AFTEROFFICE
libreta de apuntes

Canto y carisma, encantos perennes

En aquel 15 de abril de 1957, Pedro Infante confirmó su única condición de héroe. El ídolo mexicano está en la estatura de los que construyen una idea de patria. Hijo de la Revolución, nace cuando México firma su Constitución.
Mauricio Mejía
11 abril 2017 22:24 Última actualización 12 abril 2017 19:6
(Especial)

(Especial)

En aquel 15 de abril del 57 Pedro Infante confirmó su única condición de héroe. Todo en el mundo que habitó, todo estuvo encaminado a esa trágica aventura; ave que traicionaron los caprichos del viento. López Velarde habla de Cuauhtémoc como el único a la altura del arte. Infante también fue un águila caída del cielo, de las garzas en desliz y de relámpagos verdes de loros.

Pero Pedro está en la estatura de los que construyen una idea de patria. Hijo de la Revolución, nace cuando México firma su Constitución, el futuro aglutinante de los tiempos se convierte rápidamente en el arco y la lira de la nueva identidad mexicana: la que se levanta del montón de escombros de la Guerra Civil, de las plegarias militares al Cristo Rey y de la nacionalización del petróleo.

Infante no es fruto de la posguerra, como El Ratón Macías, el gran idolazo del boxeo, quien, por cierto, le ayuda a dar vida a Pepe El Toro. No. Pedro camina entre el vendaval de la Guerra y los efectos colaterales al cine nacional. Canto y carisma lo convierten en actor principal de la transformación de un país sin padre. No es, en absoluto, la figura paterna del entre siglo y sus postimerías. No. Pero sí, y con mucho, es la figura masculina que da sentido a la vida real de los hombres, cuando el género no incluía, como ahora, a la mujer. Pedro es, hasta hoy, la personificación de una forma de hombre. Canta, bebe y corteja como sólo los héroes, que heredan leyendas. Algo más contundente: enamora.

En él lo natural va tan bien que ni se le nota. No actúa: es una espontaneidad, una llaneza que exalta la profundidad, la complejidad de un país perdido en el laberinto, en la soledad paciana. Lo atractivo en él es el redescubrimiento del rostro. Ya no como máscara, sino como revelación, como manifestación de una verdad tampoco cierta, pero sí cercana a quienes le admiraban.

En último sentido: Pedro Infante es la confesión de una duda permanente. No es la respuesta al ser mexicano. Es una atribución que lo mexicano depositó en él como una eventual invención de lo adorable, de lo querible, de lo perdurable.

Solamente prevalece en el tiempo lo que fue un pasado largo y lo que fue un contundente presente: Pedro fue un encanto perenne.