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CULTURAS

Cinco días con la mujer detrás de la leyenda

Amanda de la Rosa revive la estancia de María Félix en su casa de Xalapa, que dio pie a su cortometraje 'María Bonita', el cual es protagonizado por Diana Bracho y retrata la dicotomía entre la diva y la mujer.
Eduardo Bautista
13 septiembre 2017 22:4 Última actualización 14 septiembre 2017 5:0
María Félix

(Cortesía)

Octavio Paz sostuvo que María Félix nació dos veces: una cuando la engendraron sus padres y otra cuando se inventó a sí misma.
La historia que aquí se cuenta contempla a ambas y es la razón por la cual la directora Amanda de la Rosa decidió realizar el cortometraje María Bonita, una pieza de 17 minutos poco común en el imaginario de los ojos más bonitos de América, de los cuales ya se ha hablado y escrito mucho.

No se sabe con exactitud en qué fecha comenzó esta historia, pero sí el lugar: un rancho a las afueras de Xalapa. La Doña era casi una mujer octogenaria, consumida por la artritis, pero apenas menos altiva que su mirada. El entonces gobernador de Veracruz, Dante Delgado, la había invitado a un evento en el Museo de Antropología de esa ciudad.

Dubitativa, como de costumbre, aceptó con la condición de no ser hospedada en ningún hotel por temor a que la persiguieran los reporteros. El gobernador la llevó a casa de una amiga suya llamada Rosa Friscione, para que se sintiera en paz.

Fueron cinco días en los que María Félix —esa versión nacional de lo eternamente femenino, como la llamó José de la Colina— se mostró tal cual era: bajo esa dicotomía de mito y mujer que enamoró por igual a Agustín Lara que a Jorge Negrete, y que inquietó las manos de escritores como Renato Leduc, Efraín Huerta y Juan Rulfo, quien, por cierto, prefirió la lente que la pluma para retratar a la mujer de la voz cabría.

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María Félix


Durante 120 horas, la Félix convivió con una familia de desconocidos que, con el tiempo, se convirtió en su grupo de confidentes. Una de esas personas extrañas era Amanda —hija de Rosa Friscione—, quien entonces era una adolescente de 16 años.

El hecho de haber tenido a la gran diva del cine mexicano en su propia casa la marcó tanto que decidió hacer una película, protagonizada por Diana Bracho, y recién difundida en YouTube, donde ya registra casi 180 mil visitas. Antes fue presentada en 25 festivales de todo el mundo.

“Primero llegó muy sangrona, porque creyó que la habían hospedado en una casa de gobierno. Se enojó cuando le pregunté si quería una sola habitación; no sabía que dormía con Antoine Tzapoff (su marido de entonces, un pintor francés muchos años menor que ella)”, recuerda Friscione. “Pero por si eso no hubiera sido poco salieron dos ratones. Nunca nos había pasado, pero hasta pareció que lo hicieron sólo para verla a ella”.

Cuando los vio acercarse, la diva con más cojones —como le apodaron algunos españoles— se escandalizó, pero al poco tiempo, estoica, se acercó a ellos para alimentarlos con un trozo de pan.

Primero llegó muy sangrona, porque creyó que la habían hospedado en una casa de gobierno. Se enojó cuando le pregunté si quería una sola habitación; no sabía que dormía con Antoine Tzapoff”


“Por un lado sentía que estaba conviviendo con el personaje, pero por otro la veía riéndose con mis padres como cualquier otra persona. Nunca olvidaré la elegancia y el respeto con el que se dirigía al personal de servicio”, dice De la Rosa. Esa era la María de carne y hueso, sin bisuterías, la misma que no olvidaba su primer trabajo de mecanógrafa y que admitía haber llegado al cine “sin saber hacer nada, sólo evitando caminar como chencha”.

La María personaje era más complicada de tratar. La Doña no concibió, por ejemplo, que el baño no tuviera cortinas porque podía verla “todo el mundo”. Rosa le pidió que no se exaltara, que nadie podía verla porque era una zona despoblada. Las palabras sólo la turbaron más: “claro, tú lo dices porque no eres María Félix ni has grabado 47 películas”.

Vivir con la sonorense —recuerda Amanda— fue un torbellino de sorpresas: por momentos no se sabía si se estaba frente a una mujer frágil y risueña o frente al rostro adusto de Doña Bárbara, aquel personaje que pronunció una de las frases más inmortales de la Época de Oro: “se olvida usted, Balbino Paiba, que yo tomo a los hombres cuando los necesito y los tiro hechos guiñapos cuando ya me estorban”.

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María Félix


Ante esas interpretaciones, Rosa Friscione no podía hacer otra cosa que preguntarle por sus amores, los de la vida real: “María, tú que has estado con tantos hombres, desde el más apuesto, como Jorge Negrete, hasta el menos agraciado, como Agustín Lara, ¿a quién has amado más?”. La respuesta fue contundente: “Agustín es el único hombre de quien yo me he enamorado”.

A donde quiera que fuera María con su nueva familia —recuerdan— le tocaban su canción favorita: María Bonita, ese vals que le compuso Agustín Lara en 1946 y que sirvió, según Carlos Monsiváis, como reconciliación de la pareja después de una fuerte pelea en el puerto guerrerense.

“Llegábamos en las noches, nos encerrábamos en la recámara y era entonces cuando se quitaba su papel de diva. Nos reíamos horas de lo que había pasado en el día, y fue ahí cuando me di cuenta que era una mujer simpática, divertida, agradable e inteligente, con frases demoledoras, pero completamente alejada del estereotipo que se había creado alrededor de ella”, cuenta Friscione.

Cuando amanecía y se enteraba que la familia iba a recibir visitas, volvía la diva con su desdén hacia lo mundano. Bajaba a la sala con atuendos suntuosos y alhajas extravagantes, siempre acompañada de su gato, como le decía cariñosamente a Antoine. Apenas vislumbraba personas en la entrada, se dirigía a la pequeña Amanda y le decía: “¡Anda niña, alza el pecho, que ahí vienen los hombres!”.

Por un lado sentía que estaba conviviendo con el personaje, pero por otro la veía riéndose con mis padres como cualquier otra persona. Nunca olvidaré
la elegancia y el respeto con el que se dirigía al personal de servicio


Una vez retiradas las visitas, emergía nuevamente la María de Álamos, Sonora, la más inocente y juguetona, la misma que, en un acto inesperado, le pidió al joven Diego —otro hijo de Rosa Friscione— que le diera un paseo en cuatrimoto pese a las recomendaciones de sus médicos. Estuvo a punto de hacerlo, pero Antoine le rogó que desistiera.

Pese a sus ocurrencias, aseguran, María era una mujer de rutinas. Desayunaba café y mermelada de naranja. “Yo sólo tenía McCormick y hasta pena me dio dársela, pero se adaptó rápido. En cuanto se enteró que era mi casa, y no una casa de gobierno, se mostró apenadísima, nos pidió disculpas y se volvió muy acomedida”.

Los días y las noches pasaron entre charlas, risas, confesiones y copas de champaña y de vino. Una de esas escenas cierra la película.

“La despedida fue muy emotiva. Me dio una foto de ella, preciosa, en la que nos escribió a mi esposo y a mí: Rosita, Orlando, los quiero como si fueran mi familia. El tiempo pasó y nunca la buscamos. Un día sonó el teléfono y era ella, reclamándome por qué no le habíamos llamado. Le comenté que creímos que ni siquiera iba a acordarse de nosotros.
Entonces me dijo: ‘¿pues qué clase de persona creen que soy? Yo a mis amigos los quiero para siempre’. Desde entonces fuimos invitados a cenas y homenajes. Me di cuenta entonces que era una mujer muy sola”.