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culturas

Cartas desde el abismo
de un suicida

Presentamos el fragmento del libro 'Apreciable Señor Wittgenstein', de la escritora mexicana Adriana Abdó (Tusquets, 2017), reproducido con la autorización del Grupo Planeta México.
Especial
19 julio 2017 1:18 Última actualización 19 julio 2017 5:0
Retrato

(Especial)

(A Ludwig Wittgenstein)
Cracovia, 26 de octubre de 1914

Apreciable señor Wittgenstein, le parecerá un disparate de mi parte, estando la humanidad en la situación actual, que yo, un demente, le ruegue conocerlo. Intuyo que el desvarío me lo ha contagiado este siglo, ¿o ha sido al revés? A causa del precario estado de salud mental en que me encuentro (demencia precoz, por decreto médico), se me mantiene encerrado desde hace una semana, bajo observación; receta que juzgo chusca, pues mi malestar se debe a la natural inclinación que tengo a observar.

Mientras escribo dentro del pabellón de alienados del Hospital de La Guarnición número 15 de Cracovia, comparto el desconsolador espacio con un teniente que padece delirium tremens, o síndrome del borracho empedernido. Desde aquí escucho con claridad y constancia los gritos de otros locos que, como yo, habitamos esta galería y la que está arriba de nuestras extraviadas cabezas.

A pesar de que conservo un libro de poemas de Johann Christian Günther: “Voy a donde es del destino la llamada...”, no encuentro un momento de paz. Mi mente no puede detener el bombardeo de memorias, añoranzas y culpas, reproches y rechazos; entre tanto la presión concentrada en las sienes y el sudor incontrolable se han convertido en un fardo difícil de sobrellevar. ¿Cree usted que, en situación parecida, exista alguien que acepte escucharme? Repito: escucharme, no oír la sarta de estupideces que se suelen decir por ahí.

El admirable y muy querido amigo Ludwig von Ficker vino un par de días a Cracovia con el propósito de encontrarse conmigo y alentarme; exhorto del amigo incondicional que esta vez tuvo apenas efecto en mi ser indiferente. Se presentó en el hospital y consiguió verme. Al menos logré entregarle el último trabajo que escribí. Dos poesías donde narro un lamento y la inmensa miseria de la tierra.

Después de terminar el trabajo, vino el letargo. Al contemplar mi lamentable estado, Von Ficker decidió prolongar su estancia en Cracovia unos días y vino a visitarme cada tarde, siempre armado de una charla bien dispuesta y con su natural entusiasmo. Un día antes de su partida, mencionó el sorpresivo encuentro que tuvo con el artista Józef Hofmann a unas calles de aquí. Von Ficker le habló de mí, prometió enviarle parte de mi trabajo, de mi poesía. ¿Imagina la vergüenza al recrear tal escena? Un gran virtuoso y mi entrañable amigo comentando el funesto destino de un miserable, su servidor: un loco, un desertor.

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Libro


Ante mi indolencia, que fue más bochorno que otra cosa, Von Ficker cambió de conversación y condujo el diálogo a alabar la belleza de esta ciudad, el interés que ofrecen sus monumentos, la arquitectura. Entonces, por magia, como si un remoto sonido de alerta colmara su pecho, describió la iglesia de Santa María.

—Una maravilla gótica —dijo.
Y se lanzó con voz de tenor en el detallado recuento del exquisito altar de madera; vibraba, esculpía con palabras aquella figuración; envidié su vigor. Sin duda es un hombre de altísima sensibilidad. Mi apatía habrá aquietado su fervor y la mirada de entusiasmo cambió por una de afecto. Volvió a lo íntimo. Contó novedades sobre su familia, esposa e hijas, a quienes tengo en gran estima; logró sacarme un esbozo de sonrisa. Mencionó que en su casa de Innsbruck siempre esperaba una habitación para mí, colmada de flores y tranquilidad.

Al verme más animado, procuró discutir sobre algunos detalles del libro de poemas de mi autoría, pero no adivinó que sus palabras amorosas poco conmueven a un ser desesperado. Luego, ofreció tabaco y cambió de tema: lo mencionó a usted. Aseguró su presencia a unos cincuenta kilómetros al noreste de Cracovia, en servicio, patrullando en un buque en el río Vístula.

Parecerá inusitado, y lo resultó aún más para mí, pero la noticia de su cercanía provocó una enorme esperanza. Tanta, que solté el pitillo que apenas me obsequiara. La mirada astuta del amigo se clavó en la mía; en seguida, con tono suave, preguntó si deseaba escribirle una nota que él enviaría de inmediato.

—Una postal —señaló.
Asentí. Prendió fuego, levantó el cigarrillo del suelo, aspiró profundamente, echó la bocanada poco a poco y lo colocó en mis labios. Me palmeó la espalda. Sacó una postal de su chaqueta:
—Querrá que Ludwig Wittgenstein lo visite a su llegada a Cracovia —y tendió la pluma.

Y bien, escribí una postal donde ruego su visita si el destino permite su desembarco en esta ciudad. Quiero platicar con usted, deseo que me escuche. Sin duda Von Ficker estaba dispuesto a escucharme una vez más, no quise pedirlo. Soy un ser pudoroso, ¡alabado sea Dios!, no permitiré que el noble corazón del amigo y protector se duela, otra vez, gracias a la amargura y desesperación de un servidor.

Así, al día siguiente, antes de que tomara el tren en Cracovia hasta la dirección que lo llevaría a su hogar en Innsbruck, pasó a prevenirme de que la postal dirigida a su nombre había sido enviada. El azar permita que usted la reciba.

No obstante, el anhelo de conversar con usted me urge a iniciar una larga plática mediante la aventura de escribir, única arma que poseo y sé cómo usar; aun cuando usted navegue a kilómetros de distancia en medio de una guerra y en una época donde nuestro mundo anuncia el caos.

Albergo gran temor de que alguna circunstancia altere el curso de nuestro destino y entonces el ansia de conversar, de hurgar en quiénes somos, en qué me he convertido, se quede sólo en eso: en deseo. Vivir lleva consigo una serie de tropiezos, una larga lista de caminos y decisiones que nos regresan y que al mismo tiempo nos acercan y alejan del objetivo. Por eso empezaré a conversar antes de nuestro encuentro.

Idearé la forma de abastacerme de los elementos necesarios. No suponga usted que llevar a cabo hecho semejante, escribir, es peccata minuta en este lugar donde todo se me ha prohibido, pues traté de quitarme la vida. ¡Qué lamentable destino! ¡Si hubiese imaginado en lo que me convertiría! ¡Una amenaza para el Imperio! ¡Un hombre que se niega a continuar siendo partícipe de una guerra! ¡Que repudia el sufrimiento de otro hombre! ¡Un penitente! ¡Un suicida!

Según el diagnóstico, soy un loco enfermo, por lo tanto no me fue permitido conservar ningún objeto con lo que pudiese dañarme… ¡Qué irremediablemente estúpida es la ingenuidad!