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E-book, mutación en busca de experiencias

La digitalización fue el primer paso para adaptar el papel a la pantalla. El libro, ante todo, es continente y contenido. Y cuando el primero se transforma, lo que vive dentro debe migrar. Adaptarse para no morir.
Eduardo Bautista
13 junio 2017 22:1 Última actualización 14 junio 2017 5:0
En México, la facturación de libros electrónicos alcanzó los 97 millones de pesos en 2015. (Especial)

En México, la facturación de libros electrónicos alcanzó los 97 millones de pesos en 2015. (Especial)

¿Un archivo que pesa cinco megabytes y que requiere de un teléfono inteligente para ser leído debería seguir llamándose libro? ¿Una Big Data que almacena las publicaciones de todo el mundo es una biblioteca? ¿Una página web que gestiona, recomienda y vende libros es una librería?

A más de 600 años de su creación, el invento de Gutenberg se enfrenta a nuevos paradigmas de alcances aún desconocidos. El libro, ante todo, es continente y contenido. Y cuando el primero se transforma, lo que vive dentro debe migrar. Adaptarse para no morir.

Así es como explica Claudia Reyes, project manager de CONTEC México —una iniciativa de la Feria Internacional del Libro de Frankfurt que pretende unir el mundo del libro con las nuevas tecnologías, y que llega al país por primera vez hoy y mañana al Centro de Cultura Digital—los cambios que ha sufrido la industria editorial desde 1993, año en el que apareció el primer libro electrónico.

Esto no quiere decir que el libro en papel desaparecerá. Al contrario, dice Reyes: hay que apuntar hacia un mercado transmedia en el que coexista la tapa dura con el storytelling —un formato en el que la literatura convive con las artes visuales e incluso con videojuegos—; el libro objeto más caro con el ePub más económico; la librería más selecta con el inabarcable universo de Amazon.

“La adaptación del libro al mundo digital es inevitable. Y ni siquiera se trata de una migración; esa ya sucedió cuando los organismos y las editoriales digitalizaron sus acervos impresos. Lo que viene es más complejo. Necesitamos pasar de la digitalización a la verdadera experiencia digital. Cambiar la experiencia lectora con elementos multimedia. Ya tenemos los soportes tecnológicos, pero, ¿cómo los utilizaremos para construir un nuevo modelo económico de producción editorial?”, reflexiona.

Para ella, fenómenos como la autoedición —la mitad de los títulos más vendidos de Amazon son autoeditados—, el storytelling o el surgimiento de plataformas editoriales 100 por ciento digitales —como Beemgee, en Alemania, o Malaletra, en México— demuestran que el futuro del mercado se halla en el continente cibernético, que tampoco ha sido, hasta ahora, la tierra de la abundancia que muchos prometieron.

COMPORTAMIENTOS DEL MERCADO
En el Reino Unido, las ventas de e-books cayeron 17 por ciento, su nivel más bajo desde 2011, debido al alza de los precios —de hasta 7 por ciento en 2016— y al aumento de enfermedades como la miopía o la vista cansada entre los lectores de dispositivos digitales como Kindle, según el último informe de The Publishers Association, emitido en abril pasado.

Algo similar sucedió en Estados Unidos, donde los ingresos de los libros digitales cayeron 16.4 por ciento en 2016 con respecto a 2015, de acuerdo con el último reporte de la Asociación Americana de Editores, publicado en el mismo mes.

El universo iberoamericano luce menos sombrío. Las ventas de libros electrónicos en español repuntaron 6.7 por ciento en 2016 con respecto al año anterior, según el Último Reporte Anual del Libro Digital, elaborado por Libranda, la mayor distribuidora de e-books en este idioma, con un catálogo de 58 mil títulos. España ocupa el 62.2 por ciento de este mercado. Le sigue México, con 13.2 por ciento, y Estados Unidos, con 11.4 por ciento.

Un hecho que dificulta la medición de este mercado es la falta de obligatoriedad de ISBN. Álvaro Jasso, fundador de Malaletra, explica que, “en teoría, debe haber uno por formato (ePub o Mobi), pero como en Amazon no es requisito, muchos no cuentan con registro, sobre todo los libros auto publicados o de sellos pequeños”.

En México, la facturación de libros electrónicos alcanzó los 97 millones de pesos en 2015, lo que representó un incremento de 123 por ciento con respecto al año anterior, según el último informe de la Cámara Nacional de la Industria Editorial. Sin embargo, esta cantidad de dinero sólo representa el 0.9 por ciento del mercado nacional, en el que se mueven alrededor de 10 mil 380 millones de pesos -casi la misma cantidad que recibió el Instituto Nacional Electoral este año-.

“A nivel Iberoamérica hay muchas propuestas, pero estamos atrasados años luz del mercado anglosajón, francés o alemán. En México hay empresas como Nieve de Chamoy, StoryLab o incluso el propio Centro Multimedia (del Centro Nacional de las Artes) que proponen un nuevo modelo de producción completamente digital, pero desgraciadamente Latinoamérica siempre ha sido consumidor de tecnología, por lo cual estamos acostumbrados a cambiar todo por el modelo más reciente, no a crear uno nuevo”, apunta Reyes.

UNA APUESTA MESURADA
Ese es justamente uno de los objetivos de CONTEC, señala Reyes: acercar el mercado editorial nacional a startups de todo el orbe, como Beemgee y Oolipo, ambas alemanas y especializadas en storytelling, un nuevo formato de narración en el que los libros ya no son sólo eso, sino historias multimedia que combinan literatura, música, cine, videojuegos y muchas disciplinas más. Oolipo, por ejemplo, apuesta por el libro en papel, pero lo enriquece con una gama de medios electrónicos.

Y es que en América Latina, incluso las grandes editoriales apuestan por los libros electrónicos con mesura, advierte Reyes. “Podemos pensar que las fronteras no existen en el mundo digital, pero lo que vemos es que Random House hizo una alianza con Caligrama (un sello que promueve la autoedición y la experiencia digital) sólo para España, dejando afuera a Latinoamérica. Primero quieren probar en un segmento, sin tomar muchos riesgos. Y eso lo hacen las editoriales grandes, no las pequeñas. Aún estamos en el terreno de la experimentación. Incluso el conflicto viene desde el concepto: no deberíamos llamarle ‘libro’ a algo que ya no lo es”.