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¿Cómo opera el discurso en la era de la posverdad?

Uno de los grandes peligros en la era de la posverdad es que las personas tienden cada vez más a asumir como verdaderas informaciones que no lo son, sólo porque coinciden con su visión del mundo. 
Lady Prieta

Lady Prieta

La campaña viral de la cerveza Victoria contra el racismo y el discurso de Donald Trump tienen algo en común: ambos utilizaron un juego demagógico del lenguaje para lograr sus objetivos.

En ambos casos, asegura el analista de discursos políticos y columnista de Letras Libres, Luis Antonio Espino, se apeló al encono social y a la creación de un enemigo común para vender más cervezas y obtener más votos.

El republicano, señala, encontró en los inmigrantes mexicanos un enemigo a vencer para “hacer a América grande otra vez”; la empresa diseñó a un personaje —la modelo Carla Frías, bautizada en Internet como #LadyPrieta— para ser linchado en las redes sociales. De tez blanca, prepotente y racista, esta mujer azuzó los ánimos de la sociedad a pocos días de que se revelara un estudio del Inegi en el que se establecía que, mientras más claro es el color de piel, mayor es el nivel de estudios y la posición económica de los mexicanos.

Sí, la publicidad y la política son campos diferentes, pero lo relevante aquí, dice Espino, es la forma en la que los líderes tergiversan el lenguaje para conseguir notoriedad en un mundo sin ideologías que habita en el terreno de la posverdad.

___Los demagogos han existido desde los orígenes de la democracia; Pericles y Alcibíades en la Antigua Grecia. Alan Bullock definió a Hitler como el gran demagogo del siglo XX. ¿Pero cómo operan los discursos demagógicos de hoy?
Un discurso demagógico sucede cuando quien lo emite hace propios valores o emociones que no tiene o no siente para exaltar las emociones de la audiencia.

La demagogia contemporánea se puede observar en Donald Trump, un multimillonario que se asume como el campeón de los desposeídos. Durante su campaña, Trump visitó ciudades que en su vida había pisado. El discurso demagógico aprovecha los problemas sociales —como los bajos salarios, la desigualdad o la incertidumbre laboral— para un fin político determinado. Aunque se usen las mismas palabras, un mensaje sobre la brecha entre ricos y pobres no tendrá el mismo significado si lo dice Trump a si lo dice Sanders.

El discurso político necesita tres elementos: el racional (los argumentos lógicos), el emotivo (los argumentos al sentimiento) y el ethos (palabra griega que define la personalidad de quien emite el mensaje). Un demagogo se distingue cuando el último elemento no concuerda con los otros.

___Usted afirma que la publicidad también ha caído en estos juegos de simulación para obtener algo...
___El anuncio de cerveza Victoria jugó en el mundo de la posverdad, donde se apela a las emociones de la audiencia para desdibujar las fronteras entre lo falso y lo verdadero. Como nunca antes, la gente hoy está expuesta en sus pantallas a una infinidad de datos y estímulos. Esto provoca que asumamos como ciertas noticias que no lo son. Si el mensaje apela a la emoción, genera una reacción instantánea en el receptor, quien da por válida determinada información sólo porque concuerda con su manera de ver el mundo. Así operó el comercial de Victoria. La gente ya tenía en su mente una idea preconcebida: el racismo existe en México y aún más en las agencias de publicidad. Lo único que hizo el video de #LadyPrieta fue reafirmarla. Cuando un demagogo le da la razón a la gente, ésta se siente cómoda. El anuncio apeló a algo que en retórica llamamos “entimema”, palabra que designa una idea que ya se tiene en la mente, y que sólo necesita de un estímulo para ser reactivada.

___¿Cuáles son los riesgos de que se entremezclen las prácticas demagógicas con la posverdad?
___Que el ciudadano no sepa distinguir qué es demagogia y qué no lo es. Y que la democracia se erosione hasta convertirse en una dictadura. Los estadounidenses temen por el futuro de su democracia porque Trump no respeta la libertad de expresión ni la división de poderes. Tampoco a los científicos. Al reducir el presupuesto de la ciencia y la cultura se erosionan las instituciones que permiten el flujo de la información y el conocimiento. El peligro de que se mezclen el populismo y la posverdad es que tengamos ciudadanos desempoderados y con menor juicio crítico, sin capacidad de exigirle a sus gobiernos una rendición de cuentas. Las redes sociales también nos invitan a la autocensura: bloqueo a las personas que no están de acuerdo conmigo y sólo agrego a quienes sean afines a mí. Y si a eso le agregamos la censura de los demagogos, obtenemos un debilitamiento de la democracia. El demagogo siempre tratará de desempoderar al ciudadano, porque lo que quieren son masas, no ciudadanos. El resultado podemos verlo en el último estudio del Latinobarómetro: sólo el 54 por ciento de los latinoamericanos respaldan a sus gobiernos. El riesgo es que haya sociedades que odien su propia libertad.

___¿Es más fácil que la demagogia prospere en la incertidumbre?
___Sí. Las estructuras que antes estaban en su lugar ya no lo están. La ansiedad social ha crecido. Ya no existen las certezas del trabajo que duraba toda la vida, de las pensiones para el retiro o de la universidad como camino para ingresar a la clase media alta; hoy es posible contar con título profesional y ganar poco. Esta incertidumbre es aprovechada por los demagogos —de derecha o de izquierda— para dividir a la gente entre “pueblo” y “no pueblo”. Para algunos, el enemigo son los musulmanes; para otros, los mexicanos. Unos más prefieren dividirlos en ricos y pobres. El motor del discurso populista es el conflicto. Por eso hablan de muros o vetos migratorios. El político demócrata, en cambio, siempre buscará el consenso. Estamos ante la hiperpersonalización de la política: el candidato como producto. La cultura partidista se ha desdibujado en todo el mundo porque ya no existen plataformas ideológicas.

___En las redes sociales también observamos encono social. Incluso provocado deliberadamente, como en el caso de Victoria...
___Las redes sociales son el reflejo de la sociedad en la que opera. Twitter no es agresivo; la sociedad sí. Vivimos en un país que elude el debate. Hay un clima de intolerancia contra todo, incluso contra los intolerantes. Twitter y Facebook se erigen como máximos tribunales en México porque la sociedad es cerrada y estratificada. Hay procesos de cultura cívica que toman tiempo, y México aún es una democracia joven.