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CULTURAS

¡Échale, mariachi-samurái!

El mariachi es, en efecto, muy mexicano. Sin embargo, su internacionalización está más que consolidada gracias a grupos como el Mariachi Samurái, conformado por japoneses que, a todo pulmón, entonan la Serenata Huasteca desde Tokio. 
Domingo Aguilar
27 agosto 2014 21:55 Última actualización 28 agosto 2014 5:0
El mariachi se ha internacionalizado desde hace ya varios años. (Cortesía)

El mariachi se ha internacionalizado desde hace ya varios años. (Cortesía)

Hablar español le cuesta trabajo cuando no está cantando, pero una vez que se calza las botas, se acomoda el sombrero y toma la guitarra, Osamu Hosegawa hace parecer que la Serenata Huasteca está siendo interpretada por algún embajador de Garibaldi (o casi).

No entiende todo lo que dice la letra, sin embargo, cuando entona la canción, hasta se le escapa un sentido “¡Échale Mariachi Samurái!”. Así provoca la enjundia del grupo que lidera desde hace más de dos décadas, en Tokio.

Es una entre decenas de agrupaciones dedicadas a este tipo de música que se han creado y asentado al rededor del mundo. Tanto así, que han dado lugar a un Encuentro Internacional del Mariachi y la Charrería, en Guadalajara, cuya edición 21 convoca desde hoy y hasta el 7 de septiembre, a 42 conjuntos de Croacia, Canadá, Colombia o Japón, entre otros países.

“Aprendí español por el mariachi. Es muy alegre y eso no hay en Japón. Está lleno de sentimiento y es romántico”, dice Hosegawa, quien para hablar de música mexicana prefiere que le llamen Sam Moreno, su nombre artístico.

El japonés vivió un par de años en México hace cuatro décadas, pero desde que regresó se dio a la tarea de difundir la cultura mexicana al otro lado del Pacífico, donde cambió el Hougaku (música tradicional japonesa) por los violines, trompetas y guitarras.

“Tenía 16 años cuando escuché por primera vez el mariachi. Al primero que escuché fue a Miguel Aceves Mejía”, recuerda.

El Rincón de Sam es el nombre de su restaurante en el occidente de Tokio. Ahí suena la música que tanto le gusta, hay papel picado en el techo y su esposa ofrece margaritas ataviada como china poblana.
En el otro extremo del Pacífico, el estadounidense Jeff Nevin fundó la carrera que permite obtener el título de Mariachi, en Chula Vista, California.

“Con mis alumnos hemos viajado a Rusia, a China, a Europa; acabamos de regresar de Brasil. Cuando llegamos, la gente de los otros países, a pesar de que también hay grupos de Asia o África, empieza a gritar ‘¡México, México!’ y nos aplauden en cuanto entramos. En el país no se siente, pero hay mucha amistad, aprecio y respeto por el mexicano en todos lados”, considera.

Nevin, quien posee un doctorado en teoría y composición musical por la Universidad de California, ofrece esa licenciatura en el Southwestern College desde 2004.

Refiere que realizaba una investigación sobre mariachi, cuando Serafín Zazueta, presidente de la escuela donde ahora enseña, le dijo que deseaba ofrecer un título formal de esa disciplina.

“Nunca pensé dedicarme por completo a eso”, confiesa aún sorprendido. Hoy tiene, en promedio, 100 alumnos.

EL NEXO CON EUROPA

Tanto Jalisco como Nayarit presumen ser la madre del ritmo que fue nombrado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Unesco, en 2011, y aunque no se ha podido ubicar dónde comenzó a escucharse el género, su métrica y particularidades han inspirado a extranjeros a estudiarlo y reproducirlo.

El cine mexicano de los años 40, apoyado en artistas como Jorge Negrete, Pedro Infante o Tito Guízar, logró exportar imágenes y sonidos que ejemplificaban la cultura nacional. Sus composiciones inclusive alcanzaron territorio yugoslavo: YuMex Jugoslovanska Mehika, se puede leer un documental realizado como investigación previa para la novela Paloma Negra, del autor esloveno Miha Mazzini, que trata sobre una agrupación de mariachi en Yugoslavia. La cinta habla de cómo aquel país rompió relaciones con la Unión Soviética y volteó a México para ofrecer entretenimiento con producciones que contenían música y acción, además de mensajes como “Larga vida a la Revolución”.

Ritmos mexicanos empezaron a darse a conocer en el Este europeo y se formaron conjuntos que interpretaban diversas piezas, pero en el idioma del país donde se encontraban.

Hans Wagner llevó a Alemania algunas expresiones charras, y desde 1977, en su restaurante El Mariachi, inició la difusión de las canciones. En Austria, en 1988, se formó el grupo Los Sombreros, integrado por músicos egresados de la Universidad de Música y Artes Dramáticas de Viena.

Pero no sólo el exotismo ha alimentado el atractivo del mariachi en países lejanos, con idiomas y culturas distintas; también en América Latina el género tiene una creciente popularidad.

Raúl Chacón, mariachi en la región colombiana de Chapina, se introdujo al género desde hace 40 años. Era reportero y al mismo tiempo, por las noches se iba a los bares y tabernas a interpretar sus canciones.

Chacón, quien está escribiendo un libro sobre el origen de las piezas mexicanas Colombia, ejemplifica el éxito de la figura del mariachi en su país, con la historia del tapatío Narciso Regla Mora, cuyo nombre artístico es Alfonso Regla. Él llegó a aquellas tierras en busca de su mujer, quien lo había dejado a los tres días de su boda, recuerda.

“Una señora que vendía comida mexicana le sugirió que empezara un mariachi. A los dos meses logró organizar el primer conjunto. Él se convirtió en la sensación, ¡paralizaba hasta el tráfico!”.

En Colombia hay alrededor de 50 mil mariachis, calcula Chacón. Son contratados para dar serenatas o ambientar XV años, bodas e incluso funerales.

“La música mexicana me ha dado de comer muchos años”, confiesa el músico, quien aparte de recorrer la Avenida Caracas en Bogotá para ofrecer su música, vela por los mariachis de su país y pretende organizar un homenaje a Alfonso Regla, quien todavía seduce los oídos con su guitarrón en la Plaza de la Playa, en la capital cafetera, donde aveces suenan los versos de Caminos de Michoacán: “Vengo de tierras lejanas nomás por ti preguntando”, una letra que bien podría adecuarse la realidad de los mariachis internacionales, que a pesar de estar lejos, se interesan por un género que reafirma a la música como el lenguaje universal.