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culturas

Eduardo Lizalde... poeta para los ojos

El poeta mexicano recibe el Premio Internacional Carlos Fuentes a la Creación Literaria en el Idioma Español, como el edificio más grande de las letras vivas.
Mauricio Mejía | Eduardo Bautista
29 mayo 2017 21:20 Última actualización 30 mayo 2017 5:0
Para llegar a la poética Lizalde -dice Bartolomé categórico- hay que merecerla. (Nicolás Tavira)

Para llegar a la poética Lizalde -dice Bartolomé categórico- hay que merecerla. (Nicolás Tavira)

En 1999, a propósito de los 70 años de Eduardo Lizalde, Juan Ignacio Helguera publicó un valiente artículo (Letras Libres) sobre la obra del poeta, quien, ahora a los 87, recibe el Carlos Fuentes a la Creación Literaria en el Idioma Español. Helguera cuenta cómo su madre, Beatriz Elizalde, tuvo que llamarse Alfredo y conducirse como Alfredo a los 3 o 4 años para jugar con su hermano, dos años mayor.

“Me acuerdo -escribió el poeta, narrador y ajedrecista muerto prematuramente en 2003, citando a su madre- muy bien de Eduardo en la escuela de Puebla, donde estudiábamos todos (los seis hermanos: Eduardo, Elena, Beatriz, Luis Enrique y Elsa), rodeado de compañeros y compañeras, echando discursos, apabullando a todos en matemáticas, música, literatura, lo que fuera; era reconocido por todos como el más brillante. Y era un pedante”.

Ayer Lizalde, sabedor de su grandeza, intentó la humildad ante Carlos Fuentes, el escritor que da nombre al diploma, por el que sintió una gran admiración y cariño. Y quizá, en el mundo de las letras, también sobre él sea más brillante aún. Habló del joven novelista, de La región más transparente, la emblemática obra de Fuentes, y de Terra Nostra, esa furia parcial, como toda furia. También recordó a Octavio Paz, el elogioso Paz de Carlos, en aquellos 70. Fue a más: citó a Cortázar, a García Márquez, a Vargas Llosa, a Lezama y a Cabrera Infante. Lizalde se sabe -sin pedanterías, eso sí- uno de esos grandes del idioma. Un grande para la ópera, para la trigonometría y para el ajedrez. Un grande, en pleno sentido del término.

En entrevista con este diario, el poeta Efraín Bartolomé sostiene que: “Lizalde es un poeta mayor de nuestra lengua, un orgullo para la poesía mexicana, y su logro no está en su capacidad para dialogar con los grandes poetas hispanos, sino en su honda capacidad para dialogar con su propia alma y, por lo tanto, con el alma de los lectores, con el alma humana, dicho en breve”.

Cuando se le pregunta en qué lugar del estante nacional (tierra ésta de grandes poetas) se ubica Lizalde, Bartolomé se pone tajante y cumple funciones de guía: “Toda obra poética importante se impone en el alma de sus lectores y conquista su espacio en el espíritu. No admite clasificaciones, rompe las categorías del profesor de letras y hace pedazos el anaquel del boticario. Cómo lo clasificarán los expertos en historia literaria es algo que no me importa. Lo trascendente para mí es que desde que leí El tigre en la casa antes de cumplir 20 años, en aquella preciosa edición de la Universidad de Guanajuato, su poderosa poesía se instaló para siempre en mi alma. Desde ahí sigue desgarrando y seduciendo y, como lo hace la gran poesía, sigue endulzando el muñón al desprender el brazo”.

Para llegar a la poética Lizalde -dice categórico- hay que merecerla. Porque una gran parte de ella entra por los ojos y se apropia del ser: lo sacude, lo violenta, lo hace ver más allá de donde antes miraba; lo enriquece, lo hace una persona más completa como individuo. Aquellos que no “reconozcan” ni “entiendan” los misterios y las riquezas del lenguaje, ni modo, ellos se lo pierden, no hay que lamentarlo demasiado, pasarán por la vida sin reconocer que tienen un alma o, peor, sin saber que tienen una.

Dicho lo anterior, con la generosidad que le caracteriza, Bartolomé comparte un homenaje personal a Lizalde.

HUELLAS DEL TIGRE
Hay un libro en la casa que desgarra por dentro al que lo mira
y tiene zarpas crueles para el que lo espía
y sólo puede herir por dentro
y es enorme

No obstante su sobria brevedad
de edición universitaria y guanajuatense
es más grande y de peso específico mayor
que otros libros gordos de carniceros poetíferos de muy distinta especie

Lo mantengo a distancia para que no me hiera
Lo deletreo de lejos
Lo miro desplazarse:
puro músculo y nervio bajo su cárcel de barras negras y doradas
pura lava feroz que se pasea
en una sola arteria palpitante de sangre y bilis negra

Masca la rosa de los vientos entre sus fauces
y va de un lado a otro
hacia cada rincón —oh Hipócrates— de los cuatro humores cardinales
y hacia allá vamos todos
siguiendo dócilmente las huellas de la zarpa
en el alma.


Efraín Bartolomé