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Cada día hay un vocabulario más estandarizado: Rico

10 febrero 2014 4:37 Última actualización 12 septiembre 2013 5:2

 [El Financiero platicó con el filólogo español Francisco Rico, ganador  del Premio Alfonso Reyes del Colmex / Nalcos.blogspot.mx]


Daniel Cisneros
 
“Judas, lo que has de hacer hazlo pronto”, me dice un sonriente Francisco Rico al sentarse frente a mí para iniciar nuestra charla.
 
El filólogo español —nacido en 1942— tiene motivos para estar de buen humor: El Colegio de México (Colmex) lo declaró ganador del Premio Alfonso Reyes 2013, el cual recibió la semana pasada durante los festejos por los 75 años de la fundación del antecedente académico de esta institución: La Casa de España.
 
—Este premio es el principio de mi decadencia, porque cuando se ha subido tan alto lo único que se puede hacer es bajar —afirma Francisco Rico mientras enciende su primer cigarro—. Es bonito recibir un reconocimiento que lleva el nombre del maestro mexicano Alfonso Reyes, quien fue un gran escritor de relato, ensayo y poesía. Y, además, esta distinción representa la excelencia del Colmex, la cual, durante muchos años, ha sido una institución muy productiva y brillante.
 
—En ediciones anteriores este galardón lo han obtenido el filósofo Luis Villoro y el escritor José Emilio Pacheco, ¿qué significa para usted que ahora reconozcan el trabajo de un filólogo?
 
—Me parece muy bien, y siempre debería ser así —responde el también miembro de la Real Academia Española (RAE)—. Aunque soy autor de filología y no de novela o poesía, se puede ser un buen escritor haciendo cosas como las que hago. Y, precisamente, mi intención es que mi estilo y forma de construir un estudio tenga la valía de una obra literaria.
 
Ahora el autor de Vida u obra de Petrarca: lectura del Secretum, El sueño del humanismo y Quijotismos nos habla sobre la forma en que surgió su gusto por la filología:
 
—Desde niño fui un gran lector de todo tipo de letra escrita. Y, en cierto momento, descubrí que no me interesaba escribir sobre la realidad, sino de literatura. Entonces supe que debía enderezar mis esfuerzos para conocer las técnicas y los procedimientos tanto de la historia como de la crítica literaria. Lo cual va desde el conocimiento de las escrituras antiguas, hasta de la lengua, la fonética, la sintaxis y las costumbres. Comprendí que si quería profundizar de verdad en el estudio de la literatura, debía saber muchas cosas.
 
—¿En qué estado se encuentra la investigación filológica en el mundo?
 
—En uno no muy bueno, porque la filología busca comprender plenamente los textos a partir de sus circunstancias, tiempo y lenguaje. Y, hoy en día, hay quienes tienden a estudiar la literatura desde el punto de vista de unas ideas preconcebidas. Es decir, ven las cosas menos a partir de la obra y más de una idea general que le quieren aplicar. Si alguien, digamos, se dedica a leer literatura indagando sobre la homosexualidad, que busque por otra vía.
 
—¿A qué retos se enfrenta actualmente la RAE?
 
—Al empobrecimiento del lenguaje porque, cada día, hay un vocabulario más estandarizado —puntualiza Francisco Rico, mientras cruza la pierna y se acomoda los lentes—. En este sentido, es necesario hacer consciente al hablante de que el buen lenguaje es siempre algo individual, y no lo que está en primer lugar en Facebook, donde se ven las palabras o las expresiones de moda.
 
—¿Cuáles son algunos de los mayores errores lingüísticos que se cometen en el idioma español?
 
—Aunque hay varios, si el error es personal siempre tiene su disculpa. Por ejemplo, en la lengua culta se dice “anduve” porque es lo que se ha transmitido de la forma primitiva del verbo. Pero si el campesino dice “andó”, no se equivoca, ya que simplemente está utilizando unas reglas vivas.
 
—¿Y la RAE se ha equivocado...?
 
El filólogo da una honda fumada a su cigarro y, con expresión meditabunda, contesta:
 
—Continuamente. En lo que se refiere a la última ortografía, ni siquiera los académicos españoles estamos muy de acuerdo con las normas. Siempre que hay peligro de confusión, para nosotros sigue siendo mejor acentuar “éste”, “sólo” u otras peculiaridades; las cuales, sin embargo, se consensuaron en un congreso de academias. En cuanto a las definiciones, muchas de ellas vienen del siglo XVIII y, debido a que algunas no se han modificado, a veces son incomprensibles. Yo sería partidario de empezar el diccionario de nuevo sin contar con el anterior. Pero en eso también hay personas que se oponen; dicen: “No, porque es el que se ha empleado tradicionalmente y si no nos vale para un texto de 2010, a lo mejor sí para uno de 1910 o 1810”.
 
Saco un ejemplar de El Financiero, abro la sección cultural y digo:
 
—Incluso el escritor Juan Domingo Argüelles ha señalado en su columna, “Al margen de la letra”, que hay términos que no se han incluido en el diccionario de la RAE como, digamos, “dildo”...
 
—Antes de incluir una palabra hay que estar seguros de que arraiga; de que no es una de las infinitas palabras que están, pasan y mueren. Por ejemplo, ¿cuánto durará “trendy”? Quizá sólo seis meses. Aunque si dentro de 10 o 15 años sigue viva, pues será el momento de incorporarla.
 
—Usted dirigió la última edición corregida de Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes: ¿fue complicado realizar esta tarea?
 
—El mayor problema fue descubrir qué es del autor y qué es una errata o intromisión de los tipógrafos. Y eso requirió unas técnicas muy especializadas y un profundo conocimiento de cómo se hacían los libros en la edad de Cervantes. Los comentarios y las notas fueron relativamente sencillos, pero había que coordinar ese trabajo porque intervinieron más de un centenar de estudiosos de todo el mundo.
 
—Ha dedicado varios de sus escritos a la obra del autor latino Petrarca...
 
—Sí, porque es el padre de la modernidad literaria. Él fue quien nos enseñó a volver a los clásicos y a utilizarlos para nuevas exploraciones intelectuales. La literatura europea parte de nuevo a raíz de sus lecciones como prosista y editor de textos.
 
—¿Por qué en España era usted llamado L’enfant terrible?
 
—Porque era muy joven cuando empecé a hacer obras que fueron apreciadas —explica, Francisco Rico, al tiempo que le sacude la ceniza a su cigarro—. Además, no he seguido las modas de mi época y nunca he aceptado nada sin crítica.
 
—Se dice que no asiste a museos ni a conciertos y, muy poco, al cine, ¿es cierto?
 
—Sí, porque ahí no se puede fumar —sonríe—. Además, las obras cinematográficas se ven mucho mejor en el televisor y, por buena que sea una interpretación en un concierto, siempre será superior la que se registra en un disco. A los museos no voy porque te cansas andando; lo que hago es comprar los catálogos, irme a un bar, fumar y estudiar las reproducciones artísticas.