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CULTURAS

'Dizzy' Gillespie, el diablo fuerte del 'bebop'

Uno de los más grandes trompetistas de la historia del jazz cumpliría 100 años mañana y aquí contamos de una violenta confrontación que incluyó un escupitajo en un escenario.
María Eugenia Sevilla
19 octubre 2017 22:12 Última actualización 20 octubre 2017 5:0
dizzy gillespie

(Especial)

Por primera vez en nueve años, Dizzy Gillespie perdió los estribos. Con la ligereza de sus 23, le pegó una corretiza al director de orquesta, Cab Calloway, por el backstage del teatro Estatal de Hartford y terminó por encajarle un cuchillo en el muslo.

Aquella pelea ventiló en ambos músicos las soterradas enseñanzas callejeras de su adolescencia. El primero creció en Cheraw, un pequeño pueblo de Carolina del Sur, donde los efluvios del esclavismo todavía soltaban sus aromas. El segundo, en el decadente e industrial Baltimore.

Sí, aún latía en Diz aquel muchacho hosco, que para defenderse primero pegaba y después preguntaba. O para desquitarse. Algo sabía del resentimiento. Su padre, albañil y músico de ocasión, lo golpeó religiosamente como parte de una estricta educación, hasta marcarle en el espíritu una cicatriz de rabia que tardó mucho en borrarse. Por fortuna, John Gillespie murió cuando el último y más talentoso de sus nueve hijos, el pequeño John Birks, tenía 10 años.

“Yo era un diablo, pero un diablo fuerte”, dijo en alguna ocasión, al recordar aquella violenta juventud que dio una vuelta de tuerca al cumplir los 14. Fue entonces cuando comenzó su matrimonio con la música. Se unió a la banda de la escuela. El idilio con el trombón, su primer instrumento, duró poco. Después de jugar un rato con la trompeta de un vecino, jamás cambiaría de compañera. Con ella transformó para siempre el rumbo del jazz; de ella surgieron, doradas, las primeras notas del bebop, como se llamó al quiebre de grandes bandas.

Con su quinteto, en 1966:


Todo comenzó en el Cotton Club de Nueva York.
A Cab Calloway le urgía un trompetista. Uno bueno, naturalmente. Acudió, como siempre, a su amigo Chu Berry. El saxofonista le habló de un jovencillo que tocaba con la banda de Teddy Hill y al que todos llamaban Dizzy, quien nunca tenía un dólar partido por la mitad. Así que el trabajo en la banda de Cab Calloway pareció caerle del cielo.

“Algunos le ayudábamos a veces”, narra el contrabajista Milt Hinton en su libro Playing the Changes: Milt Hinton’s Life in Stories and Photographs. “Recuerdo que le di cinco dólares una semana después de que se unió a la banda, para que plateara su boquilla; estaba tan gastada que le estaba arruinando los cachetes”. Esos que inflaba cual pez globo, generando el efecto de un fuelle extraordinario; un rasgo distintivo que -afirmó en una entrevista para el programa de TV One on One- era un defecto físico más que una cuestión de técnica.

Desde aquellos años de juventud, Dizzy sonaba distinto. Más allá de su época. Aunque todavía carecía de la destreza para llevar a cabo sus ideas musicales.

“Muchas veces lo oí empezar algún solo que simplemente no podía terminar”, escribe Hinton. Cuando eso pasaba, los músicos de mayor edad le hacían caras y Cab le soltaba un regaño: “¿Por qué no puedes tocar como el resto? ¿Por qué te equivocas tanto y sacas esos sonidos raros? ¡Toca como los demás!”.

Y el chico escuchaba, sentado en silencio, con la cabeza gacha.

En el verano de 1941 la orquesta viajó a Hatrtford, Connecticut, para dar una serie de conciertos dominicales en el Teatro Estatal. El famoso toquín que terminó con la salida definitiva del trompetista de aquel ensamble, uno de los más reconocidos en las décadas 30 y 40. Existen muchas versiones sobre lo que sucedió aquella tarde, pero Hinton estuvo ahí para contar la historia.

El contrabajista recuerda que él y su inseparable amigo habían ensayado juntos Girl of My Dreams. Regularmente Dizzy le ayudaba con sus solos y le instaba a extraer en el contrabajo esas armonías dislocadas tan suyas.

Su famosísima Salt Peanuts:


Cuando tocaba el turno a los Cab Jivers, que era “una banda dentro de la banda”, cuatro músicos se paraban al frente y el resto se mantenía en sus asientos, al fondo, con las luces apagadas. Un par de reflectores iluminaban a los protagonistas.

“Pero para cuando tocamos Girl of My Dreams, olvidé todo lo que Diz me había enseñado. Seguramente se me fue el solo. La pieza terminó y voltee hacia Diz, que estaba sentado en la oscuridad, para ver su reacción. Se estaba tapando la nariz con una mano y me saludaba con la otra; era claro lo que me decía: ‘¡Apestas!’”.

En ese preciso momento, cuenta Hinton, uno de los chicos lanzó un escupitajo al frente. Para mala suerte del espectáculo, de su director, y sobretodo de Dizzy, aquella cosa cayó justo bajo el haz del reflector, donde se encontraba Chu. Calloway, quien observaba el show desde bambalinas, vio el gesto de Diz y la flema que zurcó el aire. Nunca vio -como años después él mismo lo admitió-, quién la lanzó. Pero asumió que tenía el nombre del responsable.

Según Hinton, cuando la tocada terminó, de entre bastidores se escucharon gritos: “¡Lo volviste a hacer! Tus compañeros ahí, tocando para toda esa gente y tú desde atrás lanzando gargajos, como si estuvieras en la escuela! ¿Qué te pasa?”.

En esta ocasión, la cabeza de Diz permaneció erguida. “Fess… -así le decía a Calloway- Yo no fui”. Acusación y defensa rodaron una y otra vez. Calloway, vestido totalmente de blanco: “¡Yo te vi!”.

Una imperdible versión de 'A Night In Tunisia:


No lo hubiera dicho. Dizzy se aproximó y lo encaró muy cerca: “¡Eres un maldito mentiroso!”. Desde luego, el director no dejaba que ninguno de sus músicos se comportara de esa manera. Lo corrió. “¡Lárgate antes de que te abofetee!”, exclamó. La amenaza solo picó la cresta del joven. “¡No vas a hacer nada!”, le dijo al grandulón, que le llevaba 10 años. Antes de que el trompetista pudiera decir algo más, su cara se volteó de un lado a otro. El bofetón terminó por derramar la ira del genio.

“En un segundo, Diz tenía su cuchillo Case afuera y se lanzaba sobre Cab. Yo estaba a unos cuantos pies de distancia, cuando lanzó un movimiento hacia el estómago de Cab, pero le pegó en la mano y falló. Entonces Cab tomó a Diz de la muñeca y trató de quitarle el cuchillo”, narra Hinton.

En segundos, un par de músicos separaron a los combatientes y los llevaron a sus respectivos camerinos.

“Como a los 10 minutos, Cab bajó al salón donde estábamos todos con Diz, tratando de calmarlo. Cab llevaba aún su traje blanco, pero una de las piernas estaba cubierta de sangre, y llevaba una venda alrededor de la muñeca. Miró a Diz y le dijo: ‘Empaca tu trompeta y lárgate’”.
En un suspiro, el trompetista había desaparecido.

Cuando el autobús que transportaba a la orquesta regresó a Nueva York, Calloway fue el primero en bajar. Y ahí estaba Dizzy. Ofreció una disculpa. No obtuvo respuesta. El director tocó la palma del chico y se alejó sin expresar gesto alguno.

La anécdota dio la vuelta al mundo. Treinta años más tarde, algunos músicos de la vieja banda, Hinton entre ellos, asistieron a un concierto de Gillespie, quien montó un pequeño teatro. Los invitó a tocar, luego tomó el micrófono y preguntó: “¿Quién fue el que escupió?” Todos contestaron al unísono: “¡Yo no fui!”. De entre el público, Cab Calloway subió al escenario: “Sé que tú no fuiste”, le dijo a Dizzy. Se reconocieron en un abrazo.

Con respecto al verdadero culpable, hubo varias versiones: en su libro de memorias Of Minnie the Moocher and Me, Calloway culpó a Hinton, lo que le ganó a éste algunos comentarios negativos en la prensa pese al absurdo, pues él mismo estaba bajo el reflector. El primero en dar el verdadero crédito al autor fue el propio Gillespie, quien siempre supo quién fue. Dice Hinton que lo supo porque estaba sentado junto él en la sección de trompetas. Lo revela en su autobiografía, To be or not…To bop. Fue Jonah Jones, una sombra.