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Edgar Chías replantea su dramaturgia

El dramaturgo Edgar Chías da un giro de tuerca a sus letras hacia lo luminoso. Su escritura, hasta ahora punzante, descarnada; un espejo de la ansiedad citadina, cede el paso a un discurso esperanzador.
Rosario Reyes
01 agosto 2016 21:43 Última actualización 02 agosto 2016 5:0
La semilla es el título de su nueva pieza, que estrenará en agosto del año entrante en el Centro Cultural del Bosque. (Erick Retana)

"La semilla" es el título de su nueva pieza, que estrenará en agosto del año entrante en el Centro Cultural del Bosque. (Erick Retana)

Edgar Chías vive un momento de ruptura. Su escritura, hasta ahora punzante, descarnada; un espejo de la ansiedad citadina, cede el paso a un discurso esperanzador.

“No niego la oscuridad y los momentos terribles que aparecen en algunas de mis obras, pero quiero plantear la posibilidad de una reconciliación con el pasado terrible”, dice en entrevista.

La semilla es el título de su nueva pieza, que estrenará en agosto del año entrante en el Centro Cultural del Bosque. En ella trabajaba cuando recibió la noticia de que había ganado el Premio de Dramaturgia Juan Ruiz de Alarcón.

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(Braulio Tenorio)

“Es una historia de amor complicado, pero la idea es que el personaje está tratando de permitirse la posibilidad de otro futuro. Pienso que como la violencia ya se adueñó de todos los espacios de visibilidad, en el teatro deberíamos proponer otro tipo de imaginarios que tengan que ver más con ayudarnos a entender que hay mejores relaciones en el mundo”.

Tras dedicarse a crear una obra enfocada a lo que él llama “pliegues no agradables de la realidad”, en la que el humor negro matiza su crudeza, el autor apuesta por una visión más luminosa porque, dice, en gran medida su propia historia de vida lo ha sido también.

Su destino cambió cuando el terremoto de 1985 derrumbó su casa en Tepito. “Estaba un poco obligado por mi entorno a hacer otra cosa, la mayoría de los chicos con los que estudié la primaria terminaron mal, pero tuve una enorme oportunidad, gracias a que en la secundaria ya había conocido el teatro y me abrió un panorama muy distinto al que reflejaba mi entorno más inmediato”, cuenta.

“Mi experiencia vital está relacionada con los entornos urbanos, escribo de lo que me toca ver. Ya como un detalle que revela mi tendencia a hablar de ciertos pliegues oscuros o poco gratos de la realidad. Diré que tiene que ver con que crecí en el mero Tepito. De niño me tocó ver cosas violentísimas; tengo una obra al respecto, que se llama Crack o de las cosas sin nombre. Aunque trato de alejarme de estos entornos, vuelven a mí porque forman parte de la realidad que me tocó. Sin embargo, no soy un pesimista”.

Salió del barrio con 12 años. Ahora sus obras se montan en importantes escenarios de México y han llegado a Europa y Estados Unidos.

Tres de ellas coinciden en la cartelera de esta capital. En las montañas azules, que se presenta en el Foro Shakespeare y trata sobre la escasez de agua en la Ciudad de México. También acaba de estrenar Esto no es Dinamarca, en el Museo del Chopo; una versión de Hamlet que define como “un pretexto para diseccionar con un aliento distinto la realidad mexicana”. El título que está por comenzar temporada a partir del 10 de agosto es Sutil, que bajo la dirección de Diego del Río estará en el Teatro Juan Ruiz de Alarcón como parte del Dramafest. Con el terrorismo como telón de fondo, la obra cuenta la historia de tres personas de distintos países que coinciden en un atentado en Europa.

EMBLEMA DE LA “NARRATURGIA”
La búsqueda formal de Chías pasó de la descalificación al reconocimiento. Es el primer autor de su generación en ser distinguido con el premio Juan Ruiz de Alarcón.

“Es una señal de que nuestros pares comienzan a reconocernos a otro nivel. Mi obra se caracteriza por ser mal portada -por sus asuntos y por sus formas-, y es muy bueno para mi corazón recibir este reconocimiento porque pienso que este trayecto de desobediencia ha tenido sentido”, comenta.

En los inicios de su trayectoria, sus maestros –y detractores- bautizaron como “narraturgia” la forma de escritura de una generación emergente. Durante casi dos décadas, esta definición de su trabajo le ha provocado sentimientos encontrados.

“Cuando algunos de mis colegas y yo nos dimos licencias formales porque queríamos ver a los actores en otro tipo de actividad emotiva y mental para resolver ciertos problemas en escena, como que hablaran directamente al público, sin fingir un personaje, nuestros maestros nos regañaban, un poco descalificando nuestros intentos, y de manera jocosa usaron esta palabra para decirnos que ni escribíamos cuentos, ni escribíamos teatro, que lo que hacíamos estaba raro y estaba mal”, dice.

La polémica sobre el término se aplacó cuando el autor valenciano José Sanchís lo reivindicó, al encontrar que en la tradición teatral había otros autores que usaron esos recursos en otros países y en otras lenguas. “Lo preocupante ahora es la repetición. A mí me ha tocado ser jurado en varios concursos de dramaturgia y la cantidad de autores que hacen suyo ese recurso es muy grande”.