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Doble mortal, las letras y la arquitectura pierden dos pilares

Zaha Hadid, premio Pritzker, e Imre Kertész, Nobel de Literatura. Ella, la mujer más importante de la arquitectura en el mundo. Un fenómeno. Él, dedicó el resto de su vida a escudriñar la experiencia del mal absoluto a partir del nazismo.
Redacción
31 marzo 2016 22:21 Última actualización 01 abril 2016 5:0
La arquitectura y la literatura se unen en su pena. (Especial)

La arquitectura y la literatura se unen en una misma pena. (Especial)

Era la mujer más importante de la arquitectura en el mundo. Un fenómeno. A Zaha Hadid le tomó sólo 10 años conseguir el Pritzker desde que construyó su primer edificio, la estación de bomberos Vitra, en Alemania (1993-1994).

Su trayectoria -cortada de tajo ayer, a los 65 años, cuando falleció de un paro cardiaco en Miami tras ser hospitalizada por una bronquitis- fue un monumento a la resistencia. Cuestiones de género a las que aludió sin empacho en diversas entrevistas quien fue la primera mujer en recibir el máximo reconocimiento en su ámbito. Una distinción que sólo ha sido otorgada a otra arquitecta, la japonesa Kazuo Sejima, quien lo obtuvo al alimón con el artista Ryue Nishizawa.

Nacida en Bagdad y cobijada bajo la nacionalidad británica, la discípula de Rem Koolhas y Elia Zenghelis fue una revolucionaria.

“¿Por qué tenemos que construirlo todo a 90 grados si existen más maneras de hacerlo?, se preguntaba siempre. A partir de aquí ella comienza con una arquitectura de curvas, que en los últimos años ha tenido un desarrollo tremendo, sobre todo en la región de donde ella procede”, explica Miquel Adrià, fundador de la revista Arquine.

El ánimo deconstructivista de Hadid detonó procesos más allá de lo formal: al tiempo que abrió caminos en la arquitectura, su impacto social en el mundo árabe permitió atraer a mujeres musulmanas, como ella, a la disciplina.

Desde su despacho londinense, que tiene proyectos en los cinco continentes y se encuentra en plena expansión, extendió los límites de la arquitectura antes de que lo hiciera Frank Gehry, a quien, no sin ironía, reconocía en su calidad de autoridad masculina como el gran pionero en ese terreno.

“El Guggenheim (de Bilbao) abrió la puerta. Tenía que abrirla un hombre. A mí no me hubieran dejado. Por eso estoy agradecida. Gracias a ese proyecto he podido construir”, dijo a El País.

Finalmente el medio se rindió ante su transgresora concepción de la geometría arquitectónica. De sus principios de ruptura, máxima presente en todo su cuerpo de obra, dan cuenta sus edificios más emblemáticos, como la Ópera de Guangzhou (2005-2010) –en cuyo concurso fue contrincante de su mentor-, conocido como Dos piedras porque su forma poligónica remite a esa imagen, a la orilla del Río de las Perlas.

Su desafío de ejes, líneas y volúmenes está asimismo en el Centro de Arte Contemporáneo de Cincinnatti, y en edificaciones ondulantes como el Centro Acuático para los Juegos Olímpicos de Londres o el Centro Heydar Aliyev, en Baki, Azerbaiyán. También estaba presente en su primer proyecto en México, Esfera City Center, un residencial de 12 torres que diseñó para la ciudad de Monterrey; y en el de la Casa de Ópera de Cardiff, cuyo concurso ganó en la década de los 90, aunque -polémica de pormedio- la obra le fue concedida después a uno de sus competidores, Norman Foster.

EL NO CREYENTE QUE AUSCHWITZ TRANSFORMÓ EN JUDÍO
Vivir es conformarse.

Esta fue la verdad que Imre Kertész descubrió por sí mismo siendo un niño, cuando -en sus propias palabras- todavía tenía una cierta confianza en la vida. Lo supo en las barracas de los campos de exterminio donde vivió también sus momentos “más radicales de felicidad”.

“No pueden imaginarse cómo es que le permitan a uno tumbarse en el hospital del campo, o tener un descanso de 10 minutos de un trabajo indescriptible”, dijo a la revista Newsweek en una entrevista en 2002.

“Estar muy cerca de la muerte es también una cierta felicidad. Simplemente sobrevivir se convierte en la mayor libertad de todas”.

Después de una larga lucha contra la enfermedad de Parkinson, el autor de Sin destino (Acantilado) murió ayer en casa, en su natal Budapest, a las 4 de la madrugada. Tenía 86 años; le sobrevive su segunda esposa, Magda.

Su destino -ése que negó en su obra literaria más conocida, considerada tabú por algún tiempo en su país- le reservó laureles más vastos que los de un sobreviviente.

Aquel chico húngaro dedicó el resto de su vida a escudriñar la experiencia del mal absoluto a partir del nazismo. Y se ganó un Nobel.
“Soy un judío no creyente”, dijo en una entrevista. “Pero como judío fui llevado a Auschwitz. Formo parte de esos judíos a los que Auschwitz transformó en judíos”.

Su obra -que sólo cobró visibilidad internacional a gran escala después de recibir el Nobel- no es cuantiosa, pero la lucidez de una escritura aséptica y precisa en la descripción del Holocausto la ha colocado como una piedra fundamental de la literatura del siglo XX y ha sido considerada como un estudio de los regímenes represores.

Kertész fue el primer escritor de su país en obtener la máxima distinción en el campo de la Literatura, en 2002.

Conoció el mal en 1944, cuando con 14 años fue aprehendido en la capital húngara por la policía y deportado a Polonia. Lo peor comenzó a su salida de los campos de concentración, en 1945. Al llegar a casa, el departamento en que vivía estaba vacío. Todos los suyos, muertos.

En una carta dirigida ayer a la familia del escritor y periodista, el presidente húngaro Janos Ader describió su vida como “un regalo” que permitió ver con una agudeza sin igual la naturaleza de las dictaduras, en “la edad de la irracionalidad’. “Nos enseñó que no deberíamos olvidar nada sobre nuestro pasado porque todo pertenece a nuestro destino común, nuestro ‘sin destino’ común”.

Kertész también fue homenajeado en Alemania, donde residió por varios años antes de regresar a Hungría, en 2013, y donde dejó su archivo, que donó a la Academia de las Artes de Berlín.