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Donelli y Donovan, dos pesadillas históricas para el Tri

Mañana nuevamente se producirá una enemistad entre México y Estados Unidos, pero será por un boleto para la Copa Confederación que se disputará en Rusia 2017. 
Mauricio Mejía
08 octubre 2015 23:0 Última actualización 09 octubre 2015 5:0
Landon Donovan es el máximo goleador de Estados Unidos. (Facebook)

Donovan pertenecería a una generación estadounidense que no temería a la percha mexicana en la zona Centro, Norte y del Caribe de la FIFA. (Archivo)

Todo comienza en Morgan, Pennsylvania, en 1907. Le nombran Aldo, por la ascendencia italiana de la familia. Con el tiempo será una bifurcación continua. Morirá en Fort Lauderdale, Florida, en 1994 (año en que Estados Unidos realiza su primera Copa del Mundo de Futbol; toda vida es, siempre, una ironía numérica), a la edad de 87 años. Los generales se han limitado, lo que importa es lo que sucedió entre ese comienzo y el próximo final, una vida.

Aldo Teo (algo de Van Gogh, viene bien al relato) Donelli tuvo una fortaleza física peculiar. Le llamaron El Búfalo. En tierra de búfalos el nickname es un tributo que raya en la hipérbole. Estudió en la Universidad Duquesne de esa región de italianos e irlandeses. Cuando el futbol soccer era una faena para bárbaros en Estados Unidos, él quiso someterse al escrutinio de la pelota y de las áreas. Jugó al soccer, el calcio, en sus años primaverales. En 1934 fue incluido en el equipo estadunidense que jugaría el partido de matar o morir (como el de mañana) contra México en el Estadio Nacional de Roma. Benito Mussolini (que debía el nombre a la admiración que el padre sentía por Juárez, el héroe de la Reforma mexicana) decidió que tres días antes de la inauguración del Mundial italiano mexicanos y estadunidenses jugaran un playoff para dirimir el pase al gran certamen. Il Duce, hábil (no tanto, como se supo después) en asuntos de la Realpolitik confiaba en que los mexicanos ganaran por prosapia el duelo ante unos “yanquis” casi nuevos en el trato de la pelota. No contaba con el destino.

Setenta y cinco años después del nacimiento de Donelli, en 1982, vio la luz Landon Donovan, quien, sin saberlo, sería una versión remasterizada del astro del 34. Pertenecería a la nueva apuesta para el futbol. Se graduaría en la casa de residencia que estrenaría la Federación Estadunidense de Futbol para la promoción del juego más popular del planeta, en el que vislumbraría una forma jugosa de negocio: una nueva liga. Y un plan maestro: ganar lo antes posible el Mundial. Donovan debutaría con las inferiores en el infantil del 99, sería figura del Galaxy, ganaría cuatro Copas Oro y participaría en tres Copas del Mundo.

El equipo mexicano de aquel 34, comandado por Rafael Garza Gutiérrez, al que llamaban Récord, contaba entre sus filas a Nicho Mejía, Felipe Rosas, Fernando Marcos y Trompito Carreño. La aplastante victoria ante Cuba en el juego previo en la capital mexicana daba esperanzas de que las cosas funcionaran en la Ciudad de Dios. La esperanza es una zanahoria que pocas veces es alcanzada por el conejo; se supo después.

Donelli, que usurpaba el nombre de una marca de calcetines muy popular en México, llegó a Roma con la intención de hacer más decorosa la eventual derrota estadunidense. Pero aquel 24 de mayo la providencia abrió el área grande con un pase de casi un siglo. Los mexicanos se pusieron adelante con gol de Manuel Alonso. Los estadunidenses, parcos y prácticos, se volvieron ofensivos. Y con cuatro contragolpes acabaron a una zaga mexicana pusilánime hasta la portería.

Donelli anotó cuatro goles; México entero, dos. Fue la primera vez que los vecinos se distanciaron en sobre la geografía del césped. El western terminó con una goleada de 7-1 de Italia (ay, Il Duce) sobre el equipo del Tío Sam, como le llamaban entonces cuando los ismos. Cierto: el gol americano fue de…Donelli.

El astro llegó una esquina de la vida. Dobló a la derecha. Dejó el soccer y se dedicó al football; al futbol americano, pues. Dirigió al equipo de su universidad entre 1939 y el 42. Luego a la de Boston, entre el 47 y el 56, y a la Columbia entre 57 y el 67. ¿Su récord universitario? 105 ganados, 107 perdidos y ocho empates. También fue head coach en la vieja NFL: con los Acereros de Pittsburgh (1941) y con los Carneros de Cleveland (1944). ¿Su marca en el emparillado profesional? Cuatro ganados, 11 perdidos. Lo suyo no era suyo.

Donovan pertenecería a una generación estadunidense que no temería a la percha mexicana en la zona Centro, Norte y del Caribe de la FIFA. Después del Mundial del 94 vencerían al equipo verde en casi todos los certámenes oficiales, incluida la Copa del Mundo de 2002, en los octavos de final en Corea. Solamente el estadio Azteca ha quedado imbatible en el asedio del Norte al sur del Bravo. Mañana americanos y mexicanos (ajenos a las cláusulas del Plan de Guadalupe Hidalgo) se someterán a un nuevo juicio: el ganador del playoff, casi como el de Roma, asistirá a la Copa Confederaciones. Con técnico alemán, los primeros, y con un mexicano de origen brasileño, los segundos, debatirán la incómoda relación de ser vecinos y distantes.