AFTEROFFICE
culturas

Carrington y su huida de una Europa sin Dios

Leonora Carrington, quien cumpliría este jueves 100 años, libró su propia batalla contra la locura en medio de la guerra. Cuando en 1939 Max Ernst fue llevado a un campo de concentración, inició para la pintora un tortuoso camino hasta llegar a México.
Rosario Reyes
05 abril 2017 21:44 Última actualización 06 abril 2017 5:0
A Leonora Carrington le tocó vivir una revolución política, social y artística, primero en Inglaterra y luego en Francia. (Especial)

A Leonora Carrington le tocó vivir una revolución política, social y artística, primero en Inglaterra y luego en Francia. (Especial)

Cuando en 1939 Max Ernst fue llevado a un campo de concentración en el sur de Francia por participar en un movimiento antinazi, comenzó para Leonora Carrington un tortuoso camino de tres años hasta llegar al país donde consolidó su carrera como pintora, escultora y escritora: México.

Los dos pintores -ella inglesa y él alemán- habían vivido juntos en Francia desde 1937, dos años de una intensa relación. Con la separación de su compañero sentimental y mentor artístico dio inicio la travesía de Carrington por una Europa desoladora. En un ambiente de guerra, ella libró su propia batalla contra el miedo y la locura.

Con apenas 20 años, Leonora dejó en 1937 su tierra natal, que sufría un conflicto por la ascensión al trono de Eduardo VII, cuya actitud pro alemana terminó por llevarlo a abdicar en favor de su hermano, Jorge VI.

En esa época, las ciudades de mayor desarrollo artístico e intelectual europeo eran Berlín y París. Ella instaló en la capital francesa y allí coincidió con Max Ernst, quien había salido de Alemania como tantos otros creadores e intelectuales por su oposición al Nacional Socialismo.

“A Carrington le tocó vivir una revolución política, social y artística, primero en Inglaterra y luego en Francia”, señala Joaquín Rubio, experto en Artes y Humanidades por la Universidad de Surrey, Inglaterra. “Vivió también en una sociedad francesa dividida, entre quienes estaban a favor o en contra de los alemanes”.

Gabriel Weisz, el primero de dos hijos que la pintora tuvo en México con el fotógrafo de origen húngaro Emerico Chiki Weisz, comparte que en Europa, su madre apenas estaba descubriendo su mundo artístico. Fue en París donde entró en contacto con el movimiento surrealista, que definió su obra.

“Era muy joven y sufrió lo indecible, la guerra le hizo un daño mayúsculo, del cual difícilmente pudo reponerse. Creo que lo logró gracias a su arte, al gran amor que encontró en su entorno familiar, todos la queríamos muchísimo y la apoyábamos muchísimo”, recuerda Weisz.

Le llamaron locura, pero lo que pudo aquejar a Leonora fue la pasión. A la tragedia de la guerra se sumó el sufrimiento por la pérdida del amor de Ernst, quien, además, nunca gozó de la simpatía de Harold Carrington, el padre de su joven amante: era casado, con hijos, y le doblaba la edad.

Cuando estalló la guerra, la pareja vivía en una finca en Saint Martin d’Ardèche, un pueblo al sur de Francia. “Todo ciudadano alemán era considerado enemigo de Francia y por eso, en una redada del ejército francés, entraron a su casa y se llevaron a Max al campo de concentración de Les Milles. Después de eso, Leonora se encontró con su papá en Inglaterra. Ella estaba en una permanente crisis nerviosa y a él –molesto desde que ella decidió irse a París-, le pareció demasiado problemática y decidió llevarla al manicomio”, cuenta Weisz.

INFIERNO SALVADOR
La internó en Santander. La ubicaron en el pabellón de los “locos peligrosos”. Paradójicamente, ese encierro significó su salvación: la libró de ser ella misma víctima del nazismo y le brindó una puerta hacia la libertad en más de un sentido.

Recién terminaba en España la Guerra Civil y a las cárceles y los manicomios iban a dar disidentes e intelectuales. “Franco enviaba a los artistas a los siquiátricos. Afuera, Leonora era la loca; dentro, era una más; se enfrentó a otra realidad, descubrió mundos que le dieron fundamentos para su creatividad”, apunta Rubio.

La artista cuenta ese pasaje de su vida en el libro Memorias de Abajo (Siruela, 1995), que alude a la zona de enfermos mentales conocida como “abajo”, el área a la que ella aspiraba a ser trasladada. Nunca sucedió. Permaneció entre legítimos sicópatas por poco más de un año, hasta que escapó en 1941.

“En Santander recibió un tratamiento absolutamente salvaje, las instituciones siquiátricas en ese momento tenían todo el corte fascista”, dice Weisz.

Cuando Harold Carrington decidió mudarla a un hospital en Portugal, su hija huyó durante el viaje. Llegó a la Embajada Mexicana en Lisboa, que estaba encabezada por el poeta Renato Leduc, para pedirle ayuda.

Leduc literalmente le salvó la vida, afirma Weisz. “Juntos salieron rumbo a Nueva York y luego a México. Se casaron para poder ingresar al país, donde tiempo después se reencontró con mi padre -a quien había conocido en Hungría- y comenzó toda su vida artística”.

Leonora tenía raíces inglesas e irlandesas, de donde provenía su espíritu combativo, reconoce el hijo. “Ella quería rehacer su existencia, suena muy fácil para personas que no han estado en guerras o momentos extraordinariamente traumantes. Fue un camino cuesta arriba, tenía que vencer los obstáculos internos, las depresiones y tristezas que le dejó abandonar la Europa con la que creció, con la que compartía idioma, arraigo”.

Por eso, considera, su casa en la colonia Condesa era un territorio europeo en México. “Mis padres se hablaban en francés. Yo aprendí francés e inglés antes que español. Era una vida de refugiados: tenían forzosamente que rehacer sus existencias, sus lazos, su forma de ganarse la vida; ellos llegaron sin absolutamente nada. A mi padre los franceses también lo metieron en un campo de concentración; salió muy herido de la guerra. Nunca más se fueron de México”.