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culturas

Eduardo Lizalde celebra el triunfo de la palabra

Recién galardonado con el Premio Carlos Fuentes por ser "el poeta vivo más importante de México y uno de los más notables de la lengua española", Lizalde celebra el triunfo de la palabra: "no me hace falta nada".
Eduardo Bautista
09 noviembre 2016 0:57 Última actualización 09 noviembre 2016 5:0
Eduardo Lizalde es sarcástico, mordaz, satírico. (Óscar Castro)

Eduardo Lizalde es sarcástico, mordaz, satírico. (Óscar Castro)

Su voz grave evoca a un felino. Un felino que habla como si escribiese. Eduardo Lizalde es un declamador nato. Sus respuestas, como sus poemas, no están exentas de musicalidad y armonía. Su felicidad es mesurada, pero sincera a pocas horas de enterarse que ganó el Premio Internacional Carlos Fuentes a la Creación Literaria en Español 2016, por ser “el poeta vivo más importante de México y uno de los más notables de la lengua española”.

A sus 87 años se siente viejo y satisfecho con su obra: “no me puede hacer falta nada. El poeta nunca sabe en qué momento está realizado o cuál es su etapa de mejor producción”.

Lizalde se coló a la tradición bárdica mexicana en 1970, cuando publicó su obra insignia El tigre en la casa. Nunca se ha sentido un poeta nato. “En la vida, el hombre encuentra muchas vocaciones. Yo estudié música y filosofía, y de pronto me encuentro con que una parte de lo que escribo resulta ser lo más significativo”, dice.

El actual miembro de la Academia Mexicana de la Lengua está consciente de lo circunstancial que es la vida. Su padre le enseñó a dibujar desde muy pequeño. Don Juan Lizalde había estudiado pintura en San Carlos. Era, además, muy hábil para la carpintería; fue él quien construyó los muebles de la casa de la colonia Portales en la que Eduardo vivió su infancia. Tiempo después, en su Autobiografía de un fracaso (1981), el poeta reconocería su torpeza manual: “el que era un preparatoriano campeón de las cátedras literarias se hallaba a los 25 filosóficamente indigesto, desordenado y desorientado. Era ya un viejo aprendiz de cantante, pésimo pintor y poeta deplorable”.

Así es Eduardo Lizalde: sarcástico, mordaz, satírico. “Hay ironía en toda la gran literatura del mundo, desde la Biblia hasta nuestros días”, sostiene. Góngora, Quevedo, Kafka, Joyce, Baudelaire. Todos, dice, han adoptado una postura de escepticismo ante el mundo que los rodea.

“La poesía es una de las tareas que todo escritor debe realizar si quiere iniciar su andar por el camino de las letras”, asegura. Y lamenta que este género no tenga tanta recepción de las grandes masas como la narrativa.

El galardón, consistente en un diploma, una obra de Vicente Rojo y 250 mil dólares, le fue otorgado por la UNAM y la Secretaría de Cultura. El jurado estuvo conformado por Roger Bartra, Vicente Quirarte, Sergio Ramírez, Jaime Labastida y Juan Luis Cebrián.

“Este premio representa otro triunfo de la poesía mexicana, una de las expresiones artísticas más sólidas de nuestra nación, desde Nezahualcóyotl hasta Sor Juana y los contemporáneos”, comenta Quirarte. “Lizalde merece ser conocido más allá de nuestras fronteras. Sorprende la vigencia de su obra. Sus versos nos arrancan la piel y nos vulneran el alma”.

Bartra no duda en definirlo como el mejor poeta de América Latina. Asegura que su capacidad para amalgamar el lenguaje coloquial y refinado es única. El tigre en la casa, dice, es el ejemplo de la belleza con la que se pueden explorar los sentimientos humanos.
“Lizalde insiste en que el gran arte consiste en la búsqueda de la grandeza para llegar a esa difícil sencillez de la que hablaba Neruda”, refiere Quirarte.

Pese a la tecnología y los bajos índices de lectura, El Tigre seguirá usando las palabras como ataúdes de sus temores y esperanzas: “No existe una crisis de lenguaje, pues éste se desarrolla como un río que se transforma con el paso del tiempo. El lenguaje está compuesto por la herencia histórica, contemporánea y el futuro que nos amenaza con obras nuevas. Se produce en la realidad, en el habla popular, no en la literatura”.

Charlie Brown en la loma
(Tango de otro viudo)

En la noche asesina, y solo en el montículo,
¡qué soledad a veces, Charlie, pavorosa!,
con casa llena,
y ya en la parte baja de la octava,
y tirando wild pitch —uno tras otro—,
salvaje, eterna soledad, de veras.
Cósmica soledad del lanzador al centro del diamante.
Una mirada al fondo, de ratón acorralado:
toleteros veloces, atentos y enemigos
y tristes jardineros fraternales
a los que ciega el sol bajo las bardas.
Solar, nocturna jornada interminable.
Al frente, el bateador,
la noche arriba.
Lluevan, cielos,
derrúmbense las nieblas sobre el parque.
Viudo en la loma,
como bajo la ducha de esa infancia
que dejábamos ya, soñando en altas diosas
o primas ruborosas e imposibles,
y haciéndose una horrible, deprimente puñeta
en la mañana,
¡qué soledad, de veras, Charlie!
—y falla el doble play, para acabarla.