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Carlos Miguel Prieto, batuta y capote

El director de orquesta mexicano luce relajado después de ensayar por varias horas frente a un cuerpo de 100 músicos. Dejó la ingeniería por la música, aunque ésta ha estado presente siempre en su entorno. Aquí algo de su vida y trayectoria.
Rosario Reyes
02 febrero 2017 21:31 Última actualización 03 febrero 2017 5:0
Carlos Miguel Prieto reconoce como sus mayores pasiones el esquí en nieve, que practica y, por supuesto, los toros. (Especial)

Carlos Miguel Prieto reconoce como sus mayores pasiones el esquí en nieve, que practica y, por supuesto, los toros. (Especial)

Con la camisa desfajada, el director de orquesta luce relajado después de ensayar por varias horas frente a un cuerpo de 100 músicos. Desde la comodidad de sus dockers, Carlos Miguel Prieto platica que en la vida se puede cambiar todo, menos de equipo. por eso se mantiene fiel al Cruz Azul, pese a que no gana un campeonato de liga desde hace ya 20 años.

Lo que sí cambió fue su profesión: dejó la ingeniería por la música, aunque ésta ha estado presente siempre en su entorno. En Francia, sus tatarabuelos eran aficionados a las obras de cámara, tanto, que el pasatiempo familiar era –y sigue siendo- formar cuartetos de cuerdas de repertorio clásico, especialmente Haydn, Mozart y Beethoven. Comenzó a tocar el violín desde los 5 años, junto a su padre, el violonchelista Carlos Prieto, en un grupo de aficionados de la familia. Luego vendría el tiempo de estudios y la formación como director con los maestros Jorge Mester, Enrique Diemecke, Charles Bruck y Michael Jinbo.

Solidario con sus hijos, fanáticos del Barcelona, también es seguidor del equipo de Luis Enrique, pero reconoce como sus mayores pasiones el esquí en nieve, que practica y, por supuesto, los toros.

¿Dirigir es como torear?
Hay un símil taurino. Aunque el toro te puede matar, y aquí no se trata de eso, sí hay mucho de magia, de arte y del momento. Hay algo de valentía en pararse frente a la orquesta: así como a los toreros les gritan “¡acércate al toro!”, no cualquiera se atreve. Hay que tener toda la confianza; es mejor meter las dos patas, que mostrarse inseguro. El director, como el torero, no puede dudar.

¿Es el Silverio Pérez de la música?
No, no pienso en mí en esos niveles. Conocí a Silverio, pero nunca lo vi torear. Estuve en un par de conciertos con él, uno con la Sinfónica de Xalapa en el que tocamos música de Lara y se lo dedicamos. Era un torero artista, hacía suertes novedosas y llamativas que lo volvieron único.

Admiré a Manolo Martínez, que tenía mucho arte en las chicuelinas, una mano izquierda increíble; Armillita chico es otro que me gustaba. Ahora hay muchos toreros buenos: Morante de la Puebla, Joselito Adame, que es parte de una camada de toreros que están teniendo éxito en España. La suerte que hay México tiene variedad, color; una búsqueda no sólo de lo escolástico, sino de lo mágico, siempre ha sido su característica. El torero que triunfa en España, lo hace aquí.

¿Cómo recuerda la Alemania de mediados de los 90?
Es un país admirable. Entonces se buscaba mucho lo que finalmente consiguieron: unificar a Europa. Hay mucho que aprenderle a la Alemania de hoy, de Angela Merkel. Yo no creo en las fronteras, son hasta cierto punto ficticias. Entiendo que existan y viajo tanto que las conozco, pero las personas que viven en esas zonas saben que son totalmente fluidas. Los nacionalismos nada más distraen. Sí, hay que estar orgullosos de la cultura que tiene uno, pero no al punto de rechazar al externo.

¿Cómo vivió las secuelas del huracán Katrina?
Fue dolorosísimo. Además del daño físico, para Nueva Orleans fue como abrir los ojos a algo terrible: la negación de la cultura del otro. Se dijo, por ejemplo, que por ser una ciudad que está abajo del nivel del mar ya no debería existir. La música es el espíritu de la ciudad, sin ella y sin la orquesta (la Filarmónica de Luisiana, que él dirige), no hubiera podido regresar, tampoco sin su equipo de futbol americano (Santos). Es un ejemplo para México hoy, que se ve amenazado por lo que parece un huracán financiero, económico y político, porque la unidad y el orgullo hacen que los pueblos salgan, como pasa en una crisis personal: si crees en ti mismo y te ayuda tu familia, tus amigos, sales. Para mí fue una lección de vida.

¿Qué hace en los trayectos de un país a otro?
Soy muy bueno para dormir en los aviones. Pero también leo y veo películas. Ahorita estoy leyendo todo lo de Vargas Llosa, porque estuve en Perú y estoy obsesionado con el país. Veo de todo, pero prefiero el cine que me hace pensar; dos de mis directores favoritos son Pedro Almodóvar y Woody Allen.

Pasó de ingeniero a director...
fue una locura. Siempre he tenido muchas curiosidades, estoy interesado en aprender de cosas de las que no sé nada; ahora estoy fascinado estudiando cómo están haciendo el túnel debajo de Insurgentes y Churubusco. Por eso fui ingeniero. Pero somos producto de un entorno, los jóvenes a veces no tienen claro qué quieren hacer de su vida y así fue en mi caso. Tuve que dar una vuelta de timón para volver a la música.

LO QUE VIENE
Este viernes comienza la primera temporada de conciertos de la Orquesta Sinfónica Nacional (OSN) con un programa que incluye tres piezas: Obertura Republicana, de Carlos Chávez; La Coronela, de Silvestre Revueltas, y el Concierto para violín, del inglés Edward Elgar.

Al frente de la OSN estrenará este año La Pasión según San Marcos, del compositor argentino Osvaldo Golijov, y dos obras comisionadas por el INBA a autores mexicanos: Hominum, de Gabriela Ortiz, y un concierto para violín encargado a Alexis Aranda, basado en la obra literaria de Juan Rulfo, el cual será estrenado por el joven intérprete Alfredo Reyes Logounova.