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Chapuzón en el MoMA

Los mexicanos Andrés Soliz y Pavel Escobedo despabilan el MoMA PS1 de Nueva York, cuyos espacios se abrirán a la experiencia y, por qué no, al goce. Su proyecto de tesis ganó el Premio Internacional Holcim de Arquitectura Sustentable.
Eduardo Bautista
23 mayo 2016 21:19 Última actualización 24 mayo 2016 5:0
"Debemos entender el contexto social para luego asimilar la esencia de cada edifico y del uso que éste tendrá", comenta Andrés Soliz.

"Debemos entender el contexto social para luego asimilar la esencia de cada edifico y del uso que éste tendrá", comenta Andrés Soliz.

Egresaron hace cinco años de la Facultad de Arquitectura de la UNAM y sus nombres ya percuten en la escena internacional. Andrés Soliz, de 26 años, y Pavel Escobedo, de 28, intervendrán el MoMA PS1 Museo de Arte Moderno de Nueva York.

El 8 de junio próximo los creadores del despacho Escobedo Soliz Studio, que fundaron en 2015, inaugurarán Tejiendo el patio, obra que busca convertir los espacios abiertos de este recinto –uno de los más importantes del arte contemporáneo en el ámbito mundial– en zonas de esparcimiento en las cuales la gente pueda relajarse y hasta refrescarse en una piscina.

“La idea es crear diferentes tipos de experiencia. No queremos que los visitantes sólo vean nuestro trabajo, sino que interactúen con él. Nuestra intención es potencializar las actividades que se llevan a cabo en el museo”, comenta Soliz.

Andrés y Pavel trabajan juntos desde 2011. Su proyecto de tesis ganó el Premio Internacional Holcim de Arquitectura Sustentable. Por el momento está detenido por falta de recursos para realizarlo. Se trata de un plan de rehabilitación urbana en Zoh Laguna, en Calakmul, Campeche, que busca satisfacer las necesidades de la comunidad local a través de la construcción de un centro comunitario y la restauración de una capilla.

“No queremos construir elefantes blancos ni iconos arquitectónicos. Debemos entender el contexto social para luego asimilar la esencia de cada edifico y del uso que éste tendrá. Debe impactar de manera positiva en la población. Los arquitectos tenemos una responsabilidad enorme hacia los usuarios; no podemos desatender eso por un capricho. Eso ha llevado a muchos colegas a perder el suelo”, asegura Soliz.

Para ellos la sustancia es la estética. Goethe la definía como el arte de congelar la música. Porque la gente –dice Soliz– tiene el derecho a habitar lugares idóneos, agradables e interesantes; espacios que inviten a la interacción, pero que tampoco se olviden de la funcionalidad.

“Si una persona vive en un lugar que no tiene las condiciones sensoriales o espirituales adecuadas para habitarlo, entonces el edificio está haciendo daño”, advierte Soliz. “Por eso cada uno de nuestros proyectos es completamente distinto del otro, porque cada uno tiene circunstancias y sistemas constructivos propios”, agrega Escobedo.

REGRESAR A LAS RAÍCES
Soliz
sostiene que las nuevas generaciones de arquitectos mexicanos están cambiando las reglas. Muchos de ellos, dice, están dispuestos a aplicar una visión crítica de la arquitectura. “Han vuelto a los orígenes, al estilo vernáculo y en sus contextos. Entienden que deben tener una visión más regional para poder ser más internacionales. No buscan emular tendencias de otros países”.

Soliz no comulga, por ejemplo, con el trabajo de Fernando Romero, el creador del Museo Soumaya y ahora el encargado de construir el Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México.

“Romero desarrolla un ideal holandés cuando el contexto no es Holanda, sino México. Creo que adoptar este tipo de posiciones no es lo mejor. En cambio, hay arquitectos como Mauricio Rocha, Matías Peredo o Javier Muñoz que han visto más hacia lo que tienen en sus manos, y con eso han innovado”, asegura Soliz.

Por eso Luis Barragán, dice Escobedo, fue tan importante, porque su arquitectura fue mexicana y, al tiempo, internacional. Y es justamente esa fusión la que, considera, lo elevó al grado de artista contemporáneo.

“Nuestra práctica va más por ahí: voltear a nuestra cultura sin desatender el contexto actual del mundo”, apunta Escobedo. “Debemos tomar en cuenta las cualidades del obrero mexicano, que tiene mucha sensibilidad con los procesos manuales. En México se puede hacer un muro de concreto porque se tiene el cuidado necesario para construirlo”.

LA CDMX COMO FORMADORA
Decía Frank Lloyd Wright que el arquitecto siempre es un intérprete original de su tiempo y su espacio. A ellos les tocó crecer en la Ciudad de México, una metrópoli colmada de contrastes arquitectónicos y culturales. Y también una de las más grandes y pobladas del planeta.

“La Ciudad de México es muy fea y muy bonita al mismo tiempo. Tiene contradicciones que no puedes ver en capitales como Praga o París, donde la arquitectura es más homogénea. Aquí todo ha crecido velozmente en el último siglo y con muy escasa planeación. Sin embargo, la evolución ha sido interesante porque se ha conformado una ciudad de diferentes épocas, tipologías y escalas”, asegura Soliz.

Por ahora, ellos están en Nueva York, ávidos de nuevos proyectos. Ya regresarán pronto al mal llamado Distrito Federal, una ciudad que, dicen, es una mezcla medio caótica que se cuela, inevitablemente, en cada recoveco de su formación arquitectónica.