una lista de los artistas “financiados” por el Kremlin.

La estancia del fundador de la IV Internacional se convirtió en una “papa caliente” para el gobierno mexicano, que por aquel entonces transitaba entre la administración de Cárdenas y Manuel Ávila Camacho. Cedillo cuenta las reacciones de los combatientes mexicanos en la Guerra Civil Española, cuyo bando republicano se convirtió en un pendiente prioritario para Stalin, quien poco después pasaría de la desconfianza hacia el nazismo a un pacto de no agresión con Hitler. Para la URSS, México traicionaba los ideales de la lucha obrera y campesina.

Otro ingrediente en esta trama es bien utilizado por el autor en el discurso narrativo: la vigilancia que impuso la inteligencia americana en la estancia de Trotsky en Coyoacán. Y la búsqueda soviética de los planes de Roosevelt en la carrera atómica, es decir, el Proyecto Manhattan. Cedillo da detalles de los trabajos de alto nivel de espionaje de Eitingon, cuya carrera al servicio del partido estuvo siempre sujeta a la “utilidad de la Revolución”. Tarde o temprano, como pasó en infinidad de casos, a este camarada le llegó el día de la “peste”. Aun así, Cedillo no oculta su pasión por esta figura del pasado al que llama “complejo y sobresaliente para la creación de escenarios para llevar a cabo los planes que se encomendaron”.

Si algo deja esta obra es inquietud. Después del caso Trotsky, México fue clave en el triunfo de la Revolución Cubana y en la vida de Lee Harvey Oswald, homicida de John F. Kennedy en 1963. Cedillo, pendiente de la revisión histórica, revela que 60 años después de los grandes hechos comienzan a salir a la luz archivos, cartas y documentos que arrojan nuevos elementos de estudio y discusión. “Ojalá tengamos la oportunidad de averiguar más detalles de la historia moderna de México y podamos verlos sin las afiliaciones ni categorías simples”.