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Borges o la ausencia del erotismo

Como su obra, Borges es un juego de espejos en el que resulta imposible distinguir qué es realidad y qué es ficción. Por ello es tan complicado desvelar la vida sexual del argentino más universal de todos los tiempos, fallecido el 14 de junio de 1986.
Eduardo Bautista
13 junio 2016 22:2 Última actualización 14 junio 2016 5:0
Durante 86 años, Borges fue un hombre reservado, partidario de las buenas costumbres. (Especial)

Durante 86 años, Borges fue un hombre reservado, partidario de las buenas costumbres. (Especial)

A 30 años de su muerte, la historia de Jorge Luis Borges es un laberinto del que escritores, biógrafos y periodistas no han podido salir. Como su obra, Borges es un juego de espejos en el que resulta imposible distinguir qué es realidad y qué es ficción. Por ello es tan complicado desvelar la vida sexual del argentino más universal de todos los tiempos. ¿En verdad repudiaba el sexo? ¿Murió virgen? ¿Hasta qué punto sus pasiones y amoríos permearon su obra?

Existen motivos suficientes para creer en la complicada relación entre Borges y el erotismo: sus menciones literarias sobre el sexo son escuetas, su exmucama Epifanía Uveda declaró que “el señor murió virgen” y su amigo Adolfo Bioy Casares aseguraba que “para Borges el sexo era sucio”.

Sin embargo, la asexualidad del autor de El Aleph ha sido un rumor que roza en el enigma, aseguran los escritores Felipe Garrido, Alberto Chimal y Manuel S. Garrido.

“No creo que Borges repudiara el sexo. Simplemente lo veía como una forma más del comportamiento humano. Lo concebía como un mal menor, aunque definitivamente no era el tema que más le preocupaba”, señala Felipe Garrido.

Chimal asegura que, en efecto, existen evidencias históricas que hacen pensar en una vida sexual escasa, mas no inexistente. Mujeres hubo. El problema –dice– es que los romances con ellas no fueron convencionales, pues el escritor concebía al sexo más como un símbolo que como un acto reproductivo.

“Antes de perder la vista, Borges vio crecer a su alrededor a todo un círculo femenino. Ahí están los nombres de Delia y Cecilia Ingenieros, María Esther Vázquez y las hermanas Bombal. Con todas ellas tuvo hijos, pero de papel, porque con cada una fue capaz de escribir una obra importante. Borges solía enamorarse de verdad, sin responder al llamado de la selva, de la carne. Acudía a las citas amorosas con las páginas de los libros. Su relación con el amor, en el fondo, era una relación con el lenguaje”, explica Manuel S. Garrido.

EL ESTOICO
Durante 86 años, Borges fue un hombre reservado, partidario de las buenas costumbres y protagonista de un tiempo en el que el sexo era tema prohibido. Sus biografías coinciden, todas, en algo: su larga lista de fracasos amorosos.

Cuenta Edwin Williamson en Borges, una vida (2004) que el argentino posiblemente perdió su virginidad con una prostituta en Ginebra, a donde llegó desde una Buenos Aires que saludaba a la modernidad. El hecho lo marcaría para siempre: tiempo después se supo que la mujer se acostó con su padre.

El biógrafo británico también relata el periodo que vivió el joven en Mallorca, donde conoció la vida oscura del alcohol y los burdeles. En uno de ellos, por cierto, se hizo amigo de una prostituta llamada Luz, con quien experimentó por primera vez “un cierto presentimiento de lo que podía ser una relación natural con una mujer”.

“En sus primeros cuentos podemos observar una escritura totalmente apasionada. El amor era uno de sus temas centrales. Después surgieron leyendas sobre el supuesto romance trágico que tuvo con una mujer, pero nunca se reveló la verdad”, señala Felipe Garrido.

Contrario a lo que se cree popularmente, de acuerdo con Williamson, a Borges sí le preocupaba que sus lectores lo vieran como un intelectual frígido. Por eso se encargó –muy mesuradamente– de dejar ciertos testimonios sobre su pasión por las mujeres. Dichos que luego recopiló el biógrafo en su libro, en el que demuestra que la sexualidad y el amor son elementos fundamentales para comprender el universo borgiano.

La prosa de Borges es erótica. Aún cuando no esté hablando de un tema vinculado con el erotismo, hay un gozo en los sonidos, en las palabras. Es el erotismo del lenguaje”, considera el miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

En su cuento Tlön, Uqbar, Orbis Tertius Borges escribió: “los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres”. Desde entonces comenzó a gestarse el mito de su asexualidad. Un mito que fue alimentado, posteriormente, por Bioy Casares, quien en sus diarios –publicados hasta 2006– describió con detalle el puritanismo de su amigo. Y si a eso se le agrega la relación estrecha, casi edípica, que tuvo con su madre, el misterio se vuelve aún más profundo.

Doña Leonor acompañó a Borges hasta el día de su muerte. A sus 99 años se dedicó a su hijo en cuerpo y alma: le elegía la ropa, le compraba la comida, le atendía su ceguera. Según el periodista Alejandro Vaccaro, el autor de Ficciones tenía “un matrimonio” con su mamá.

“Borges salía con Estela Canto, por ejemplo, y llamaba a la madre para decirle qué hacía o qué iba a hacer. El fugaz matrimonio con Elsa Astete lo armó doña Leonor en 1967, y luego se arrepintió. En una carta ella cuenta que se siente vieja y preocupada porque Georgie –como lo llamaba de cariño– se iba a quedar solo y ciego”, comentó Vaccaro durante la Feria del Libro del Rosario de 2006.

A la muerte de la madre, María Kodama se convirtió en la protagonista de la historia. Era una de las discípulas más brillantes de Borges, 38 años menor que él. Fue su asistente personal y luego su pareja.

“Algo curioso pasa con Borges en sus últimos años: a medida que se fortalece su relación con Kodama y pierde la vista por completo, se dedica a la poesía. El deseo trasciende lo físico, y la persecución de la mujer amada continúa como un emblema”, considera Chimal.

Aún faltan muchas páginas para descifrar los laberintos que el propio Borges tejió en vida. A tres décadas de su fallecimiento, sus restos siguen bajo tierra, en el Cementerio de los Reyes, en Ginebra, al lado de la tumba de Grisélidis Réal, escritora, pintora y prostituta.