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Dos visiones mexicanas de Proust

01 febrero 2014 9:49 Última actualización 14 noviembre 2013 5:2

  [Hoy que se cumplen cien años de la salida a las librerías de Por el camino de Swann; vale la pena recordar lo que Julio Torri y Octavio Paz observaron en la obra de Marcel Proust / Cortesía]


 
La de Julio Torri
 
a Epopeya de los celos y el snobismo. Paul Veléry es acaso el genio del ayer en las letras francesas. Gide tuvo sus partidarios apasionados, y Claudel, sus decoros fervorosos. Alain –un ensayista de la estirpe de Montaigne, Pascal y Vauvenargues- es menos apreciado del gran público, pero no menos digno de estigma.
 
El último genio reconocido y admirado universalmente es Marcel Proust, cuya excelsa cumbre aún domina las letras francesas y acaso también las europeas.
 
Proust pudo haber comenzado su gran obra A la búsque da del tiempo ido diciendo: “¡Canta, oh Musa, los celos y el snobismo…”
 
Mago que evoca para nosotros en el mundo de sus fumigaciones su vida mundana; nuevo Orfeo que intrépido y amadas, de la Eurídice incorruptible y resplandeciente, de las horas vividas; que en insistentes tentativas acaba por crear, para regalo de nuestros sentidos e inteligencia, una realidad exuberante, llena de cambiantes reflejos, con perdurables y acariciadoras resonancias, plena, multiforme, total.
 
A las gentes que han desempeñado gran papel en nuestra vida acabamos por agregar, en el recuerdo –con la huella de lo que más hondamente remueve nuestra sensibilidad y agita la inteligencia-, los personajes de A la búsqueda del tiempo ido: la duquesa de Guermantes, hada mundana llena de sutileza, tan femenina ante la pasión que Marcel abriga por ella, como real en su misma indolencia para servir a los demás. El barón de Charlus, alma medieval con extrañas inclinaciones; famoso tipo por sus pasiones, sus cortantes exabruptos, su calidad exquisita de arbiter elegantiarum en los círculos más exclusivos e inexpugnables. El modelo real de Charlus fue el conde Robert de Montesquiou Fesanzac poeta y mecenas de grandes maestros del arte moderno. Madame de Villeparisis, gran señora a quien no se recibe, por su liaison con el ex embajador Norpois, conceptuoso, trivial y ejemplar en ultimo termino de muchos gloriosos hombres de Estado.
 
La abuela del protagonista, tan humana, tan gran corazón, tiene algo de homérico en su naturaleza. Sólo viejas familias burguesas suministran esos admirables ejemplares de señoras que resumen en sí tanta experiencia del mundo y tanta bondad. Y Swann, inteligente, certero crítico en achaque de pintura, que exorna sus sentimientos descubriendo en Odette ademanes y actitudes de las ondulantes figuras de Botticelli. El pobre Swann vivirá las horas más patéticas de este tiempo evocado.
 
En Proust sentimos, al precisar un modo de saludar propio de Saint-Loup, o al individualizar una suerte de ingenio privativa de los Guermantes, que nos extraviamos, que finalmente perdimos el hilo vago que nos guiaba, que hemos embarrancado en el pormenor singularmente engrandecido por una lente maravillosa, iluminado por intensísimo reflector. Pero luego reanudamos el camino ágilmente: de nuevo tomamos a orientarnos; todo vuelve a desplazarse y a animarse; los personajes se desenvuelven en direcciones imprevistas; evolucionan no solamente en el plano social, sino que también se mudan en su naturaleza íntima bajo el influjo de ciertos seres (de Odette, en el caso de Swann; lejos de Rachel, a propósito de Saint-Loup). Y así se va desarrollando la acción, con lentitud pero sin reposo, en una especie de polifonía wagneriana; y el alma del lector se anega en algo como deleite musical. Este ritmo en Proust, en que se esclarecen todas las complejidades y se revela hasta lo mediumnímico que es aún la expresión del rostro menos vigilado por la conciencia, este ritmo, repito, me parece lo más parecido al de la vida misma, que recuerdo en libros modernos. En este andar sin premura y sin descanso se va descubriendo en efecto una enmarañada madeja de móviles en el menor acto, y sondeando provechosamente en las voliciones de los héroes. Nada es casual en el mundo proustiano. Aun la errónea pronunciación con que la Cambremer cita un apellido procede de la imitación de alguno a quien la snob provinciana creyó enterado de las bogas parisienses. Lo indefinible que singulariza una actitud habitual, algo aparentemente sin significación, una presentación por ejemplo, es a menudo un signo atávico. La manifestación casi zoológica del contento en el bravo doctor Cottard existe menos depurada en algún otro miembro de su familia, en el primo René, verbigracia. Proust lo nota, lo apunta, lo consigna todo: siempre hay algo insignificante en apariencia, inconsistente en el sujeto, que lo revela e individualiza, y que lo relaciona con los suyos en las diversas generaciones.
 
De nada aprovechan aquí los conceptos de real e ideal. La vida analizada de este modo resulta ser lo más bello y poético que pueda darse. Muchas páginas de estos libros inmortales encierran más poesía pura o de la mejor ley, para ser más exactos, que las obras completas de algunos versificadores contemporáneos. Hay aquí en efecto un hervir de sentimientos y pasiones de todo orden: de Marcel por Gilberta, por la duquesa de Guermantes, por Albertina; de Swann por Odette; de Saint-Loup por Rachel; de Charlus…
 
Desde la hipocresía venial que implican los buenos modales hasta el misterio fatal con que un alma se siente atraída por otra; cuanto hay tras las relaciones sociales y en torno al comercio de los hombres, Proust lo percibe y exhibe de modo incomparable. Nadie acaso ha estudiado desde Thackeray para acá, como Proust, el snobismo y sus punzantes y variadísimos tormentos. Amistades, inclinaciones, simpatías, odios, sentimientos filiales, de todos los matices y voltajes. Y un exaltado amor por la naturaleza, una comunicación íntima con ella, revelados por toda la obra en gran variedad de paisajes, desde los jardines de ninfeas en el Vivonne hasta las marinas de Balbec, con tardes de formidables tormentas.
 
En Proust hay una variedad y una grandeza de comparaciones verdaderamente homéricas. Abro al azar un libro de A la Recherche… y hallo una de tantas bellas muestras que pueden aducirse para corroborarlo: “Semejante al marinero que ve bien el muelle donde amarrar su barca, sacudida sin embargo aún por las olas, tenía yo el propósito claro de mirar la hora y de levantarme, pero mi cuerpo era a todo instante rechazado en el sueño”.
 
Biblia de nuestro tiempo; clave para entender el complicado mundo moderno; alfabeto mágico que nos permite leer en cerebros y corazones cuanto es posible hallar en ellos; Ilíada de nuestra edad, refinadamente aristocrática, como la otra y en que palpita y se afana toda una sociedad infinitamente variada.